Tres años de crisis

Se cumplen tres años desde el verano del 2007, cuando empezamos a oír una palabra hasta entonces desconocida, subprime, y supimos que algunos bancos americanos estaban en dificultades.

Pero eso ocurría en EE.UU., nosotros estábamos en plena orgia de endeudamiento para alimentar la burbuja inmobiliaria, crecíamos al 4 %, teníamos superávit presupuestario y creíamos que nuestra economía y nuestro sistema financiero gozaban de buena salud. Lo de las subprimes no iba con nosotros

Entonces nos fuimos de vacaciones despreocupados sin tener la menor idea de la que se nos venía encima. Tres años después…., muchos de nuestros préstamos hipotecarios se han convertido en subprimes ex post, las tasas de morosidad de nuestros bancos y cajas alcanzan récords históricos… y nos vamos de vacaciones sin tener ninguna idea clara sobre el rumbo de la economía mundial.

Pero a la vuelta nos encontraremos con las tensiones sociales que la crisis y los planes de ajustes van a producir en toda Europa. Porque nos guste o no, van a ser las clases populares y las medias las que van a sufrir, de múltiples maneras, el efecto de los recortes del gasto público.

El arte de la predicción económica se ha puesto más difícil. La discusión entre los que creen que la recuperación se afianza y los que profetizan una nueva recaída tiene más de ideológico que de científico. En realidad hemos entrado en una situación en la que los datos de hoy contradicen sistemáticamente los de ayer. El FMI aumenta su previsión de crecimiento de la economía mundial en medio punto, hasta el 4,6 %, pero señala los riesgos asociados a la financiación de bancos y gobiernos.

La zona euro sigue apareciendo como el farolillo rojo del crecimiento de la economía mundial, pero el euro se recupera notablemente con respecto al dólar (¿o es el dólar el que se debilita ante los últimos decepcionantes resultados de la economía americana?). A pesar de ello, las previsiones apuntan a una evolución a la baja del euro hasta situarse claramente por debajo de los 1,2 dólares. Pero vaya Vd. a saber, en realidad el euro se esta convirtiendo mas que en una moneda en el sentido tradicional, en una especie de indicador de aversión al riesgo y sube cuando la confianza vuelve a los mercados.

En España el crecimiento sigue siendo plano, del orden del 0,1 % trimestral. Después del debate sobre el estado de la nación (de la nación española se entiende), las preguntas siguen siendo cuál es el motor del crecimiento que va a substituir a la construcción y cuándo empezará de nuevo el crédito a fluir hacia otras actividades.

Tres años después del inicio de la crisis, la realidad es que el sector financiero español se encuentra con el mercado interbancario bloqueado como en los peores días que siguieron a la quiebra de Lehman Brothers. Afortunadamente, ahora al menos los bancos y cajas pueden obtener liquidez del BCE a tipos muy bajos. El problema es que esa financiación no llega a la economía real, sin que los sermones de los gobiernos a los bancos sirvan de mucho para conseguir que estos transmitan a las empresas las inyecciones de liquidez que reciben del BCE.

Ahora todo es llamadas a la prudencia y a la restricción en la concesión de créditos. Los bancos y cajas tratan de purgar sus excesos de la fase de expansión cuando la oferta de crédito parecía ilimitada y concentraron hasta un 65 % de sus riesgos en el sector inmobiliario, sin ningún respeto a las normas prudenciales que ahora se esgrimen. Tampoco las autoridades de supervisión bancaria pueden estar muy satisfechas del papel que jugaron cuando la crisis se incubaba sin que nadie pareciera querer darse cuenta.

El próximo día 24 conoceremos la salud de los bancos europeos, y en particular la de los españoles, pero mientras tanto vivimos en un ambiente de ultra-volatilidad y la menor noticia un poco mediocre sobre resultados empresariales o dificultades de financiación de empresas o gobiernos pueden provocar otra recaída.

En este compás de espera, todo parece indicar que los inversores a largo plazo han salido de los mercados bursátiles, considerados demasiado arriesgados. A pesar de lo cual algunas operaciones de recapitalización bancaria han sido recibidas con éxito, como la del Banco Agrícola de China, que ha conseguido captar 22.000 millones de dólares en su salida a Bolsa esta semana. Un récord mundial y todo un éxito en los tiempos que corren.

Pero la operación también refleja las debilidades de la economía china y de su sector bancario. Si el BAC necesita esta recapitalización es porque ha tenido que conceder créditos por centenares de miles de millones para mantener el crecimiento. Mientras el sistema financiero occidental ha cerrado el grifo del crédito, a pesar de las ayudas y las invectivas de los gobiernos, las autoridades chinas han obligado a sus bancos a prestar a todo tren. Alguna ventaja tiene ser una dictadura, pero ahora se teme que muchos de esos préstamos sean fallidos y que los impagos se multipliquen y cuestionen la solidez del sistema financiero chino.

De manera que no hemos salido de los problemas originados por un exceso del crédito y ya otros aparecen en el horizonte por las mismas razones. No conseguimos desembarazarnos de la burbuja financiera provocada desde principios de los anos 2000 por el endeudamiento de las familias americanas y europeas para adquirir sus viviendas y consumir por encima de sus rentas.

Esas deudas se titularizaron y se vendieron y revendieron entre agentes financieros hasta intoxicar las cuentas de los bancos. En el 2008 los balances bancarios ya no podían con esos niveles de deuda y los presupuestos públicos tuvieron que venir en su ayuda en el 2009. Ahora el endeudamiento se ha vuelto insoportable para los propios Estados que se ven forzados a reducirlo a costa de las pensiones y los asalariados, sin atreverse a hacer que el capital pague una parte del coste del ajuste.

Estamos pagando los excesos del pasado, pero los pagan más los justos que los pecadores. Los favorables tipos de interés reales negativos de los créditos de ayer los estamos pagando ahora en forma de salarios bajos, pensiones congeladas, paro prolongado y reducción del gasto público.

La deuda ha transitado de unos agentes a otros sin reducirse y continúa pesando sobre los balances de los bancos, los presupuestos públicos y la capacidad de invertir para crear empleo. Y planteando problemas sociales, a medida que los sistemas de protección social se debiliten antes de que el empleo se recupere.