La economía española, a la cola de la recuperación

Pedro Sánchez, Nadia Calviño y Yolanda Díaz en el Congreso

| Europa Press

El pasado 18 de marzo (hace ya ocho meses) publiqué en estas páginas digitales un artículo titulado: “Realidad y representación en la economía española”. Denunciaba en él cómo Sánchez y su Gobierno estaban dedicados a construir una imagen de la marcha de la economía que casaba poco con la realidad. Amparados en que, en aquel momento, algunos organismos internacionales pronosticaban que España iba a ser uno de los países que más crecerían en el presente año, se apresuraron a sacar pecho, a inflarse como un pavo real y a presumir de la recuperación.

Detrás quedaba el hecho de que en 2020 nuestro país era el que más se había hundido económicamente de toda la UE e incluso de los 37 países de la OCDE. Era precisamente por esta razón y no por otros datos (estábamos casi al principio del año) por lo que los distintos organismos preveían la subida de la economía española. A esas alturas era lógico suponer que las economías que más se habían desmoronado en 2020 serían las que más creciesen en 2021. España había roto todos los moldes. Había sufrido una caída del PIB del 10,8%. Algo insólito. No tenía nada de extraño, por tanto, que se encontrase entre los países cuya economía más se aumentase en este ejercicio. Pero esto no era precisamente un elemento del que vanagloriarse, constituía más bien la consecuencia de un hecho negativo, el desplome de la economía en los primeros meses de la epidemia hasta el punto de que en el segundo trimestre de 2020 el PIB se redujo en tasa interanual más del 20%, fruto a su vez de una gestión desastrosa de la crisis sanitaria.

No me cansaré de repetir que esta crisis económica carece de toda similitud con cualquier otra, ya que está ausente la etiología económica propiamente dicha. Ha sido ocasionada por la respuesta política y administrativa a una epidemia, y que se tradujo al principio tanto en España como en otros países en una recesión de la actividad económica de dimensiones poco conocidas y a partir de ese suelo, a mayor o menor ritmo y con algún pequeño retroceso, solo se puede mejorar. Después de tocar fondo, lo lógico es que estemos en proceso de recuperación.

En proceso, porque solo podremos hablar en sentido estricto de recuperación cuando alcancemos el mismo nivel de renta que antes de la pandemia. Para cada país, lo importante es saber cuándo lo conseguirá y en qué medida está cerca de lograrlo. Según las previsiones que entonces realizaba la Comisión, tres países -Polonia, Irlanda y Luxemburgo- alcanzarían dicha meta este año. La mayoría en 2022, y solo otros tres -Italia, Grecia y España- se estimaba que no lo alcanzarían hasta 2023. Ciertamente, no era para que Sánchez se jactase de nada.

Han pasado ocho meses y la Comisión (se supone que con muchos más datos e información y por lo tanto con mayor probabilidad de acertar) ha elaborado las llamadas “estadísticas de otoño”. Las previsiones en general para la Eurozona son algo más positivas. El PIB pasa de crecer el 4,3% (estadísticas de primavera) al 5%. Lo que se traduce en que a Polonia, Irlanda y Luxemburgo se les añaden ahora otros ocho países que se supone que alcanzarán este año el PIB que mantenían en 2019; el resto, excepto España, lo harán en 2022. Solo nuestro país tendrá que esperar al 2023 para que su actividad económica se recupere al nivel anterior de la pandemia. Las previsiones, como se puede apreciar, son muy negativas para España. A pesar de ser el país cuya economía más se desmoronó en 2020, ha dejado de ser el que más va a crecer en 2021; ocupará el número 17 de la Unión Europea y le cabrá una vez más el dudoso honor de quedarse de farolillo escoba y no salir de la crisis hasta 2023.

