Ajustes duros

Ha servido de poco repetir y argumentar que España no es Grecia .Y ciertamente no lo es, en Grecia el déficit ha causado la crisis y en España la crisis ha causado el déficit. Y nuestro nivel de endeudamiento público es menos de la mitad del griego. Pero los mercados financieros no hilan tan fino y para ellos España se ha convertido en el nuevo eslabón débil de la Unión Monetaria. Por eso en Bruselas han pedido a nuestro gobierno un esfuerzo adicional de reducción del déficit que Zapatero, con razón, consideraba que sería contraproducente porque haría más difícil la recuperación económica.

Uno tras otro, todos los gobiernos de la zona euro anuncian planes de austeridad y reducciones aceleradas de los déficits que, en buena medida, habían causado los planes de relanzamiento económico y la caída de los ingresos derivada del parón de actividad causada por la crisis financiera.

Todos se enfrentan al mismo problema, cómo reducir el déficit sin poner en peligro la tímida recuperación de la actividad, sin la cual no hay forma de reducir el déficit; cómo distribuir equitativamente el esfuerzo de ajuste, aumentando los impuestos, y cuáles, o reduciendo los gastos, y cuáles; cómo hacer aceptar socialmente medidas, en algunos casos brutales y en todo caso dolorosas, a un electorado que ha perdido la confianza en los líderes políticos; y cómo evitar que los intereses contrapuestos de los muchos grupos en los que se polarizan las sociedades paralicen los cambios necesarios.

España no es una excepción en este escenario. Más bien empezamos a ser el prototipo de un país con un alto endeudamiento global, público y privado, un crecimiento débil y un gran problema de competitividad. Por ello, y por el tamaño de nuestra economía, nos hemos convertido en el campo de batalla en el que se va a decidir la suerte del euro.

En España, y no en Italia, es donde se concentra la prueba de confianza sobre la capacidad de financiar el déficit. Italia tiene el doble de Deuda pública con respecto al PIB que nosotros, pero su déficit es “sólo” del 5 % y además los italianos ahorran mucho y no necesitan capital exterior para financiarlo. Nosotros, desgraciadamente, tenemos un sector privado muy endeudado y además un 60 % de nuestra Deuda pública está financiada desde el exterior lo que nos hace especialmente vulnerables a los malos humores de los mercados financieros

Por eso, si nosotros podemos financiar nuestros déficits con normalidad, las tensiones en la zona euro se podrán controlar. Pero si no fuese así la intervención del BCE no sería suficiente para estabilizar los mercados y Francia y Alemania tendrían que intervenir aumentando su endeudamiento para financiar el nuestro a través del mecanismo que la UE acordó la pasada semana. Y esto es lo que los mercados temen y por eso la reacción alcista duró sólo unos días y la semana acabó con otra caída del euro y de las Bolsas, en particular la española.

Muchos economistas consideran que las exigencias de reducción del déficit que los mercados imponen a los gobiernos son exageradas y contraproductivas. No dejan otra opción que matar el crecimiento económico o incumplir los drásticos objetivos que se les imponen. Y a medio plazo seguramente las dos cosas a la vez porque,  no se sale del déficit sino a través  del crecimiento.

La economía es un sistema dinámico lleno de interacciones entre sus partes. Reducir el déficit aumentando impuestos o reduciendo gastos no es un mero ejercicio de estática contable. Reducir el gasto público un punto del PIB no reduce el déficit público un punto del PIB, porque hay que tener en cuenta el efecto negativo de esa reducción sobre el crecimiento y por lo tanto sobre los ingresos fiscales. Desde luego que parar la inversión pública, reducir los salarios de los funcionarios o las rentas del sistema de protección social reduce de forma inmediata el gasto. Y aumentar el IVA incrementa, de forma no tan inmediata, los ingresos. Pero todas esas medidas implican un menor consumo y por lo tanto menor crecimiento y una reducción de los ingresos.

Probablemente en nuestra economía española bajar un punto del PIB el gasto público implica una reducción del déficit de sólo medio punto del PIB. Sin otras medidas de mantenimiento de la actividad, las reducciones mecánicas del déficit se diluyen en la recesión que causan.

Pero mientras la presión de los mercados siga siendo tan fuerte, es difícil hacer otra cosa porque un aumento del coste de la Deuda aumenta el déficit tan rápidamente como la desconfianza. Y ambos factores se retroalimentan en una espiral infernal.

Salir  del euro agravaría el problema, pero dejar que el euro se deprecie es parte de la solución. Todos los países que han reducido con éxito sus déficits en los años 90 han depreciado su tipo de cambio para fomentar sus exportaciones. El famoso milagro sueco tuvo mucho que ver con la depreciación de la corona. La cuestión está abierta, aunque una política deliberada de euro débil es algo que choca con toda la conducta de la política monetaria que hasta ahora hemos seguido en Europa.

Claro que tantas cosas han cambiado en pocos días que también aquí pueden cambiar las actitudes del Ecofin y del BCE. Serán necesarios muchos cambios para salvar al euro, entre otras cosas hará falta más solidaridad entre los países y menos soberanía presupuestaria de todos ellos. La Comisión lo acaba de plantear al pedir que pueda emitir una opinión sobre los presupuestos nacionales  antes de su aprobación por los Parlamentos. Son palabras mayores, pero lo que se está librando es una batalla decisiva para el futuro de Europa.