Yasunizar

Con el ralentí de las vacaciones todavía en el cuerpo, y sobre todo en la mente, es difícil coger el hilo de la actualidad y volver a considerar el yo-yo de los Pibs, la media tregua de ETA o las primarias socialistas de Madrid. La pluma se queda en el aire, o mejor dicho el dedo suspendido sobre el teclado, divagando entre los recuerdos y la actualidad, sin acertar a enhebrar alguna consideración inteligente.

Por esto, esta vez me voy a dejar llevar por la intersección exótica del recuerdo y la actualidad para comentar un acontecimiento tan importante como desconocido, que ya ha dado lugar a un verbo, el de “yasunizar“. Y Vds. me perdonen si les llevo muy, muy lejos de aquí, hacia adonde hace poco estuve y donde el sueño muchas veces me llevó.

El verbo “yasunizar” viene del acuerdo sobre el proyecto ITT-Yasuni, que el 3 de agosto se firmó en Quito entre el gobierno del nuevo Presidente Correa y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD. Se trata de no explotar el petróleo bajo el parque natural Yasuni en la amazonia ecuatoriana, protegiendo su valor medioambiental. La comunidad internacional deberá pagar a Ecuador una cantidad similar a la que este hubiese obtenido de haber explotado dichos recursos. A cambio Ecuador se comprometerá a no hacerlo y dichos recursos serán utilizados bajo la supervisión de la ONU para el desarrollo de un Ecuador post-petrolero.

La amazonia ecuatoriana es una enorme región al oriente de los Andes, de selva y enormes ríos que se van encadenando hasta desembocar en el Amazonas. Hasta hace 30 años estaba prácticamente despoblada, sin carreteras ni pueblos más que algunas misiones capuchinas y puestos militares a lo largo de los ríos navegables. Tan solo vivían allí indígenas de diferentes tribus, algunas de cazadores semi-nómadas como los Shuar (los famosos “jíbaros” reductores de cabezas) o los Kichwas amazónicos que ya practicaban la agricultura.

Pero cuando se descubrió petróleo se inició una verdadera carrera del oro, se construyeron pozos, oleoductos, carreteras y aeropuertos, barracones para los trabajadores y bares de salón y burdeles. Un auténtico poblado del oeste a orillas de los ríos Coca y Napo. Acudieron colonos pobres de todas partes del Ecuador a los que les cedían 50 hectáreas de terreno a la vera de la carretera con el compromiso de deforestar al menos la mitad del lote otorgado.

Hoy en día la situación se ha vuelto compleja y contradictoria entre los diferentes grupos, intereses y discursos en presencia. El Gobierno de Correa está dividido entre aprovechar el petróleo para su política de redistribución social y asistencial y las iniciativas ambientalistas como el ITT-Yasuní. Todo un conglomerado de grupos ecologistas de fuera y antropólogos universitarios pro-aislamiento de los indígenas no-contactados, misioneros que desde el terreno buscan salvar las almas de los últimos indios frente al avance de la modernidad depredadora y políticos locales que bajo una retórica indigenista y medio-ambientalista buscan en el fondo maximizar la parte de recursos que se ha de quedar en la región que hasta ahora ha sido mínima.

Es un buen ejemplo de lo compleja que es la situación política en Ecuador ante la que es difícil tener un criterio definido. Por un lado el Gobierno de Correa se ha embarcado en una “revolución ciudadana” con tintes populistas (anuncios constantes de la TV pública contra los medios de comunicación privados con el soniquete de “hasta-la-victoria-siempre”). A nivel internacional está claramente alineado con el bolivarianismo de Chávez pero Correa es otra cosa. Es un economista, profesor de universidad formado en USA, católico de izquierdas. Su “revolución ciudadana” tiene un claro elemento pedagógico (contra la corrupción, el machismo, pero también contra el simple incivismo).

Ya les dije que les llevaría lejos, nada menos que a la Amazonia ecuatoriana. Y de paso podemos recordar las enormes letras de bronce que en la catedral de Quito rezan “Es Gloria de Quito el Descubrimiento del Amazonas”, junto a los nombres de los 192 españoles que conquistaron el norte del imperio Inca y fundaron la ciudad. Si van por allí acérquense a la Plaza Mayor donde Manuelita Sainz y Bolívar se enamoraron…

Efectivamente de Quito partió Orellana buscando el Dorado, cruzó los Andes, bajó a los valles calientes y se aventuró en la selva amazónica. Una selva que desde el aire puede parecer un paraíso, pero que por dentro es un infierno húmedo, en el que al menos nosotros no sobreviviríamos ni 48 horas. Un infierno, al que los indios Waorani, que técnicamente están en la edad de piedra, se hallan perfectamente adaptados. Orellana en cambio es el Prometeo occidental que no busca adaptarse a la naturaleza sino que la domina.

Vista desde la civilizada Europa del Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Industrial, la modernidad es la del ingeniero que ordena al río: “detente e ilumina mis ciudades con tu electricidad”. Pero para mis ensoñaciones de infancia la modernidad era más bien Orellana adentrándose en lo desconocido. Un año estuvo descendiendo Orellana de río en río, del Coca al Napo, del Napo al Marañón y así sucesivamente hasta llegar al río-mar, el Amazonas y finalmente al mar-mar, el Atlántico ¡Los españoles se internaron en la selva virgen buscando canela y oro amarillo y a punto estuvo la selva de devorarlos completamente! A principios del siglo XX la vorágine cauchera de los Fitzcarraldo se embriagó del oro blanco, del caucho deforestando miles de hectáreas y esclavizando y asesinando a las últimas tribus libres. Hasta que los británicos plantaron el árbol del caucho de manera industrial en Malasia hundiendo su precio y acabando así con esa incipiente economía depredadora.

Hoy se nos plantea una disyuntiva cierta: ¿Cuál es el Dorado que queremos buscar en la naturaleza y en el Amazonas? Si solo ansiamos el oro negro que encierran sus entrañas, dejémonos de yasunizar. Si por el contrario valoramos más el oro verde de su biodiversidad y su valor medioambiental como pulmón del mundo frente a las amenazas del cambio climático deberíamos darle una oportunidad a esta y otras iniciativas innovadoras y generosas.

Ya no quedan gentes como Orellana. Y los últimos Waorani libres están desapareciendo ante nuestros ojos. Quizás nos haya llegado la hora de una nueva modernidad capaz de respetar y proteger la naturaleza.