¿Estamos o no estamos en recesión?

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Es la pregunta que se plantea todo el mundo. Los economistas, como cualquier otra profesión, tienen su jerga y también convenciones que son solo eso, convenciones, extraídas todas ellas de condiciones normales y habituales. En cuanto a la recesión, se ha convenido que una economía se encuentra en esta situación cuando durante dos trimestres seguidos su tasa de crecimiento intertrimestral es negativa. Esta suposición tiene su lógica en la forma tradicional en la que suceden las crisis.

Pero la originada por el Covid posee unas características totalmente diferentes de las que estamos acostumbrados. No obedece a causas económicas, sino a decisiones políticas y administrativas tomadas en función de la situación sanitaria. Fue la evolución de las condiciones epidemiológicas la que ha determinado en buena medida la marcha de la economía y la que originó que en el año 2020 el PIB de todos los países se hundiera, aunque ciertamente en porcentajes distintos según la pericia que los diferentes gobiernos mostraron a la hora de gestionar la pandemia y la economía.

Por eso he defendido durante todos estos meses, en contra de ciertos triunfalismos, que en este tipo de crisis las tasas intertrimestrales de crecimiento no tienen demasiado sentido, al depender del suelo del que se parte. La información relevante es relacionar el PIB obtenido cada trimestre o en cada momento con el alcanzado antes de la pandemia. Diríamos que mientras no se llegue a ese último, en una crisis como esta, se está en recesión.

Concretamente en España podríamos simplificar estas dos interpretaciones de la recesión en dos series históricas, referentes ambas a todos los trimestres de los años 2020, 2021, y el primero de 2022, último dato disponible:

La primera serie estaría constituida por las tasas intertrimestrales del PIB. La segunda por el porcentaje que el PIB de cada trimestre representa respecto del obtenido en el último trimestre de 2019. Según la interpretación clásica (la primera serie), la recesión habría durado solo el primer semestre de 2020. Pero según lo que se podría considerar una interpretación más adecuada a la crisis provocada por motivos sanitarios (segunda serie), la economía española continuaría en recesión puesto que no ha alcanzado el PIB del último trimestre de 2019. Se encuentra en el 96,3%

Ciertamente el momento más bajo de la crisis habría tenido lugar en el segundo trimestre de 2020, en el que el PIB se redujo un 22% con respecto al que tenía en 2019, descenso no equiparable a lo ocurrido en ningún otro país de la Unión Europea, lo que indica hasta qué punto el Gobierno cometió graves errores durante la pandemia que repercutieron muy negativamente en la economía.

En estos momentos, el PIB de la gran mayoría, por no decir de la totalidad, de las naciones europeas han conseguido retornar al de finales de 2019, especialmente en aquellos Estados con los que debemos compararnos. Ellos sí pueden afirmar que han superado la recesión de la pandemia y tiene sentido que se pregunten si en el futuro, debido a la guerra de Ucrania y a la crisis de las materias primas, van a entrar de nuevo en esa situación económica.

En el caso de España el tema es totalmente diferente, ya que no hemos conseguido retornar al PIB de 2019. En cierta forma no hemos salido aún de la recesión anterior y todo hace pensar que no vamos a llegar a esta meta ni siquiera a finales de este ejercicio. Nuestras previsibles tasas de crecimiento positivas no indican de ningún modo que España vaya a estar mejor que los otros países, sino que se deben a que estamos lejos de alcanzar las cotas de 2019.

Por eso es tan absurdo el triunfalismo de Escrivá, de Yolanda Díaz y del mismo Sánchez cuando se agarran como tabla de salvación a las cifras de empleo, queriéndonos convencer de que nos encontramos ya en la economía de prepandemia. Si la actividad económica no se ha recuperado, el empleo, por mucho que se empeñen, tampoco. A no ser que lo haga a costa de la productividad, empleo a tiempo parcial, o bien porque las estadísticas no recojan el total de los parados, que es lo que ocurre con los ERTE y con los fijos discontinuos.

Hay que recordar la frase de James Whitcomb Riley: "Cuando veo un pájaro que anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, lo llamo pato". Pues bien, considerando a los trabajadores en ERTE o determinadas épocas de los contratados fijos discontinuos, no puede uno por menos que afirmar que si no trabajan al igual que trabaja un parado y si cobran el seguro de desempleo como los parados es que con toda probabilidad son parados.

El maquillaje es tal que la única estadística creíble en materia de empleo es la de horas trabajadas que publica el INE. Al menos hasta ahora, porque después del cambio del director de este organismo (debido a que los datos que ofrecía no gustaban ni a Calviño ni a Escrivá) todo es posible.

Quizás una de las variables más expresivas a la hora de constatar la situación diferencial de España y que menos permiten el engaño es la evolución de la renta per cápita. A finales de 2021, tanto la Eurozona como la Unión Europea habían recuperado la renta per cápita previa a la pandemia. Por el contrario, nuestro país se mantiene aún en un 5% por debajo de la que tenía a finales de 2019. Es más, España es la única economía de la UE cuya renta per cápita es inferior a la existente al principio de 2018. Es decir, por término medio, todos los españoles somos más pobres que cuando Sánchez alcanzó el poder hace cuatro años.

A todo esto hay que añadir, por una parte, el enorme incremento en la deuda pública a lo largo de esta era sanchista, casi un 30%, que hace que los ciudadanos, amén de ser más pobres, estén mucho más endeudados y, por otra parte, que presentemos la mayor tasa de inflación (10,2) entre los países de nuestro entorno.

Algún tertuliano fichado últimamente por El País se ha empeñado en decir que no es verdad. Que Ucrania (21,5%), Estonia (20,1%), Lituania (18.5%), Letonia (16,8%), República Checa (15,2%), Bulgaria (13,4%), Polonia (12,8 %), Rumanía (12,4%), Eslovaquia (11,8%), Hungría (10,8%), Croacia (10,7%), Grecia (10,5%) y Eslovenia (10,4%) superan a España en tasa de inflación. Tiene razón. Pero, por lo visto, es con estos países con los que nos quieren comparar las huestes sanchistas. Por otra parte, todos estos Estados tienen una cercanía y una dependencia mucho mayor que la nuestra con Rusia.

En el resto de las economías de la Unión, excepto en Holanda que se iguala a España, la inflación es inferior: Francia, 5,4%; Italia, 7,3; Alemania 7,6 y hasta Portugal 8,7. Aparte del empobrecimiento que esta situación implica para los ciudadanos españoles, el diferencial en los precios, al tener la misma moneda, puede dañar gravemente la competitividad de nuestros productos. A no ser que nos conformemos con la ganancia en la competitividad que vamos a obtener frente a Estonia, Lituania y Letonia.

Sánchez y su Gobierno se escudan en la pandemia y en la Guerra de Ucrania. Pero todos los países han padecido la primera y están sufriendo la segunda. Es más, España ha contado con ciertos factores estructurales favorables. Primero, la resistencia a la vacunación ha sido mucho menor en la población española que en el resto. Segundo, está bastante más alejada de Ucrania y de Rusia no solo geográfica, sino política y económicamente. Tercero, ha sido de los países que tenían a su disposición más fondos europeos y que, según Sánchez, poseían un carácter milagroso e iban a solucionar todos nuestros problemas. No parece que haya ningún motivo, excepto la incompetencia y cierto fanatismo del Gobierno, para que España presente en su conjunto los peores datos en todas las variables económicas de la Unión Europea.

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