Ni versos sueltos ni ministros independientes

Don Ángel Gabilondo, siguiendo las instrucciones de la factoría de montajes dramáticos de la Moncloa, se presentó como soso, serio y formal. Ello no ha sido óbice para autodefinirse como verso suelto. Es comprensible el interés del candidato socialista por distinguirse en esta campaña electoral del sanchismo. Un poco tarde y una operación imposible. No es creíble. Gabilondo está unido a Pedro Sánchez desde el inicio.

En 2015, Sánchez, al principio de su reinado, recién elegido secretario general del partido socialista, entró como elefante en una cacharrería en la Federación de Madrid, que casualmente era la suya. Cesó a toda la Ejecutiva federal, nombrando una gestora. Los modos no fueron precisamente buenos, ya que llegó a cambiar la cerradura del despacho del secretario general de Madrid, Tomás Gómez, para impedirle entrar siquiera a recoger sus enseres y papeles personales. Toda la operación tenía un objetivo, evitar que la federación madrileña pudiera elegir a Gómez como candidato a presidir la Autonomía e imponer en su lugar a Ángel Gabilondo, quien, por cierto, no hizo un papel demasiado lucido.

Aquel asalto a Madrid dejó como un erial el socialismo de la capital de España, acabando con toda posibilidad de verso suelto. Gabilondo, por supuesto, no lo era. Él era más bien el comienzo de la poesía y de la epopeya. Su imposición en la candidatura de Madrid y el cese de toda la Ejecutiva regional fue el primer acto de esa trayectoria caudillista de Pedro Sánchez que, gracias a las primarias, continúa hasta los momentos actuales.

La Federación socialista madrileña (lo que quedaba de ella) y Gabilondo estuvieron con Sánchez en los momentos difíciles, aquellos en los que se enfrentó al Comité Federal y a su propia Ejecutiva. Tras el triunfo de las segundas primarias, los versos sueltos no solo se terminaron en Madrid, sino también en toda España. Se acabó cualquier discrepancia. El PSOE se transformó en sanchismo y, se configuro en un bloque monolítico sin fisuras posibles. Ni García-Page ni Fernández Vara ni Susana Díaz son ya versos sueltos. ¿Cómo va a serlo Gabilondo? Todo lo más, unos y otros representan serlo, pero lo cierto es que a don Ángel no se le da muy bien el teatro, resulta muy soso y poco convincente.

En las elecciones autonómicas y municipales de 2019, Sánchez, consciente ya de su poder autocrático, metió mano en casi todas las candidaturas. Con más motivo en Madrid, que consideraba su cortijo particular. Con total desprecio, una vez más, de la Federación madrileña, impuso como candidato a la Alcaldía a un amigo y especialista en baloncesto, Pepu. Eso sí, para mayor humillación, hizo que le eligieran en primarias. Su presencia en los debates constituyó una ópera bufa, pues se le preguntase lo que se le preguntase contestaba "déjenme que les diga" y leía un papel que alguien le habría escrito, sin relación, por supuesto, con la pregunta. Lo sorprendente es que se llegó a creer que había sido elegido de forma totalmente democrática. Un poco más y nos dice también que es un verso suelto.

Gabilondo fue confirmado como candidato a presidente de la Comunidad de Madrid, señal de que seguía siendo hijo muy amado de Sánchez y que contaba con todas sus complacencias. Don Ángel, a su vez, aceptaba la designación, mostrando con ello su adhesión y fidelidad al sanchismo. Conviene tener en cuenta que estamos en 2019 y Pedro Sánchez ha llegado ya a la Moncloa con el apoyo de nacionalistas e independentistas, muchos de ellos golpistas o herederos de terroristas. A esas alturas, ya está constituido el gobierno Frankenstein y por lo tanto no cabe aducir ignorancia. Cada uno debe saber cuál es su responsabilidad en el juego y a qué carta apuesta.

Sánchez enfrentó las elecciones autonómicas de 2019 de forma triunfal y pletórico de altanería y jactancia. Llevaba ya un año en la Moncloa, tras ganar la moción de censura con el concurso de todas las fuerzas antisistema y centrífugas (primer gobierno Frankenstein). Los resultados de las elecciones generales que se acababan de celebrar le hacían confiar en que podría seguir gobernando con el mismo grupo de apoyo (segundo gobierno Frankenstein). Esperaba repetir el triunfo de las generales en las elecciones autonómicas y municipales. Sus cálculos, sin embargo, tenían un punto débil. En la mayoría de las Autonomías no hay partidos nacionalistas con los que pactar.

El plus que otorga el Gobierno central a Sánchez y le mantiene en él es el ayuntamiento con los secesionistas catalanes, con los separatistas vascos, con los herederos de ETA, con independentistas y regionalistas de todos los pelajes; su ventaja estriba en la coyunda con todas las fuerzas divergentes que ven en él, a nivel estatal, la vía más propicia para poder conseguir sus aspiraciones. Eso le sirve, sin duda, en el ámbito nacional, pero tiene su talón de Aquiles en el escenario autonómico, especialmente en aquellas Comunidades que no cuentan con partidos nacionalistas o regionalistas en los que apoyarse. Existen algunas excepciones como Extremadura o Castilla-La Mancha, cuyos presidentes, aun perteneciendo mal que les pese al sanchismo, se han mostrado siempre más jacobinos.

