La hégira de Ciudadanos

Creo que difícilmente se puede entender la crisis de Ciudadanos sin considerar sus orígenes, Cataluña. La mayoría de los análisis yerran cuando intentan explicar su debacle en términos de izquierdas y derechas y de partido bisagra. En primer lugar, Ciudadanos no es un partido ni lo ha sido nunca. En segundo lugar, me temo que en el actual escenario político lo de izquierdas y derechas desde hace muchos años no corresponde a la Realidad sino a la Representación.

En España somos dados a la Representación, un pueblo con vis dramática, y por eso en el juego político lo de izquierdas y derechas está continuamente presente para beneficio de unos y de otros. Palabras en desuso en otras latitudes, como lo de comunistas y fascistas, están al cabo de la calle, hasta el punto de que para algunos todos los españoles somos fascistas y, según otros, todos seríamos comunistas. A nivel global, la cuadratura del círculo, todos a la vez comunistas y fascistas; en lo individual, la esquizofrenia.

Quizás haya que salir fuera de la piel de toro para ser conscientes de la Realidad. Llámense como quieran llamarse los partidos, el fascismo y el comunismo desaparecieron hace ya muchos años, incluso la socialdemocracia. Las denominaciones son libres, pero eso no significa que correspondan a los hechos. La socialdemocracia se suicidó desde el instante en el que asumió la globalización y la libre circulación de capitales, y no digamos en aquellos países que se integraron en la Unión Monetaria.

Hoy, dentro de la Eurozona, solo existen liberales y conservadores; partidos más o menos liberales, más o menos conservadores, y todos con bastante dosis de populismo. La memoria nos flaquea y por eso aceptamos por socialdemocracia cualquier cosa. Sería conveniente que volviésemos la vista atrás y comprobásemos cuáles eran el programa y las realizaciones de los partidos socialdemócratas en los años sesenta y principios de los setenta en Europa. Nada que ver con la realidad actual.

Quiérase o no, las diferencias en política económica son mínimas. También en España. Fue Zapatero quien protagonizó los mayores recortes, y me temo que tendrá que ser Sánchez, si continúa en el gobierno, quien tendrá que adentrarse en los próximos años por la misma senda. ¿Acaso no fue el Gobierno de Zapatero el que suprimió el impuesto de patrimonio y al que criticaban y censuraban los miles y miles de indignados el 11-M en la Puerta el Sol? En los temas importantes mandan Europa y el Capital.

La imposibilidad de diferenciarse ideológicamente en la Realidad se traduce en sentimientos identitarios en la Representación, adhesiones a un partido o a un territorio. Se crea un instinto de secta, de tribu. El partido se transforma en el baluarte a defender por todos los medios, lícitos e ilícitos. Se le disculpa todo. De ahí que esté permitido afirmar hoy lo que ayer se negaba. Los principios importan poco, las ideas menos. Pertenecen a la Realidad y aquí nos movemos en la Representación. La fidelidad debe ser con el partido, con las siglas, no con las ideas, por eso toda discrepancia se considera una traición y se califica de tránsfugas a los que se pasan de un bando a otro, aunque sea para ser coherentes con los principios.

La lealtad a un partido se confunde con la obediencia incondicional al líder. Quien se hace con el liderazgo -y he ahí la peligrosidad de las primarias- se hace dueño del partido, sin cortapisas y sin condicionantes de órganos intermedios. En compensación, los afiliados adquieren seguridad, se sienten importantes al pertenecer a una organización importante, ganan en comodidad porque no precisan pensar, ni reflexionar demasiado, el dogma se lo dan hecho. Solo se les exige que repitan las consignas.

La pulsión identitaria no queda restringida a los partidos, se materializa incluso con más fuerza en el ámbito territorial. El nacionalismo se constituye en iglesia, exige también una adhesión total e incondicional, en la que el juego amigo-enemigo de Carl Schmitt tiene plena aplicación. Quien no está conmigo está contra mí. Hay dos varas de medir. A los míos todo les está permitido, todo es lícito frente a los enemigos.

