Más sobre la guerra de las monedas

Se cumplen estos días 25 años de los acuerdos del Hotel Plaza de Nueva York. Fue el momento de mayor cooperación monetaria internacional de la posguerra. Los entonces miembros del G-5, EE.UU., Reino Unido, Francia, Alemania y Japón, (ahora vamos ya por el G-20) se pusieron de acuerdo para intervenir y hacer bajar el dólar. Con gran éxito porque en dos años perdió el 50, 5 de su valor.

La paz y la cooperación monetaria duraron hasta 1987 cuando en París, en el Louvre, se decidió que había que estabilizar las divisas. Pero la polémica entre americanos y alemanes hizo recaer el dólar y provocó el gran crack bursátil de octubre de ese año.

Desde entonces se acabó la cooperación monetaria internacional y vivimos en una guerra larvada de los tipos de cambio que de cuando en cuando se pone un poco más fea que de costumbre. Y quizá para celebrar los 25 años del Plaza, el viernes pasado 15 de octubre, Ben Bernanke repitió su disposición a un nuevo relajamiento de la política monetaria americana para apoyar la renqueante recuperación económica que puede costarle un serio disgusto a Obama en las elecciones de primeros de noviembre.

Eso quiere decir que la FED está dispuesta a inyectar de nuevo centenares de miles de millones de dólares en el sistema financiero a base de imprimirlos y por tanto disminuyendo su valor.

Dicho y hecho, apenas BB acababa de hablar que el dólar se desplomaba contra las demás divisas, hasta llegar a la paridad con el dólar australiano, lo que no ocurría desde 1983, es decir desde los acuerdos del Plaza más o menos.

La fórmula de Ben Bernanke es lo que se llama “quantitative easing fase 2 “, o en el argot de los expertos QE2, una píldora de efecto inmediato que ha hecho felices a los exportadores americanos. La Reserva Federal americana se defiende de las acusaciones de devaluación competitiva diciendo que lo que realmente quiere con sus compras masivas de bonos del Tesoro es hacer bajar los tipos de interés a largo plazo de los que se beneficiará toda la economía mundial al estimular el crecimiento económico en EE.UU.

Es posible, y desde luego a nadie le interesa que la economía americana no se recupere rápido. Pero de momento la caída del dólar hasta más allá de los 1,42 dólares por euro no hace felices a los exportadores europeos ni a los japoneses. Y en todo caso quita credibilidad a los EE.UU. a la hora de pedir que China revalúe su yuan. Por si acaso, y para no envenenar más la situación, los americanos han decidido retrasar la publicación del informe sobre la situación monetaria en el que estaba previsto que Pekín fuera formalmente acusado de manipulador de divisas. Pero manipulando o no, los últimos datos muestran el imparable aumento de las reservas chinas que han aumentado un 16 % en un año y que a fines de septiembre alcanzaban los 2,65 billones de dólares.

Lo que es evidente es que en el frente monetario, en cambio, nadie está contento. Todo el mundo quisiera una moneda débil, los chinos, los americanos, los japoneses, los británicos, y los europeos también aunque con las inevitables diferencias entre ellos. A corto plazo es la mejor manera de recuperar competitividad y quitarle puestos de trabajo al vecino. Pero es imposible que todas las monedas se devalúen a la vez contra todas las demás y por eso se habla de la guerra de las monedas como si hubiésemos estado viviendo en paz en el mercado de cambios.

En realidad, el conflicto es el estado natural del mercado de divisas. Solo de cuando en cuando y por poco tiempo hay una aparente tranquilidad. Y será así mientras vivamos en un sistema de cambios flotantes y los países vivan ritmos y situaciones económicas diferentes. Los períodos de cooperación han sido cada vez más escasos y el poder de los Bancos Centrales para poner orden en los mercados de divisas, como fuerzas de intervención que tratan de separar a los contendientes, es cada vez más pequeño.

Cuando los acuerdos del Plaza el mercado de cambios movía unas cantidades todavía reducidas, pero hoy se cambian 4 billones de dólares al día para “equilibrar” los mercados de divisas… Los stocks de divisas que guardan los Bancos Centrales de EE.UU. y la zona euro no llegan al billón de dólares, es decir una cuarta parte de las transacciones de un día. No hay reservas en los Bancos Centrales del mundo para intervenir en un combate que mueve tanta munición, mejor no meterse y dejar que los mercados “funcionen” solos.

Claro que hay otras armas y cada cual utiliza la que más le conviene. Así pues que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra y como algunos tienen muchas piedras que tirar más vale que la sangre no llegue al río. Las altisonantes declaraciones que han jaleado la guerra monetaria durante estas dos pasadas semanas son sobre todo declaraciones de impotencia ante una situación con la que habrá que convivir mientras no avancemos substancialmente en un sistema de gobernanza monetaria global.