En las elecciones autonómicas y municipales del 2019 los resultados no fueron los que Sánchez esperaba. Pues si bien el hecho de que estuviera la derecha dividida permitía que el PSOE fuese, en la mayoría de los sitios, el partido más votado, por el mismo motivo y paradójicamente, en muchos de ellos, siguiendo el ejemplo de Andalucía, era posible que los pactos les arrebatasen el gobierno. Como así ocurrió en realidad. Sánchez no se ha resignado a que se le escapase gran parte del poder autonómico y municipal.

Especialmente resultaban cruciales el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid. Sánchez lo ha percibido como una herida abierta. En esa federación había actuado sin ninguna cortapisa. Impuso, despreciando a muchos militantes con historia y méritos más relevantes, a Gabilondo y a Pepu. Su fracaso era el fracaso de Sánchez. Esta frustración, unida a que sus necesarios apoyos para gobernar se encontraban en el nacionalismo catalán y vasco, ha ocasionado que el Gobierno central haya emprendido a lo largo de este tiempo una ofensiva contra Madrid en la que resulta difícil discernir cuándo es contra el gobierno autonómico o contra los propios ciudadanos.

En esta ofensiva se ha visto hasta qué punto la Federación de Madrid no existe y resulta una mera prolongación de Sánchez. No solo los gabilondos y pepus son marionetas en sus manos, sino también los propios cargos del partido. El papelón del secretario general, Jose Manuel Franco, y del resto de la Ejecutiva permitiendo que Ferraz y Moncloa campen a sus anchas y hagan y deshagan en Madrid, ha sido patético. Bien es verdad que todos ellos tienen premio. Don Ángel va para Defensor del Pueblo, y Franco ha ocupado la Delegación del Gobierno y ahora la Secretaria de Estado de Deportes.

Todo esto explica por qué se ha implicado tanto Sánchez en la campaña del día 4 de mayo. La considera como cosa propia. No solo es que haya puesto de candidato a Gabilondo, sino que ha mandado a las listas a una secretaria de Estado y ha prometido que, si gana el PSOE, la ministra de Industria y Turismo irá de consejera. Parece que quien se presenta es Sánchez y no Gabilondo. Y ahí están todos los ministros haciendo campaña. ¿Cómo pretende don Ángel ser un verso suelto? Es comprensible que hable de tautologías y que no quiera que se le identifique con Sánchez. Nadie que tenga un poco de dignidad lo desearía. Pero, un poco tarde para eso. Le guste o no, muchos madrileños le ven simplemente como el delegado de Sánchez con todo lo que eso significa.

En el sanchismo no hay sitio para los versos sueltos, pero tampoco para ministros independientes. Todos están subidos al mismo barco. Quieran o no, todos deben el sillón a las fuerzas políticas que votaron a Sánchez en la moción de censura y en la sesión de investidura. Gracias a ellas son ahora ministros y, lo que aún es peor, sin ellas no podrían gobernar. Algunos se hacen los cátaros, pretenden separase, no contaminarse, fingir que la función no va con ellos, que no son responsables de las cesiones que Sánchez tiene que hacer al secesionismo catalán y al vasco para continuar gobernando, pero, mal que les pese, todos forman parte del gobierno Frankenstein y participan del conjunto de sus decisiones.

¿Acaso no se prestaron todos a ese paseíllo bochornoso y grotesco que formaron aplaudiendo al emperador a la vuelta de Bruselas y con el que pretendían hacernos creer que había sido el gran artífice en la consecución del fondo de recuperación? La propaganda hace milagros, como el de lograr que lo que en realidad es un rescate pase por la "mayor oportunidad económica" de España desde el ingreso en la Unión Europea.

Todos los ministros han aprendido lo de la Plaza de Colón, y cada poco se valen de ella intentando anatematizar al adversario, pero esta imagen, como casi todo, tiene dos perspectivas. Es lo del dedo y la luna. El sanchismo quiere que miremos el dedo, pero lo importante es la luna. Lo relevante no es quién apuntaba, los manifestantes, sino a dónde se apuntaba, y en este caso el dedo señalaba a un gobierno que estaba dispuesto a sentarse a negociar con los golpistas, con un intermediario internacional, al que eufemísticamente llamaban relator, como si España y Cataluña fuesen dos países soberanos.

En política todo es posible; y la memoria de los españoles, muy frágil. Los comentaristas políticos y los tertulianos, en su afán de creer que dentro del Gobierno hay divisiones, clasifican a los ministros en buenos y malos, y exageran las cualidades y la preparación de unos para distinguirlos de los demás. En realidad, es el clásico aforismo de que en el país de los ciegos el tuerto es el rey. No hay ministros independientes. El sanchismo lo contamina todo. En todo caso, representación y reparto de papeles.

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