Crisis del euro y agencias de notación

Después de que las agencias de rating rebajaran la calificación de las Deudas Públicas de Grecia, Portugal y España, la UE y el FMI han llegado aprisa y corriendo a un nuevo acuerdo para ayudar a Grecia a financiar su déficit. Grecia ha tenido que aceptar una cura de austeridad de caballo a cambio de ayudas más importantes que las anteriormente acordadas y, sobre todo, el compromiso de que los primeros desembolsos se hagan antes del 19 de mayo, fecha en la que tiene que amortizar 9.000 millones de euros de Deuda que no podría refinanciar en el mercado porque los tipos que se le exigen  son prohibitivos. 

Con este acuerdo ha sonado la hora de la verdad para el euro. Pero lo que ya ha ocurrido es una prueba de la incapacidad de Europa para hacer frente a un problema que no ha hecho sino agravar con su indecisión y sus vagos compromisos, presentados cada vez como grandes triunfos pero que no han servido para dar confianza a los inversores. 

Si no se hubieran perdido 3 meses en declaraciones no seguidas de efecto, y se hubiera garantizado de verdad a Grecia el apoyo que pedía los tipos de interés que tiene que pagar no habrían subido del 6 a 13 %. Este aumento es la mejor muestra de la incapacidad de los gobiernos europeos de convencer a los mercados de la firmeza de su apoyo a Grecia. Parecía como si los gobiernos jugasen al poker con los mercados, advirtiéndoles solemnemente que no exagerasen en sus exigencias porque sino intervendrían y los especuladores perderían en sus apuestas. Esperaban que esa amenaza haría innecesario tener que aplicar realmente los planes de ayuda que se anunciaban. Pues si era así han perdido la partida porque la prima de riesgo de la Deuda griega ha subido hasta valores absurdos porque la situación de Grecia puede ser mala, pero no tanto como para su  prima de riesgo sea más alta que la de Pakistán

Hacía falta un optimismo ciego para no pensar que si la situación griega no se resolvía acabaría contagiando a Portugal y a España. No por sus circunstancias objetivas, porque desde luego no son situaciones comparables, sino por los comportamientos irracionales y los movimientos de pánico que caracterizan a los mercados financieros. Y a ello hay que sumar los excesos de celo de las agencias de notación que, después de no haber visto venir nada de la actual crisis, peor aún, después de haber calificado como AAA los productos tóxicos por los que ahora están testificando en el Senado americano los que los creaban, ahora se quieren rehacer una virginidad poniéndose muy estrictos y rebajando la nota de la Deuda Pública española. 

Esta rebaja de la calificación de nuestra Deuda Pública ha sido la muestra del riesgo de contagio que, por fin, ha vencido las reticencias de algunos gobiernos, sobre todo el alemán. Y ha puesto otra vez sobre el tapete el papel que juegan las agencias de calificación y los criterios que las guían. 

A pesar de sus sonoros fracasos en la calificación de los activos financieros que condujeron a la crisis, sus opiniones siguen teniendo mucho efecto en los mercados. Pero su credibilidad está cada vez más puesta en cuestión. Dos opiniones de peso así lo confirman. La del Director del FMI que dice ni más ni menos que “no hay que creer demasiado en lo que dicen… aunque alguna utilidad tienen” y la del Ministro alemán de Hacienda para el que “no hay que tomárselas en serio”. 

Y la semana pasada en el Senado americano, en la Comisión que investiga el desenlace de la crisis financiera, su Presidente el senador Levin les decía a los representantes de Moodys y de Standard and Poors que “habían calificado con triple A activos financieros de alto riesgo basados en hipotecas toxicas que acabaron no valiendo ni el papel en el que estaban escritos”. 

La Comisión maneja 581 páginas de correos electrónicos y otros documentos que muestran como se calificaron con las máximas notaciones activos financieros que no se tenia tiempo de analizar seriamente. O la forma en la que los bancos habían trucado algunas características de esos activos para mejorar su calificación. O los expertos que pasaron de las agencias de notacion a los bancos de inversión como Goldman Sachs y participaron en la elaboración de activos conociendo como las agencias las iban a calificar. Tal es el caso del ya famoso fondo de inversión Abacus de G. S. que 6 meses después de su salida al mercado, el 86 % de los activos que lo componían habían sido devaluados a la notación más baja. 

Es cierto que su papel en estos días ha sido de acelerar y extender la crisis. A pesar de que las descalificaciones que reciben y las dudas que hay sobre su forma de funcionar no pueden ser mas duras. ¿Entonces por qué se les hace tanto caso en los mercados? ¿Y qué habría que hacer para corregir un sistema que el propio Krugman califica de corrupto? 

Empiezan a surgir propuestas, como la de ponerlas en competencia con agencias publicas adosadas al FMI o de crear una agencia europea como acaba de proponer el Comisario Barnier. Pero de momento no hay más cera que la que arde y no hay otro sistema independiente y creíble de medir la calidad de una deuda para orientar a los inversores. No lo hay, pero lo necesitamos cuanto antes para evitar las nefastas consecuencias del actual sistema de valoración de riesgos en el sistema financiero globalizado.