La dialéctica se agudiza

La dialéctica entre deuda y deflación sigue dominando el debate de la política económica mundial. Pero las noticias que llegan de casi todos los frentes de la globalización no son buenas y los mercados se comportan como si creyeran más en el riesgo de una nueva caída de la economía que en la capacidad sanadora de las reducciones de los déficits públicos.

Para sobrevivir a la cura de austeridad que va a reducir, todavía más, la demanda interna, los europeos necesitamos exportar. Pero, ¿exportar a quién? El dinamismo de la economía americana empieza a ahogarse y China va a poner el freno para evitar el recalentamiento y reequilibrar su modelo de crecimiento. A la Europa endeuda y con bajo crecimiento, esto le priva de confiar en el crecimiento mundial para cuadrar el círculo.

La caída del empleo en EE.UU. puede ser un indicador adelantado de ese riesgo de recesión. En junio se han perdido125.000 puestos de trabajo, a pesar de lo cual la tasa de paro ha bajado del 9,7 al 9,5 %. Pero ya nadie se llama a engaño, ese espejismo estadístico no hace sino reflejar la retirada del mercado de trabajo de los que no ven ninguna posibilidad de encontrarlo. Todos los demás indicadores, vivienda, construcción, producción industrial, ventas de coches, se han puesto en rojo arrastrando tras de sí a las bolsas mundiales.

La preocupación sobre los desequilibrios se ha desplazado también desde el sector público al privado. En España hemos conseguido cubrir nuestras necesidades de financiación del déficit, pagando un interés ligeramente superior. Pero la verdadera inquietud se concentra ahora sobre la situación del sistema financiero, de forma que nos iremos de vacaciones con los dos problemas en la maleta, el de la deuda soberana y el de las dificultades de financiación.

En principio los riesgos de un “default” de un país europeo, Grecia fundamentalmente, son nulos mientras el fondo de estabilización europeo funcione. A pesar de lo cual los tipos de interés que se piden no bajan. Y mientras el BCE mantenga sus líneas de crédito abiertas, la sequía del interbancario se compensa por otros cauces. Pero estas garantías no consiguen que la confianza vuelva.

La pasada semana la preocupación era si los bancos europeos, entre ellos los españoles, iban a poder devolver al BCE los 442.000 millones de euros que les había prestado hacia un año. Llegó el jueves y no pasó nada. Pero la demanda de nuevos créditos ha seguido aumentando lo que demuestra que los circuitos del interbancario siguen taponados. Es decir, los bancos prefieren utilizar al BCE como intermediario de sus operaciones intrasistema que operar directamente entre ellos. Prefieren depositar sus excedentes de tesorería, quien y cuando los tenga, en una cuenta en el BCE retribuida al 0,3 %, que prestarlo a un colega al 1 %.

Gracias a ello, el BCE puede “esterilizar” el dinero que suelta cuando compre Deuda Pública en el mercado secundario o alimenta en liquidez a otros bancos, es decir retira con una mano la masa monetaria que con la otra inyecta en la economía. Así se evita que le acusen de poner en funcionamiento la máquina de imprimir billetes, la última herejía en la que podría incurrir un Banco Central al estilo que gusta a los alemanes. Precaución inútil dicen algunos economistas, en estos momentos el riesgo de inflación es puramente imaginario y la creación monetaria puede ser parte de la solución.

El debate es intelectualmente apasionante, aunque el papel que en el juega la psicología es mayor que el de la fría racionalidad de los modelos matemáticos. Pero lo que no deja de ser sorprendente es que las respuestas de los profesionales de la economía sigan siendo tan diferentes. Parece como si 80 años después de la Gran Depresión, la ciencia económica sea incapaz de dar respuestas que no estén mediatizadas por convicciones que no pueden validarse científicamente.

Convicciones del tipo keynesiano para algunos, como los que le dicen a Obama en EE.UU. que debe relanzar la economía, o del tipo ricardiano para los que le dicen a Merkel en Europa que debe imponerse la austeridad en su casa y en la de los vecinos. En algunos países no hay demasiada elección, porque cuando hay que salir a los “mercados” a pedir que te presten lo que necesitas para tapar el agujero de tus cuentas y no puedes crear la moneda mundial, ese privilegio exorbitante que siguen teniendo los EE.UU., tu autonomía está muy limitada.

Pero otros si tienen márgenes de maniobra y según como los utilicen pueden hacer mas fácil el ajuste de los demás o hacerlo simplemente imposible.

Los denominados mercados tampoco son mucho de fiar en su clarividencia y por lo tanto las políticas que imponen a los gobiernos tampoco tienen por qué ser las adecuadas. No saben, ni más ni mejor, lo que hay que hacer que los economistas que asesoran a los gobiernos. Un día exigen tipos de interés elevados para forzar reducciones del déficit y el día siguiente se asustan de las consecuencias de esa política sobre el crecimiento. Y probablemente hoy, con los nubarrones que ven venir, el crecimiento es lo que más les preocupa

Situaciones como esas son las que provocan los cambios en los paradigmas científicos y en los sistemas sociales. Esta es una gran crisis sistémica, quiero decir del sistema, y su solución requeriría un salto civilizatorio. Esperemos que sea hacia delante, porque el último salto despeñó al mundo en el nazismo y la guerra.