Los presupuestos y el nuevo Gobierno

¡Vae victis!, ¡Ay de los vencidos!, clamó el jefe galo después de haber sitiado y vencido a la ciudad de Roma o, visto desde la otra orilla, “La historia la escriben los vencedores”, afirmó Orwell en 1944. Viene esto a cuento del giro de 180 grados practicado por los altavoces mediáticos, articulistas, comentaristas y tertulianos. Todos son alabanzas y loas a Pedro Sánchez y al nuevo Gobierno, lo que contrasta de forma radical con lo que se decía antes de la moción de censura. Ahora que somos tan proclives a resucitar los tuits o a tirar de hemeroteca, muchos se sonrojarían si comparásemos sus opiniones de ahora con las de antaño, especialmente con las de hace dos años, ante el intento abortado de Pedro Sánchez de formar un Gobierno Frankenstein. Es evidente que en política el éxito lo tapa todo y el fin justifica los medios. A pesar de ello, extraña el uso tan desmedido del botafumeiro, alabando todos y cada uno de los nombramientos realizados.

Se ha dicho que la formación de este Gobierno está llena de simbolismo y de guiños. Los guiños pueden ser tics nerviosos y, además, suelen desfigurar la cara y afean; y los símbolos remiten a lo simbolizado, pero nunca pueden sustituirlo y me temo que aquí todo quede en los símbolos, en gestos, en publicidad y propaganda. Ser Ministro para que lo identifiquen a uno con un guiño resulta, como poco, humillante. Se afirma que es un Gobierno feminista, lo que no sé si es bueno o es malo. Sería bueno si lo de las once mujeres y los seis hombres hubiera surgido de forma natural al escoger a los más capacitados, pero cuando uno se jacta de formar un Gobierno feminista hay que pensar que esa proporción o desproporción se ha hecho a propósito, que se ha buscado expresamente (y cabría añadir que con una finalidad electoral), con lo que ya no se sabe si cada una de las once mujeres está ahí por sus méritos o por el hecho de ser mujer, y resulta inevitable preguntarse si con los mismos méritos pero siendo hombres hubiesen sido designados.

Se afirma también que es un gobierno muy sólido. Yo lo veo un poco folclórico, con astronauta, farándula y cese incorporados, un gobierno zapateril, con parecidas ocurrencias. Dios nos libre de que repita los mismos errores; parece que hay uno al menos que Sánchez no ha cometido, que es el de pretender ganarse el voto de la juventud nombrando ministro a una criaturita que se encontrase al comienzo de su carrera. La edad media de este Gobierno debe ser considerablemente superior, lo que al menos permite que, al margen de cualquier otra consideración, la mayoría de los nombrados tengan experiencia en cargos públicos.

Lo que tampoco comparto es que sea un gobierno más técnico que político. Salvo algunas excepciones, todos los currícula vitae, mejores o peores, remiten en su gran mayoría a cargos y puestos políticos. No es de extrañar ni puede ser de otra forma cuando la actividad política se ha convertido en una profesión y no de las mejores ni de las más apetecibles, pero los que se dedican a ella lo hacen desde muy temprana edad, en el mejor de los casos nada más terminar la carrera. No sé si es malo o bueno, pero es un hecho que invalida ese discurso tan extendido de reclamarse técnico, incluso algunos llegan a autodenominarse apolíticos.

En este sentido, cuando se trata de currículos políticos no resulta fácil valorarlos. Pienso en todo caso que en esta ocasión más bien se encuentran dentro de la media, al margen de esa excelencia con que los han calificado algunos medios. Veremos los resultados cuando pasemos de las musas al teatro. Quizás haya que detenerse en los títulos que ostenta la recién nombrada ministra de Hacienda: licenciada en medicina y cirugía y con un máster (hoy en día todo el mundo tiene un máster) en gestión hospitalaria, que no parecen los más adecuados para regir el ministerio de Hacienda, aun cuando haya elaborado varios años el presupuesto en la Junta de Andalucía. Ni siquiera posee un gran ascendiente político dentro del PSOE que pudiera compensar el déficit anterior. Pero, con todo, lo más grave es que se ha traído de Andalucía a las Secretarias de Estado y a la Subsecretaria, con lo que van a llenar el Ministerio de técnicos de gestión hospitalaria o de diplomados laborales, y van a caer como astronautas en sus nuevos destinos. Está visto que este Gobierno va a ser el de los astronautas, y no precisamente por Duque. Pobres de los funcionarios a los que les toque enseñarles.

Y es que tal vez quien ha diseñado el Gobierno no es consciente de la relevancia de cada uno de los departamentos ministeriales, y ha infravalorado claramente el de Hacienda, cuando será seguramente más importante incluso que el de Economía, ya que de su buen funcionamiento va a depender en gran medida el fracaso o el éxito del Gobierno. Sin embargo, Pedro Sánchez se ha empeñado, siguiendo los pasos de Zapatero o los consejos de ese asesor áulico que se ha agenciado y que tampoco debe saber nada de la Administración, en recuperar Ministerios sin apenas contenido. Una cosa es la relevancia y la dedicación que el Gobierno quiera dar a ciertas materias y otra que para ello haya que hacer guiños creando Ministerios que se encontrarán, como ocurrió en la época de Zapatero con los de Igualdad y de Cultura, sin apenas contenido, y convertidos en poco más que algunas direcciones generales. Incluso los de Educación, Sanidad, Agricultura, etc., Ministerios cuyas competencias en buena medida están transferidas a las Autonomías, no deberían desde luego desaparecer, pero sí podrían muy bien estar subsumidos en otros.

Mención especial merece el Ministerio de Igualdad por el grado de demagogia que siempre comporta y el mucho oportunismo electoral que conlleva. Digamos antes de nada que hace referencia tan solo a la lucha contra un tipo de discriminación, la de género, que sin duda puede ser importante, pero no más que la desigualdad entre clases y estratos sociales. Pero es que, además, la trascendencia de una idea o de un objetivo no se mide por la creación de un Ministerio, sino porque informa toda la acción política. Se dice que cuando no se sabe o no se quiere resolver un problema se crea una comisión al efecto; algunos crean ministerios. La libertad, la igualdad, la democracia, pueden ser principios fundamentales e ideas fuerza de un Estado, pero por eso mismo deben estar presentes en todas las actuaciones de los poderes públicos sin necesidad de crear un Ministerio de la libertad o de la democracia.

En fin, con tantos guiños, gesticulaciones y marketing los Ministerios han pasado de trece a diecisiete. Y no es esto lo más preocupante, sino que toda la Administración se ha barajado como si se tratase de un paquete de naipes, sin considerar la parálisis administrativa que durante largo tiempo comportará y el dinero que se dilapidará inútilmente. El 24 de noviembre de 2011, con motivo del relevo del Ejecutivo de Zapatero por el de Rajoy, escribí en este mismo diario digital un artículo titulado “Ante un nuevo Gobierno”. Me refería en él (hace más de seis años) a la tentación que acecha a los políticos, cuando comienzan a gobernar, de cambiar toda la organización administrativa sin reparar en los costes de tiempo y de dinero que conlleva. Aun a riesgo de ser tildado de prolijo no me resisto a reproducir algunos de los párrafos que entonces escribí, porque pienso que vienen como anillo al dedo en esta ocasión:

“… los políticos parecen no ser conscientes -o no quieren serlo- del despilfarro e ineficacias que se producen con las modificaciones administrativas bien se trate de fusiones, bien de divisiones de Ministerios, y no digamos si se barajan múltiples áreas administrativas, y las direcciones generales que estaban en un departamento aparecen en otros o se cambian las competencias. En primer lugar, el derroche es inmenso en tiempo. Si todo cambio de Gobierno conlleva una cierta parálisis de la Administración durante un lapso temporal, este se multiplica por diez o por veinte si además del titular del departamento y los lógicos cambios de altos cargos, se remodela también toda la estructura administrativa. Hay, por ejemplo, que corregir todas las órdenes de competencia, así como las estructuras presupuestarias y contables, lo que coherentemente implica una dilación -en el mejor de los casos- en la tramitación de los expedientes. Hay un proceso bastante largo hasta que la nueva estructura se asienta y la organización recupera su marcha de crucero.

Los caprichos o las ocurrencias de cada nuevo Gobierno, dividiendo, juntando, troceando o pegando unidades administrativas, suelen salir carísimas. Se precisa cambiar todos los rótulos de los edificios, los membretes de oficios y resto de papelería. Deben revisarse un sinfín de contratos administrativos de servicios al incidir sobre unidades que se han transformado en otras. Se precisarán, con lo que ello supone, mudanzas y traslados de despachos y de edificios. Desde el punto de vista económico, especial gravedad tienen las modificaciones en los sistemas informáticos, ya que elevadas inversiones quedarán obsoletas con la nueva estructura y habrán de ser sustituidas por otras.

Todas estas modificaciones originan un alto coste en lo económico, pero también en el funcionamiento de los servicios porque resulta inevitable que durante bastante tiempo se produzcan cierta desorganización y desconcierto. Valga la anécdota que me contaba un alto cargo de Hacienda: cuando con Pedro Solbes se volvieron a unir los ministerios de Hacienda y de Economía, que se habían separado cuatro años antes en la segunda legislatura de Aznar, los subsecretarios de ambos departamentos aún estaban discutiendo por los despachos. Este tipo de reorganizaciones administrativas suelen constituir tan solo operaciones escaparate, pero lejos de ahorrar dinero al presupuesto incrementan el gasto y difícilmente pueden fundamentarse en la austeridad…”.

Si esto es verdad en todo nuevo Gobierno, al que en principio se le supone una permanencia de al menos cuatro años, qué decir en el caso del que se acaba de constituir que es parlamentariamente endeble y con un claro carácter provisional, orientado a convocar de forma más o menos inmediata nuevas elecciones. La cosa no tiene demasiado sentido a no ser que todo él sea tan solo una operación de marketing, en la que poco importan los resultados, y por tanto la pérdida de tiempo, en el convencimiento de que no se va a poder realizar nada y solo interesan los anuncios, los gestos, los guiños, las poses y la venta de la mercancía, orientado todo ello a obtener mejores resultados en las próximas elecciones.

El pasado 7 de junio todos los medios de comunicación prestaron una gran atención a los decretos de nombramientos de Ministros que aparecían en el BOE, pero pocos, más bien ninguno, reparó en el real decreto que los precedía por el que se ponía patas arriba toda la Administración sometiéndola a una especie de caleidoscopio. El simple hecho de que casi todos los Ministerios hayan cambiado de nombre implica ya un derroche en rótulos de edificios, en impresos, en oficios, en papelería en general y en modificaciones de programas informáticos.

El real decreto, como es normal en todos estos casos debido a la urgencia, solo concreta hasta el nivel de secretarías de Estado, quedando el resto de la organización administrativa a la espera de un desarrollo posterior de cada ministerio que en unos más y en otros menos, pero en todos se dilatará considerablemente (en Cultura y en Igualdad quizás no, porque tienen poco que desarrollar) y mientras tanto casi toda la Administración, en buena medida en el limbo.

Lo más interesante de este decreto es la disposición final cuarta que literalmente dice así: “El Ministerio de Hacienda realizará las modificaciones presupuestarias necesarias para dar cumplimiento a lo previsto en este real decreto”. Ahí es nada. Se trata de cambiar todo el presupuesto -que a estas alturas aún no se ha aprobado, y que por el camino que va no estará operativo ni al final del ejercicio. Presupuesto que tanto el PSOE como Podemos no quisieron ni negociar y que ahora por imperativo del PNV se van a comer con patatas (Rajoy dixit); eso sí, aderezado de otra manera. Los mismos caballos pero con distintos arreos. Claro que, a lo mejor, a este Gobierno solo le interesan los arreos. Cosas del marketing político.

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