Claro que esta es la realidad, y Sánchez está dispuesto como siempre a ignorarla y a continuar en la representación. A él los datos no le dicen nada. Con todo el cinismo sigue vanagloriándose de lo que llama una recuperación más robusta y justa que la de 2008, ocultando que era Zapatero quien gobernaba entonces y que aquella crisis no tenía nada que ver con la actual. Pavonearse, tal como va haciendo, de congreso regional en congreso regional, de que estas navidades estaremos mejor que las pasadas y que en las del año próximo mejor que en estas es una patochada de tal calibre que cuesta creer que lo diga un presidente del gobierno, y mucho más aún que haya medios de comunicación que compren el mensaje. Solo faltaba que nos eternizásemos en el fondo del abismo y que la actividad económica permaneciese en la misma parálisis que cuando en plena pandemia se daban todo tipo de restricciones.

Las condiciones económicas tienen por fuerza que mejorar porque la situación sanitaria mejora; fundamentalmente gracias a las vacunas, y de eso sí podemos enorgullecernos porque la vacunación ha sido en España un éxito comparado con otros países. Pero de esto pocas medallas se puede colgar el Gobierno. El éxito ha dependido de las Comunidades Autónomas. Todas ellas, en mayor o menor medida, han cumplido adecuadamente con su cometido, pero lo que quizás ha establecido mayor diferencia con respecto al resto de los países ha sido la actitud ante la vacunación de la sociedad española cuyo rechazo ha sido menor que en otras latitudes. Precisamente esto es lo que deja más al descubierto los fallos del Gobierno, que, a pesar de esa ventaja obtenida frente al resto de países en la vacunación, estamos a la cola de todos ellos en la recuperación económica.

Aparte del comportamiento del PIB o tal vez como consecuencia de ello, existen otros factores que hacen que la situación económica de España sea aún más delicada que la de la mayoría de los países miembros. En primer lugar, la cifra de paro, que los ERTE no pueden ocultar, que nos sitúa a la cabeza de la Unión, tras haber superado a la misma Grecia. Existe además el agravante de que una parte del empleo actual es de muy baja calidad, casi empleo basura, subempleo, consecuencia de la devaluación competitiva y propenso a desaparecer en cuanto se eleven mínimamente los costes o los salarios.

En segundo lugar, la acumulación de deuda pública. Según el Banco de España, desde 2019 hasta 2022, esta variable crecerá casi un 30% del PIB, desde el 95% al 124%. Este porcentaje hace que la posición de nuestro sector público sea muy delicada, tanto más cuanto que la deuda está nominada en euros, una divisa que, si bien es la nuestra, no controlamos. Tal situación solo es sostenible gracias a que el BCE, que es el que controla la moneda, ha estado dispuesto hasta ahora a comprar todos los títulos necesarios. Pero es precisamente esto lo que nos hace vulnerables y dependientes en política económica de las medidas que quiera imponernos la Unión Europea.

Es verdad que, durante estos dos años de pandemia, Bruselas ha mantenido una postura laxa en materia de estabilidad presupuestaria, pero también lo hicieron en 2008, y no es previsible que sea así en el futuro, especialmente cuando están apareciendo tasas de inflación que nos remontan a otro tiempo. De hecho, ya se van descubriendo, aunque de forma muy gradual, las exigencias que la Comisión está dispuesta a imponer en los próximos años para recibir las distintas entregas de los fondos de recuperación.

Se empiezan a conocer así las supercherías que han rodeado todo este tema de las ayudas europeas. Entre otras, la radical afirmación de que no habría condicionalidad ni hombres de negro. Pero lo cierto es que las condiciones comienzan ya a vislumbrase a pesar de los embustes que nos cuenta la ministra de Economía y de los embrollos y galimatías, mentiras y desmentidos, con que quiere obsequiarnos el ministro de la Seguridad Social. En realidad, estamos en un rescate, por más que pretendan revestirlo de otra manera. Según avance el tiempo estará todo mucho más claro. Da vergüenza recordar la llegada triunfal de Sánchez al primer consejo de ministros celebrado tras la cumbre en la que se habían aprobado los fondos. Parecía que volvía de derrotar a un dragón o de haber ganado la tercera guerra mundial. El paseíllo con que le obsequiaron sus ministros fue bochornoso. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza ante tamaño servilismo.

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