Evitado lo peor, pero la desconfianza subsiste

Mi última crónica en estas páginas virtuales acababa preguntándose hasta dónde tenían que llegar los gobiernos en sus ejercicios de virtud presupuestaria para tranquilizar a los mercados financieros.

Por lo que estamos viendo no parece que les baste la aprobación del drástico plan de ajuste aprobado en las Cortes por un solo voto de diferencia. Inmediatamente después de ese ajustado voto, la agencia de notación Fitch nos rebajaba de nuevo el “rating” de la Deuda, el euro caía bruscamente hasta 1,21 dólares volviendo a su punto más bajo de la crisis, las Bolsas seguían bajando y aparecían de nuevo tensiones en el sistema bancario europeo, con los bancos reticentes a prestarse dinero, el Euribor a tres meses al alza y el recurso a la ventanilla del BCE aumentando.

Es posible que los mercados jueguen a hacerse miedo y que no haya razones objetivas para temer una nueva crisis de liquidez, pero las tensiones que se observan reflejan que se mantiene un clima de desconfianza que hubiera explotado si al Gobierno español le hubiera faltado un voto en las Cortes.

Gracias a ese voto de más lo peor se ha evitado. Las medidas propuestas podían no gustar por varias razones, tanto a la derecha como a la izquierda del arco parlamentario. Y la oposición puede legítimamente considerar que el Gobierno es responsable, por acción u omisión, de la grave situación en la que se encuentra el país. Pero es seguro que, estando donde estamos y siendo las cosas como son, si no se llega a aprobar el Decreto Ley presentado por el Gobierno las consecuencias hubieran sido muy graves para nuestra economía e incluso para la estabilidad de la zona euro. Nos guste o no, así es y bastante se ha explicado porque es así.

Por eso se puede reprochar al PP su voto en contra, anteponiendo el desgaste del Gobierno a la defensa del superior interés nacional. Y no debería servir de eximente creer que su voto negativo se justificaba porque sabían que en todo caso el decreto Ley se iba a aprobar gracias al anunciado apoyo de CiU. Hemos estado jugando con fuego al borde de un barril de pólvora porque un error o una imprevista ausencia hubiera podido cambiar el resultado. Por otra parte, es seguro que si el PP gobernara, hubiera tenido que tomar parecidas medidas y que su encendida defensa de funcionarios y pensionistas no resulta ahora creíble, sobre todo cuando rechaza el límite de gasto propuesto por el Gobierno por considerarlo insuficiente. Pero no hay nada nuevo bajo el sol, ya cuando el referéndum sobre la OTAN la derecha votó en contra de algo en lo que estaba fervientemente a favor para ver si así tumbaban al Gobierno.

Las acusaciones de irresponsabilidad están justificadas. Es el debate entre la ética de la convicción, suponiendo que las conductas políticas estén determinadas por convicciones, y el de la responsabilidad. Claro que queda por ver cuál hubiera sido la conducta del grupo socialista si estando en la oposición hubiera tenido que aprobar con su voto, en idénticas circunstancias que las actuales, un recorte social propuesto por un gobierno del PP que tampoco hubiera tomado ninguna medida respecto de la tributación de las rentas altas ni de las del capital. Por el comportamiento de Zapatero cuando era líder de la oposición cabe suponer que hubiese adoptado la actitud responsable que ahora lamentamos que no haya tomado el PP. Pero nunca lo sabremos. Lo que hubiese ocurrido pertenece al mundo de las hipótesis sobre las conductas que no podrán verificarse nunca.

En cualquier caso lo cierto es, y hay que repetirlo, que se ha evitado una situación que hubiera podido ser muy grave. Lo cual no quiere decir que estemos ya tranquilos. Como les decía, los mercados siguen dirigiendo a los gobiernos una doble y contradictoria exigencia, por una parte les piden una reducción acelerada del déficit y por otra que recuperen el crecimiento. La nueva reducción en nuestro “rating” la justifican porque las perspectivas de crecimiento se ven seriamente afectadas por el fuerte endeudamiento privado y la reducción de la demanda interna. No es el endeudamiento público el que resulta preocupante, porque estamos en el entorno del 55 % del PIB, por debajo de lo exigido en Maastrich y muy lejos de la situación de otros países europeos. Pero el endeudamiento privado, al que nadie le dio importancia durante la expansión, es muy grande; el de las familias ha pasado del 70 % del PIB al 140 % desde 1999. Y la salida de la crisis pasa por una reducción de esa deuda.

Y muchos economistas siguen alertando del riego recesivo que implica la reducción acelerada del déficit cuando la recuperación es todavía muy frágil. La OCDE prevé para la zona euro un crecimiento del 1,2 5 para este el 2010, muy poco para reducir el endeudamiento con relación al PIB a pesar de los recortes en el gasto. Y lo lamentable es que toda la presión especulativa y las exigencias de los mercados se concentren contra el euro cuando el déficit público global de los países del euro es menos del 7 % del PIB mientras que tanto EE.UU. como Japón están por encima del 10 %.

Por no hablar de los rumores difundidos por influyentes medios de prensa anglosajones como Finantial Times acerca de la pretendida decisión de las autoridades chinas de desembarazarse de sus reservas de euros. Un rumor radicalmente desmentido por Pekín pero que contribuyó a la caída del euro. Que a fin de cuentas tampoco es una mala noticia para la economía europea, que necesita desesperadamente exportar si quiere evitar la recesión.