Es en este contexto, y acudiendo a sus orígenes es como se pueden entender los actuales problemas de Ciudadanos. Ciudadanos no nace como partido, sino como plataforma cívica en Cataluña, con el objetivo de oponerse a la dictadura del nacionalismo exclusivo e identitario, que se había hecho más presente, si cabe, con la elaboración y aprobación del nuevo estatuto inconstitucional. Si Ciudadanos se convierte en partido es tan solo para presentarse a las elecciones, ante la pasividad y en algunos casos complicidad de las otras formaciones políticas, PSC, Iniciativa per Catalunya e incluso el Partido popular, que casi se había desarmado en Cataluña a partir de los acuerdos del Majestic.

El nuevo partido concurrió ya a los comicios de 2006, obteniendo ya representación en el parlamento autonómico (tres diputados). No cabe duda del papel inestimable que durante bastantes años ha desarrollado Ciudadanos en Cataluña, constituido en el único baluarte frente al independentismo, y logrando su máximo triunfo en las elecciones de diciembre de 2017, en las que fue la formación más votada con Arrimadas como número uno.

Más discutible ha sido su expansión por el resto de España, donde surgió como aluvión recogiendo restos muy heterogéneos de otros partidos. No se puede decir que haya tenido nunca un programa político en sentido estricto. Se presentaba con una idea fuerza: la igualdad entre todos los ciudadanos españoles, viviesen donde viviesen, oponiéndose a cualquier discriminación por razón del territorio. En el marco político se situaba por tanto en contra de todo nacionalismo supremacista y de toda fuerza política o social que promoviese la desintegración del Estado.

En realidad, dada la coyuntura española, no era poco defender ese estandarte. El error de Rivera fue pretender ir más allá y construir artificialmente un programa. Por una parte, encargando la parte económica a profesores recién llegados a Ciudadanos y con planteamientos económicos incluso más liberales que los del PP, que, paradójicamente, después fueron los defensores de coadyuvarse con el sanchismo; y, por otra parte, adoptando posturas inquisitoriales frente a la corrupción, en muchos casos supuesta, o proponiendo para evitarla medidas muy superficiales e incluso contraproducentes como las primarias.

Si Rivera pudo pactar con Sánchez en aquel famoso vodevil de 2016, que no conducía a ninguna parte, es porque este no había mostrado aún sus verdaderas intenciones, si bien es verdad que el líder de Ciudadanos podía haberlas intuido. Sin embargo, sí hubo un hecho que marcó un antes y después, la moción de censura en la que Sánchez para ganarla, y no solo para convocar elecciones, se apoyó en todos aquellos partidos situados en las antípodas de Ciudadanos, y que contradecían la propia esencia de lo que representaba y por lo que había nacido esta formación política: nacionalistas catalanes (ya golpistas), nacionalistas vascos (incluso los herederos de ETA) y todos aquellos que defendían el derecho de autodeterminación.

Es evidente que a partir de este hecho Ciudadanos no podía pactar con el sanchismo sin traicionar su propia esencia y su reducida historia. Hay quienes afirman que la equivocación más grave de Rivera se produjo en 2019 cuando con 57 diputados no quiso apoyar a Sánchez, y atribuyen a esa decisión la causa de la debacle electoral que tuvo su formación en noviembre de ese mismo año. Pienso que no es cierto. Sánchez no estaba dispuesto a cambiar de rumbo y, además, pocos serían en las filas de los votantes de Ciudadanos los que habrían deseado una alianza con el PSOE. La prueba más clara radica en que del ingente número de votos que huyeron de la formación naranja en los comicios siguientes solo muy pocos se dirigieron al PSOE o a Podemos, puesto que estas dos formaciones perdieron en conjunto un millón de votos (10 escaños). Lo más previsible es que se orientasen al PP, buscando el voto útil, con la finalidad de echar a Sánchez de la Moncloa.

Desde aquí es fácil entender la hecatombe que se ha desatado en Ciudadanos con el giro radical dado por la actual dirección. No se trata de izquierdas o derechas, de socialdemocracia o liberalismo, ni de partido bisagra, sino que el sanchismo y el Gobierno Frankenstein constituyen la antítesis de todo aquello cuya defensa originó la creación de Ciudadanos. El sanchismo no es que se oponga a una parte del programa de Ciudadanos, es que ataca su propia razón de ser y el motivo de su nacimiento.

