Veinticinco años de Europa

El pasado domingo 13 de junio celebrábamos en el Palacio Real de Madrid los 25 años de la adhesión de España a lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea, en lenguaje más llano Mercado Común, o simplemente Europa, síntesis de libertad, progreso y justicia social.

Aunque la memoria todavía fresca se resista a lo, han pasado 25 anos. Los videos se encargaban de lo, mostrando como el paso del tiempo había cambiado los aspectos de los protagonistas de ese momento histórico que volvían a la tribuna para recordar los retos de entonces y comentar los de hoy.

Esos 25 años han sido los mejores de nuestra historia moderna desde la batalla de Trafalgar, referencia histórica que marca para muchos europeos un punto de inflexión en nuestra historia común. Para nosotros la perdida de la flota fue el principio del fin del imperio americano. Exhaustos por las conquistas y devastados por la guerra, nos encerramos en nosotros mismos. Enzarzados en nuestras propias rivalidades estuvimos ausentes de las revoluciones industriales y burguesas que conformaron una modernidad que nos fue ajena.

Nuestro aislamiento nos libro de participar en las dos grandes carnicerías europeas, la del 14 y la del 39. Al final de la ultima los europeos habían conseguido casi consumar su suicidio colectivo y su combate fratricida acabo con su papel motor de la historia del mundo. Europa quedo mas exangüe que lo que nosotros lo estábamos a principios del XIX

Pero un continente destruido, dividido, hambriento y amenazado supo enterrar sus antagonismos identitarios para empezar a crear solidaridades de hecho que debían tejer una red de dependencias mutuas para que la guerra fuera imposible

España estuvo largo tiempo ausente de ese milagro histórico. Ortega veía en Europa la solución al problema de España, pero esa solución tardo demasiado en llegar, primero por el franquismo que nos hacia inaceptables y luego por discusiones de retaguardia sobre lechugas y tomates con los que supuestamente íbamos a arruinar a nuestros vecinos franceses y el temor a la invasión de nuestros excedentes de mano de obra, que ya se habían ido a Europa antes de que formáramos parte de ella.

Nuestra entrada en Europa se demoro hasta 10 anos después de la muerte de Franco. Fueron negociaciones duras y difíciles pero si no hubiésemos conseguido vencer todos los obstáculos hoy seriamos una prolongación del continente africano. El proceso se acelero con la llegada de los gobiernos socialistas y el temor a que las intentonas golpistas diesen marcha atrás a la historia. Para nosotros no era una prosaica cuestión de lechugas y tomates sino la necesidad de anclar nuestra democracia en un marco irreversible.

Por eso no nos asustaba ninguna de las condiciones que tuvimos que aceptar y que no fueron fáciles de cumplir. Nuestro entusiasmo europeísta desbordaba con la presión de la espera contenida. Lo que venía de Europa podía ser difícil pero no podía ser malo. Cuando me toco dirigir la delicada operación de cirugía fiscal que fue la implantación del IVA, lo presentamos como un impuesto europeo aplicado por todos nuestros socios .Y aquel mensaje funciono, porque para el españolito de mediados de los 80, la homologación con Europa era buena de todas formas, incluidos los impuestos.

A diferencia de otros, como el Reino Unido donde a ningún Ministro de Hacienda se le ocurriría explicar las bondades de un impuesto importado de Bruselas. Será porque desde Trafalgar la historia nos llevo por rutas diferentes, forjando distintas percepciones de lo que Europa fue y podía ser.

Esa diversidad se ha amplificado mucho con la entrada de los países del Este. La Europa del 86 es bien distinta a la de hoy, más grande pero más heterogénea, con el motor franco-alemán que ya no basta para tirar del carro y con mayores diferencias sobre el camino a seguir. El actual debate sobre lo que puede ser la gobernanza económica lo muestra claramente.

Esta diversidad y las discrepancias que de ella resultan son inevitables si tenemos en cuenta de dónde venimos cada uno de los 27 Estados miembros. Los polacos, por ejemplo, creen que deben su libertad al Papa y a los EE.UU., que derribaron al imperio soviético. Para muchos españoles el Vaticano y los EE.UU. son los responsables de que el franquismo durara tanto. Con estos antecedentes es difícil que tengamos la misma visión del mundo y sin ella es más difícil todavía que podamos compartir una misma política exterior.

En estos 25 años Europa nos ha ayudado mucho. Las cifras de nuestro progreso relativo, que no es necesario repetir aquí, lo demuestran. Los Fondos que recibimos nos han permitido cambiar la piel del país, construyendo infraestructuras que nunca pudimos imaginar en la época de los peones camineros. Lo sé muy bien como Ministro de Obras Publicas que fui. Pero la trasferencia más importante ha sido la de credibilidad económica que nos dio el euro, la ventana abierta al mundo y un nuevo concepto de ciudadanía.

No quiero ni pensar que le ocurriría a la peseta si la tuviéramos hoy, ante las graves dificultades por la que atraviesa nuestra economía. Gracias al euro hemos podido aplicar políticas que hubiesen sido imposibles si hubiésemos mantenido nuestra propia moneda. No solo en el terreno de la economía sino de la política más política. Sin el euro el gobierno Zapatero no hubiese podido retirar sus tropas de Irak contraviniendo la voluntad de EE.UU., porque en los mercados financieros globales nos hubiesen devaluado la peseta tantas veces como hubiesen querido hasta ponernos de rodillas como hicieron con el gobierno de Mitterrand a principios de los 80 cuando intento aplicar el programa de izquierdas con el que había sido elegido.

Paradójicamente, se puede decir que al carecer de su propia moneda y tener por ello menos soberanía formal, se tiene más soberanía real porque se pueden tomar decisiones que de otra forma hubiesen sido imposibles.

El euro nos ha permitido tener tipos de interés reales negativos que han impulsado una larga etapa de expansión económica .Cierto que sin el escudo del euro no hubiésemos podido cometer los excesos que nos han llevado a la difícil situación actual. Ahora nos enfrentamos con las restricciones que implica compartir moneda con otros países y haber perdido la posibilidad de devaluarla. Pero eso no es culpa del euro sino de la forma en que hemos utilizado sus posibilidades.

Más que la celebración de los éxitos de esos 25 años, las conversaciones en la recepción en Palacio se centraban en la dificultades que se ven venir para que los bancos y el Tesoro público puedan renovar los créditos y la Deuda que estos días vencen en cantidades importantes. Y en los rumores supuestamente provenientes de Alemania que alimentan la desconfianza en nuestra capacidad de definir y aplicar los ajustes necesarios en el déficit, el sistema financiero y la competitividad de la economía.

Pero las dificultades del momento no deben impedirnos resaltar el balance enormemente positivo de estos 25 años.