El mundo que viene

El mundo que viene se desoccidentaliza.

Podemos empezar a cambiar ese mapamundi donde Europa y el Atlántico están en el centro y Asia y el Pacífico en un extremo.

El mundo de mañana desplaza su centro de gravedad hacia nuestro Este y pronto tendremos que acostumbrarnos a que su representación tenga por centro el mar de la China, a un lado Europa y al otro los EE.UU. Y la crisis del 2007 habrá contribuido enormemente a ese reposicionamiento de la riqueza y el poder. No hay, más que leer el informe de la OCDD “Shifting wealth” para entenderlo.

Ahora empezamos a ser conscientes de las consecuencias profundas del proceso de globalización.

Occidente duda de su capacidad de hace frente a la potencia asiática emergente y de mantener su prosperidad frente a esos nuevos competidores que a fuerza de exportar t-shorts de algodón y ahorrar como solo los pobres saben hacerlo, se han convertido en los banqueros del mundo.

Occidente, sobre todo Europa pero también cada vez mas EE.UU., teme a la emigración, recela del mundo musulmán y ve su cohesión social debilitada y su seguridad amenazada por enemigos invisibles cuyos jefes se esconden desde hace anos en cuevas inaccesibles para nuestra sofisticada tecnología.

En Europa no hemos conseguido crear un espacio político común. Y nuestro modelo social se agrieta y reduce ante las exigencias de competitividad que nos imponen los mercados. Y el temor que eso produce nos empuja a buscar chivos expiatorios en los que descargar nuestra frustración. Aunque sea a costa de abandonar por el camino los valores que proclamamos como base de nuestra convivencia.

La crisis nos ha ensenado que el modelo económico en el que la deuda pública o privada era un substitutivo del aumento del salario ya no es viable. Las llaves del futuro se nos escapan. El futuro se construía con una demografía pujante y una superioridad intelectual basada en nuestras universidades. Pero ahora envejecemos, dependemos de la emigración para renovar las generaciones y los europeos pronto seremos una pequeña minoría, menos del 6% de la población mundial. Y nuestras universidades, salvo unas pocas, están perdiendo la carrera de la excelencia frente a las asiáticas.

Creíamos que democracia y mercado iban a ir de la mano y poner un happy end a la Historia. Y resulta que no, que el mayor impulso a la economía mundial de la Historia moderna proviene de una combinación inesperada entre una feroz economía de mercado y un no menos feroz régimen de falta de libertades democráticas.

Hasta ahora las consecuencias de la globalización las habían pagado las clases populares occidentales en competencia con los trabajadores de bajo coste de los países emergentes. Ahora son las clases medias las que están amenazadas. Y como suele ocurrir en la Historia de Europa, cuando las clases medias se sienten amenazadas se vuelven amenazantes. Y se revuelven contra el que esta próximo, cuando es débil y diferente. Como los gitanos rumanos expulsados de Francia recientemente. Pero en general contra el inmigrante, más aún si es musulmán. Y en general contra el otro, que puede ser, aquí en Italia, uno del sur o en la periferia de Bruselas, a pocos km de las instituciones europeas, un valon al que no se le contesta si solo habla francés.

Nos damos cuenta ahora de cuánto hemos dejado polarizar la sociedad y de cuánto hemos dejado crecer las desigualdades, que se han alargado por los extremos. Unos pocos cada vez más ricos y la mayoría cada vez más pobres. Jóvenes condenados al mileurismo de infrasubsistencia trabajando sin derecho ni ley en empresas capitaneadas por dirigentes con sueldos delirantes y obscenos.

En el mundo de ganadores y perdedores de la globalización, los jóvenes están sirviendo de variable de ajuste de la competitividad empresarial. Cuando se les habla de que el mercado de trabajo tiene que ser más flexible y los salarios más moderados, responden con una sonrisa amarga ¿más todavía? Cierto, hay muchos funcionarios con el empleo seguro, pero con salarios reales a la baja y conscientes de que la sociedad no les apoya ni les valora. Si, los maestros y las enfermeras y los policías tienen el empleo seguro, gran ventaja en estos tiempos de paro masivo, pero menos mal que es así porque si no nos quedaríamos sin escuelas, sin hospitales y sin seguridad.

Esta crisis es más que una crisis económica de las que el capitalismo sufre recurrentemente. Tienen su origen en la desigualdad que se intento colmatar a base de un acceso fácil al crédito y el aumento especulativo del precio de los activos hasta que la burbuja exploto. Y recomponer los trozos del sistema exige digerir las pérdidas de capital causadas por inversiones que el mercado no valora. Ello quiere decir que las clases medias y populares de occidente pueden verse enfrentadas a una disminución de su nivel de vida y que una buena parte de la población se va a ver confinada en pequeños empleos de servicios de baja productividad y peor pagados que los empleos industriales de antaño.

Y a la vez, es cierto que ese Occidente que languidece ha ganado batallas gigantescas en el último medio siglo. La supresión de la pena de muerte, la emancipación de la mujer, la paz en Europa, por citar solo tres de nuestro entorno social y político inmediato.

Quizá necesitemos nuevos combates. La desoccidentalizacion del mundo puede ser una nueva oportunidad para reinventar Europa. Para darle un nuevo impulso sería necesario definir el interés general europeo y buscar nuevas formas de regulación para cuya aplicación ya no nos bastamos solos, pero para las que todavía somos insustituibles.