Por más que Arrimadas y Edmundo Bal se esforzaran por afirmar que lo hacían por el bien de los españoles, muchos cargos y militantes de Ciudadanos no pudieron por menos que contemplar con suspicacia y preocupación los coqueteos de su formación política con el sanchismo, tanto durante el estado de alarma como en la aprobación de los presupuestos y, más aún, teniendo en cuenta que Pedro Sánchez les tomó el pelo en ambas ocasiones. Pero lógicamente la estampida se ha producido al descubrirse el acuerdo más o menos secreto entre ambas direcciones para presentar mociones de censura en connivencia con Podemos en algunas comunidades y ayuntamientos.

Como ya se ha dicho, Ciudadanos no es un partido al uso. El sentimiento identitario, y por lo tanto la cohesión, es inferior al de otras formaciones políticas, y sus cuadros y afiliados no presentan una adhesión tan incondicional. Es más, para muchos de ellos la razón de ser de su pertenencia reside precisamente en su rechazo a todo ímpetu identitario, especialmente el del soberanismo.

El sanchismo, por el contrario, se encuentra al otro lado. Se asienta, debe el gobierno y está condicionado por el nacionalismo (incluso los golpistas) y los regionalistas identitarios de todo tipo. Además, el PSOE de Sánchez se ha configurado no alrededor de ideas, sino mediante un sectarismo corporativo, en el que no caben las divisiones ni las opiniones discrepantes. Es absurdo pensar que, en los momentos actuales, el partido de Murcia, de Castilla y León o de Madrid, incluso el de Castilla-La Mancha o el de Extremadura, son algo distinto o pueden defender algo diferente de los que les marca  Moncloa. A lo más que se llega es a establecer el juego de policía bueno y policía malo, que como se sabe siempre es un juego mentiroso y falsario, creado únicamente para engañar al personal. El sanchismo es monolítico, no hay versos sueltos a pesar de lo que pregone Ángel Gabilondo.

Quizás la mejor forma de explicar el sentimiento de muchos de los militantes de Ciudadanos, la postura de los discrepantes y las bajas que se han producido, es considerar las manifestaciones de la senadora navarra Ruth Goñi, que concurrió a las elecciones por Navarra Suma, coalición de UPN, Ciudadanos y PP. Según sus palabras, el abrazo al sanchismo contradice la esencia misma de Ciudadanos. Ha citado la política que está siguiendo el PSOE de Pedro Sánchez en Navarra. Lo opuesto a lo que defendió ella en las elecciones. Es la dirección de Ciudadanos la que ha girado y a la que habría que llamar tránsfuga. "No puedo entregar mi acta de senadora, añade, porque el escaño serviría desde ya para apuntalar a Sánchez. No nos presentamos a las elecciones bajo esa promesa".

Nunca he entendido muy bien eso del transfuguismo. No tiene fundamento legal. Me ha parecido casi siempre una artimaña de los aparatos de los partidos para mantener prietas las filas y defenderse de la contestación interna. En muchos casos, los verdaderos tránsfugas son las cúpulas de las formaciones políticas que traicionan las ideas. Es profundamente paradójico escuchar a Margarita Robles hablando de tránsfugas. ¿Acaso no recuerda que ella fue uno de los quince parlamentarios del PSOE que rompió la disciplina de su grupo, votando en contra de la investidura de Rajoy? Y resulta también extravagante oírla ahora ensalzar la coherencia, cuando según parece fue la muñidora de la moción de censura en connivencia con alguno de sus contactos en la judicatura. ¿Ha habido algún transfuguismo mayor que el del secretario general del PSOE llegando al gobierno con el apoyo de los golpistas y de los herederos de ETA? ¿Y qué decir de esa perla de coherencia de la vicepresidenta Calvo cuando diferenció las afirmaciones de Sánchez según fuese o no presidente del gobierno?

Desde la Transición, las migraciones  de militantes y cuadros del partido comunista y de IU al PSOE han sido permanentes. Quizás lo más llamativo consistió en la incorporación de Nueva Izquierda, acontecimiento bastante obsceno, no por el hecho del cambio de formación política, sino por actuar durante meses en IU de caballo de Troya del PSOE.