Ante la muerte de mi amigo Julio Anguita

En varias ocasiones me había desplazado a Córdoba invitado por Julio a dar una conferencia. Pero últimamente me venía insistiendo en que tenía que ir simplemente a pasar un rato juntos y a charlar. Por fin lo hice con Victor Ríos en febrero, unos días antes del confinamiento. Nos despedimos con un fuerte abrazo y el propósito de repetir el encuentro más adelante en Barcelona y en Madrid. Ya no podrá ser. Julio ha muerto. No quiero hacer un obituario al uso. Pienso que lo mejor es que transcriba las palabras que le dediqué el 30 de noviembre de 1998 con motivo de la presentación de su conferencia en el Club Siglo XXI.

“Buenas noches. Mis primeras palabras deben orientarse forzosamente a señalar el carácter paradójico de mi intervención. ¿Cómo voy a presentar yo a Julio Anguita? Mas bien la lógica indicaría que es él quien debería presentarme a mi. Julio Anguita, para mal de algunos y bien de muchos, es de sobra conocido y no precisa presentación.

Permítanme, por tanto, que no realice una presentación clásica, a todas luces superflua, y que mi intervención se centre en un solo acontecimiento, acontecimiento que estoy seguro de que modificó radicalmente su vida, pero que, según creo, ha modificado también de cierta manera la historia reciente de nuestro país. Me refiero a su designación como coordinador de Izquierda Unida, que le obligó a abandonar esa ciudad (Córdoba) de la que siempre se ha sentido enamorado −aún se le iluminan los ojos cuando habla de ella−, y adentrarse en los meandros tortuosos de la política, con mayúsculas, de esta villa y corte.

Y permítanme que lo haga recurriendo a la literatura, a una obra de Anouilh, “Thomas Becket o el honor de Dios”. No, no teman, la comparación no tiene por objeto lo de la santidad. Está fuera de lugar y no creo que sea una comparación adecuada.

No me interesa el personaje histórico, sino el literario, el existencial, tal como Anouilh lo describe. Becket, el Becket de la obra de teatro, se resiste a su candidatura como primado de la Iglesia de Inglaterra. Presiente que esa designación va a trastocar su vida y que las cosas nunca serán ya iguales.

Es el rey de Inglaterra, Enrique II Plantagenet, el que planifica y se empecina en su elección. En realidad diseña una mascarada, supone que colocando a su canciller como primado de la Iglesia de Inglaterra sometería esta a sus designios. Cree que el nuevo arzobispo de Canterbury, amigo y cómplice de juergas, subordinaría los intereses de la cruz a los de la espada.

Pero las cosas a veces se complican. Becket no estaba dispuesto a aceptar el papel de comparsa que se le había asignado. Si al comienzo siente pavor ante el nombramiento y por eso lo rehuye, es porque tiene la convicción de que el nuevo cargo va a encadenarle a una responsabilidad difícil de eludir. Lo que Anouilh llama “el honor de Dios”. Que es simple y llanamente ser honesto consigo mismo. No hacer trampa, en el lenguaje de los existencialistas. Becket sabía que iba a estar obligado a decir “no”.

Bien sabemos todos lo mucho que Anguita se resistió a su nombramiento. En esta ocasión no hubo un rey, pero sí un grupo de barones que tenían diseñado el camino a recorrer. Izquierda Unida debería caminar hacia la modernidad, hacia la moderación, hacia lo políticamente correcto; buscaron alguien que por una parte tuviese tirón electoral, gancho popular y que al mismo tiempo fuese manejable, instrumento dócil en sus manos. Nada mejor que alguien de provincias, desconocedor de los intríngulis y artificios de la Corte, y, por lo tanto, fácilmente manipulable, adaptable a sus designios.

Ahora que en Europa se ha puesto de moda lo de la tercera vía, deberíamos recordar que nuestro país ha sido pionero en la materia. La izquierda española estuvo presta a acomodarse a las exigencias del pragmatismo. Gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones. El mérito de Julio Anguita ha consistido en haber sabido decir “no”. En entender que había una raya que no era lícito traspasar; que más allá la izquierda dejaba de ser izquierda. Se perdía la identidad aunque se mantuviese el nombre. Un simple problema de dignidad.

Los personajes de Anouilh (Becket, Antígona o la Juana de Arco de La Alondra) tienen todos algo en común. En primer lugar están predestinados a decir que no. A oponerse. Pueden parecer fanáticos pero nada más lejos de la realidad, en el fondo están llenos de dudas e incertidumbres. Aunque eso sí, son conscientes de su destino, de que, si quieren ser fieles a sí mismos, si no quieren perder el honor, no tienen más remedio que decir “no”. Lo hacen con naturalidad, con cierta sencillez, pero es esa misma sencillez y naturalidad la que en un mundo en el que todos están dispuestos a ceder, les hace parecer tercos y cerriles.

A Julio Anguita, en una campaña bien orquestada de desprestigio, se le ha identificado con el dogmatismo y la intransigencia. Quien haya tratado con él personalmente conoce de sobra la diferencia que existe entre el Anguita real: tímido, reflexivo y negociador −casi un poco gitano a la hora de aunar voluntades y tendencias−, enemigo de las divisiones y las contiendas, consciente de la complejidad de la realidad, y por lo mismo contrario al fanatismo de cualquier ideología cerrada, y el Anguita que nos presentan los medios de comunicación y las elites dominantes.

