Buenas y malas noticias

Empezamos las vacaciones con buenas y malas noticias. La buena es que los mercados financieros han recibido positivamente la publicación de las pruebas de resistencia (“stress test”) de los Bancos.

Estos han tenido efectos muy positivos sobre la confianza en nuestra economía y en las condiciones de financiación del déficit público. Hemos aprobado el examen de julio, mes en el que teníamos que financiar o refinanciar la enorme cantidad de casi 24.000 millones de euros de Deuda, el equivalente a 2,4 puntos del PIB y casi tanto como en el resto del año.

Además, el diferencial con el bono alemán cayó a 139 puntos desde el máximo de 221 alcanzados el 16 de junio, cuando se lanzaron insidiosos rumores sobre la inminencia del rescate financiero de España. Y lo normal sería que siguiese cayendo más.

Las nuevas emisiones de Deuda pública nos han salido un 36% más baratas que las anteriores. Eso es un montón de dinero que reducirá las exigencias del ajuste. La tormenta parece que amaina, pero alguien se ha llenado los bolsillos especulando contra nosotros en estos dos últimos meses.

Hizo bien el gobierno español en insistir para que esos test de resistencia a condiciones adversas se hicieran y se publicaran. Era la única forma de contrarrestar la desconfianza en la que se habían instalado los mercados y que nos estaba costando mucho dinero por la alta prima de riesgo que se exigía a nuestra Deuda pública.

Ahora son los bancos alemanes los que están bajo sospecha por no haber declarado completa y abiertamente sus posiciones en Deuda pública de países como Grecia. Una precaución un tanto absurda que demuestra que no se creen la eficacia del Fondo Europeo que garantiza que ni Grecia, ni ningún otro país europeo, quebrara. Por lo tanto, los riesgos de impago de su Deuda pública son nulos. Es así pero los mercados financieros no se lo acaban de creer y consideran que ese riesgo no es nulo por muchas garantías políticas que la UE haya dado.

Pero nosotros estamos mucho mejor que ayer desde el punto de vista de la confianza que inspira nuestro sistema financiero. Y esa es una condición previa para que nuestros bancos reciban financiación exterior y el crédito vuelva a fluir.

Estábamos ya echando las campanas al vuelo cuando llegó la mala noticia de que el paro no disminuye, sino que incluso aumenta ligeramente hasta superar la cifra simbólica del 20%. Los optimistas se consolarán diciendo que el empleo tanbien ha aumentado y que ha sido el aumento de la población activa lo que ha engrosado el numero de parados. Cierto, pero el aumento de la población activa no hace sino reflejar la vuelta al mercado de trabajo de los desanimados que ya ni siquiera lo buscaban, pero que eran parados también. Y es lógico que, a medida que las expectativas mejoren, o ante el inicio de la temporada turística, aumente el número de demandantes de empleo y con ello la cifra de paro tal como la mide la Encuesta de Población Activa.

El problema, aquí como en casi todo el mundo occidental, es que el crecimiento es muy débil todavía y no permite crear empleo neto. Por ello es tan importante la estrategia que se siga desde el sector público para impulsar la recuperación. Y por eso aumentan las dudas sobre la eficacia de unos planes de ajuste fiscal excesivamente drásticos. También en Europa pero sobre todo en EE.UU.

Hasta el propio FMI, en su último informe, aconseja a los americanos que den prioridad al impulso a la economía antes que a la reducción de los déficits. El Presidente de la Reserva Federal se ha despedido de vacaciones diciendo que la situación es “anormalmente incierta” y todo parece indicar que un crecimiento que no cree empleo será mas peligroso que un nueva caída en la recesión, el famoso comportamiento en “W”, que fuese intensa pero breve.

Las cifras macroeconómicas americanas parecen buenas y así se las ha tomado la Bolsa. Un crecimiento del 2,4% en ritmo anual en el segundo trimestre de este año no parece tan malo, sobre todo si lo comparamos con las cifras europeas y en particular las nuestras. Pero como con los datos de la EPA, hay que estudiar los detalles que es donde se esconde el diablo.

Y cuando se estudian los detalles del crecimiento del PIB americano se ve que sigue siendo débil y provocado por factores circunstanciales y no sostenibles. Un punto de ese crecimiento se debe al aumento de los stocks, producción no vendida, que no podrá continuar cuando hayan alcanzado su nivel normal. El aumento del gasto público ha aportado un 0,7 y la venta de viviendas, estimuladas por beneficios fiscales que llegaban a su fin, el 0,6 restante.

Ninguno de esos factores van a seguir sosteniendo la actividad, salvo que se den nuevos impulsos al gasto público, es decir al déficit. Sin duda el recurso a los estímulos fiscales y una política monetaria muy favorable han evitado que la recesion fuese mayor, pero no pueden durar eternamente. Obama visita las fabricas de coches de Detroit y cuenta que sin sus políticas fiscales expansivas, tan criticadas por los republicanos, la situación sería mucho peor. Tiene razón pero ese es un razonamiento abstracto que no sirve de consuelo a ese 9,5% de paro que para los EE.UU. es un nivel patológico, anormalmente alto y que puede seguir subiendo.

Y aunque no lo haga, la sociedad americana se encuentra ya en una situación nueva que sacude sus cimientos. Desde 1994 el paro se había situado entre el 4 y el 6%. Y sobre todo, hasta ahora un desempleado tardaba unos 3 meses en encontrar un nuevo empleo. En cambio, ahora una tercera parte de los parados llevan ya más de un año en esa situación.

El fenómeno del paro de larga duración, enfermedad social típicamente europea, empieza a instalarse en el otro lado del Atlántico. Y no es cierto que el paro no este subsidiado en EE.UU., Obama acaba de conseguir, y también esa es una buena noticia, que el Senado acepte ampliar por tercera vez los subsidios de desempleo mas allá de los 6 meses legales, después de vencer una feroz resistencia de los republicanos a aceptar ese nuevo gasto.

Las malas noticias habrán por lo menos alejado la tentación de empezar a aumentar los tipos de interés que los republicanos pedían. Y reavivarán el debate sobre qué hacer con el déficit público. Porque aquí en EE.UU., esta sigue siendo una cuestión sobre la que economistas y políticos debaten encarnizadamente. A diferencia de Europa, en la que la reducción acelerada de los déficits, impuesto por la actitud alemana y por las exigencias de los mercados, tiene un consenso total.

Pero la izquierda no debería hacer de la necesidad virtud e interpretar adecuadamente las buenas y las malas noticias que nos llegan de casa y del otro lado del Atlántico. Buen tema para las reflexiones de verano.

José Borrell Fontelles
Presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia