Dos años después de Lehman Brothers

Se cumplen dos años del 15 de septiembre del 2008, cuando la quiebra del banco de negocios americano Lehman Brothers precipitó al sistema financiero mundial en el caos y a la economía en el borde del abismo. Durante estos dos años la crisis financiera entonces desatada se ha convertido en una crisis económica que ha producido 34 millones de parados y en una crisis del euro y de las Deudas públicas que han obligado a bruscos cambios en las políticas económicas de muchos países.

No hemos salido todavía de esa crisis. Estamos lejos de ello todavía y vivimos en la inquietud acerca de cuándo y cómo será la recuperación económica. Para ello hace falta que el crédito vuelva a fluir, es decir que el sistema financiero recupere un funcionamiento normal, y que el crecimiento del PIB vaya acompañado de crecimiento del empleo, lo que no está en absoluto asegurado

Coincidiendo con este aniversario, se han producido dos acontecimientos importantes, como si el azar del calendario o la voluntad de sus responsables hubiesen querido aprovecharlo para dar una respuesta positiva a aquel acontecimiento y a la crisis que vivimos.

El primero ha sido la conferencia de Oslo sobre el crecimiento y el empleo organizada conjuntamente por el FMI y por la OIT. La segunda es el acuerdo de Basilea sobre las nuevas reglas de capitalización bancaria para que los platos rotos de una nueva crisis no tengan que pagarlos otra vez los contribuyentes.

La conferencia de Oslo, que ha reunido a gobiernos, sindicatos y académicos representa un cambio en las relaciones entre el FMI y la OIT, hasta ahora frecuentemente enfrentadas en sus análisis, sus objetivos y las políticas que defienden

El mensaje fundamental fue el del chileno Juan Somavia, Director de la OIT, reclamando que el empleo en condiciones dignas, figure como un objetivo macroeconómico explícito, al mismo título que la inflación o el déficit público, y deje de ser considerado como una resultante de políticas definidas en función de otros objetivos. Significaría colocar a los seres humanos en el corazón de las estrategias económicas, cambiando las prioridades de las políticas. Es difícil que así sea, pero es una gran novedad que el FMI y la OIT discutan juntos de cómo las políticas económicas de respuesta a la crisis deben incorporar el empleo de calidad como uno de sus objetivos explícitos.

Habrá hecho falta que la crisis añadiera 37 millones al número de parados en el mundo, con todo el sufrimiento social que ello representa. Quizá no hubiese hecho falta que la crisis nos recordara que 1,2 miles de millones de personas siguen viviendo con menos de 2 dólares al día, pero no hay mal que por bien no venga.

En Oslo los sindicatos se mostraron desconfiados de la “conversión socialdemócrata” del FMI. Tienen razones para ello, sobre todo después de las promesas evaporadas de los G 20 de Londres y Pittsburgh. Pero la urgencia social es tan evidente, que hasta el FMI tiene que reconocer que sus recetas de ajuste drástico al estilo de las que se impusieron a los países asiáticos en la crisis de los 90 no sirven Además de recuperar los empleos perdidos en la crisis, en los próximos 10 años hay que crear 440 millones de empleos solo para los jóvenes que van a llegar al mercado del trabajo. Un crecimiento del PIB que no se traduzca en empleos no evitaría una explosión social planetaria

Que en la capital mundial de la socialdemocracia histórica, que es Oslo, el FMI se pregunte si las desigualdades que la globalización ha engendrado no son ya un serio obstáculo al crecimiento, es una buena manera de celebrar el segundo aniversario de la caída de Lehman Brothers.

Los acuerdos de Basilea sobre la recapitalización de los bancos, es otra forma de recordar ese critico 15 de septiembre. Aquí no se trata de debates ni de buenas intenciones sino de acuerdos concretos y vinculantes, cuando sean aprobados en la próxima reunión del G 20, que van a afectar de manera muy importante al sistema financiero.

En esencia, y más allá de las complicaciones técnicas de un acuerdo que ha costado mucho conseguir, se trata de exigir que los bancos aumenten el ratio entre sus capitales propios y sus préstamos, hasta un 7 %. Hasta ahora este ratio es del 2 % y deben aumentarlo a lo largo de los próximos 8 años, es decir hasta el 2019.

Además, los banqueros centrales reunidos en Basilea han decidido establecer un segundo colchón de seguridad, una especie de air bag, ante otra posible crisis financiera, constituido por un mínimo del 0,5 % y un máximo del 2,5 % de fondos propios suplementarios que deberá ser constituido durante los periodos de crecimiento para prevenir los años de vacas flacas. Cada regulador nacional determinara el nivel de este segundo reserva que se añadirá al 7 % mínimo obligatorio para todos.

Esta reforma va a costar cara a los bancos. Tendrán que buscar capital en el mercado para reforzar sus estructuras de fondos propios, en cantidades muy importantes. Es una buena medida, pero no va a ser tampoco neutra para el crecimiento porque puede, a corto plazo al menos, disminuir el flujo de crédito. Solo hay tres formas de subir el ratio de solvencia desde el 2 al 7 %: aumentar el capital, distribuir menos dividendos para aumentar las reservas, o disminuir los créditos. Las dos primeras le costaran dinero a los bancos y a sus accionistas, la segunda dificultara el crecimiento económico

Por eso ha sido tan difícil el acuerdo entre los que se hubieran contentado con el 6 % y los que pedían un 10 %. En el fondo se trata de contratar un seguro colectivo frente al riesgo de una nueva crisis. Y los seguros no son gratis, cuestan una prima tanto mayor cuanto más grande sea el riesgo que se quiera cubrir. La decisión puede ser cara, pero habida cuenta de lo costosas que son las consecuencias de una crisis como la que estamos sufriendo, que el Banco de Inglaterra calcula que es equivalente a un año del PIB mundial, más vale que exijamos a los que han estado jugando con pólvora que aseguren sus futuras manipulaciones.