Como buen cordobés, heredero de varias culturas, sabe de los resultados nefastos que acarrea todo intento por parte de una de aplastar a las demás. De su talante dialogante dan buena prueba sus muchos años en la alcaldía de Córdoba. Eran los tiempos en que los enemigos acérrimos del PC, para explicar cómo un comunista podía ganar reiteradamente la alcaldía de una ciudad como Córdoba, afirmaban que Anguita era otra cosa. De su carácter dialogante son buena prueba también estos años al frente de la dirección de Izquierda Unida. El que verdaderamente conozca desde dentro lo ocurrido y no se haya dejado intoxicar por el mensaje interesado de determinados estamentos sabe que ninguna fuerza política hubiera permitido y aguantado durante tanto tiempo lo que ha soportado la dirección de IU. Un torpedo bajo su línea de flotación, una quinta columna trabajando para otra formación política.

Pero ello no es incompatible con la firmeza para defender las propias convicciones. Llegado cierto límite hay una frontera que no se puede cruzar, aquella en la que como los héroes de Anouilh se está obligado a decir “no”. Simplemente porque el capricho del destino lo ha colocado a uno ahí, no queda otro remedio, con sencillez con naturalidad. Anguita ha sabido entender que llegado a ese punto, ceder es entregarse y traicionar lo que en este país queda de izquierda, e incluso cerrar toda posibilidad a que exista en el futuro. En una sociedad en la que prácticamente todo el mundo está dispuesto a venderse por un plato de lentejas, en la que es tan fuerte la tentación de respetabilidad, de ser tenido por moderno, de recibir el aplauso social, aplauso que administran lógicamente las fuerzas dominantes, Anguita comprende que le ha tocado decir “no”, porque en ese “no” se juega la identidad de la izquierda, el honor de la izquierda.

Los héroes de Anouilh tienen una segunda cosa en común: la soledad. Están condenados a ella. Es el precio que hay que pagar por osar decir no. Yo me temo que Julio sabe también mucho de soledad. Que a lo largo de estos años ha sentido su zarpazo. Soledad, supongo, sentida cuando tuvo que enfrentarse precisamente a aquellos que le habían traído a Madrid, y que comenzaron a combatirle tan pronto como se sintieron decepcionados al comprobar que no se conformaba con ser una marioneta en sus manos, que no aceptaba seguir el camino que ellos habían diseñado. Soledad, al oponerse a todos los intereses desatados para que Izquierda Unida cediese y se adaptase y se acoplase a ese nuevo discurso, que de izquierdas solo tiene el nombre y que en el fondo no es más que neoliberalismo disfrazado. Soledad, al desencadenarse la mayor campaña de desprestigio, burla y ridiculización que haya sufrido un político.

Y no es que a Anguita le falten amigos, que no tenga colaboradores e incluso adeptos. Es patente su capacidad de convocatoria. Pero, a la hora de la verdad, sabe muy bien que es a él al que le ha tocado estar situado ahí, y que nadie puede hacer por él lo que a él le ha tocado hacer. Se suele afirmar que todos nacemos solos, y morimos solos. Decir “no” es morir un poco. Y por lo tanto, todos cuando nos toca decir no lo hacemos en total soledad.

Estoy seguro de que el contacto con la gente ha llenado a Anguita de humanidad, pero ha sido en la soledad donde se ha curtido, se ha endurecido y se ha hecho el político que hoy es.

Por último, hay una tercera característica común en los personajes de las tragedias de Anouilh. Su debilidad, su aparente fracaso. En una primera impresión superficial, todos pierden. Becket es asesinado por los barones del rey; Juana de Arco condenada a la hoguera por un tribunal eclesiástico; Antígona mandada ejecutar por su tío Creonte. No es que yo crea que Julio Anguita va a terminar así, aunque quizás a  algunos les encantaría. Estos finales son naturalmente artificios dramáticos y poéticos, pero que descubren el mensaje que Anouilh intenta transmitirnos, porque ninguna de las obras termina ahí, todas tienen una escena más en la que se muestra que el esfuerzo no ha sido en balde y que la rebeldía de los protagonistas ha dado su fruto. La derrota termina trocándose en victoria.

Esa es, a mi entender, la verdadera enseñanza de todas estas tragedias: que el poder no está únicamente en los estamentos y en las instituciones; que hay un poder real efectivo en la rebeldía, en la oposición, en la negativa a claudicar y que, aunque aparentemente no se vea, antes o después termina siendo eficaz.

Ante un mundo político que mantiene un concepto unívoco de eficacia, el de estar en el gobierno, hay que reivindicar la fuerza que deriva de la oposición, de la contestación. Ante una izquierda que con tal de integrarse en los ámbitos de poder está dispuesta muchas veces a renunciar a sus valores y principios, hay que proclamar la supremacía de la negación.

El triunfo más inmediato de IU, y por lo tanto de Julio Anguita, es simplemente estar ahí, con sus defectos, lacras y carencias, pero como contrapunto y contrapeso a una tendencia que conduce irremisiblemente a la desaparición de la izquierda.

Esta noche, Anguita, vuelve a estar aquí entre nosotros en este Club Siglo XXI, retorna, estoy seguro, para decir “no” a muchas cosas, para defender una vez más el honor de la izquierda, ese es su mejor título de presentación. No necesita otro. “

Julio Anguita ya no se encuentra entre nosotros pero nos queda su legado.

Y quizás su evocación para gritar con Miguel Hernández.

“A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero

que tenemos que hablar de muchas cosas

compañero del alma, compañero”.