Falacias en los discursos políticos

Es una triste realidad que en la mayoría de los casos el discurso de los políticos se haya vaciado de contenido. De hecho, resulta huero, artificioso y carente de toda credibilidad en casi todas las materias. Pero el tema adquiere una gravedad mayor cuando atenta al propio sistema democrático, utilizando sofismas y falacias. Construir una concepción falaz y mentirosa de la democracia para escudarse en ella como pretexto y coartada para incumplir la legalidad y malversar fondos públicos, tal como hacen los independentistas catalanes, es adentrarse en el caos y en la dictadura.

Hoy va ganando terreno el caudillismo como doctrina política que, para justificarse recurre al asambleísmo. En la derecha y entre los liberales ha surgido una admiración por los sistemas presidencialistas mayoritarios que, si bien facilitan la gobernabilidad, consolidan el bipartidismo y tienden a la autarquía. Un Trump  habría sido difícilmente imaginable en un sistema parlamentario. Por otro lado, las fuerzas que se titulan progresistas y defensoras de lo que ellas mismas denominan “nueva política” han hecho de las primarias bandera y garantía de la democracia interna de los partidos, hasta el extremo de que en algunos casos no solo las practican y las incorporan a sus estatutos, sino que pretenden imponerlas a todas las formaciones políticas.

El discurso choca con la realidad y con los resultados obtenidos. Recientemente se han celebrado primarias en Ciudadanos, formación que las defiende ardorosamente, pero lo cierto es que  estas han devenido más bien en una pantomima. Dos hombres de paja para que Rivera no fuese el único candidato. Que el actual líder salga elegido de nuevo presidente no tiene nada de extraño al ser Ciudadanos un partido de autor, pero lo peligroso es que lo sea por primarias.  En primer lugar, porque así se le pretende revestir de un plus de legitimidad del que carece y, en segundo lugar, porque le dota de un poder cuasi absoluto al ser él quien nombra a todos los miembros de la Ejecutiva y a casi todos los miembros del  Consejo general. La designación de arriba abajo origina que los órganos intermedios de gobierno acaben siendo una mera prolongación del presidente. La situación sería totalmente distinta si el procedimiento de elección fuese de abajo arriba. Resultó todo un espectáculo el acto de la presentación de la nueva Ejecutiva, antes de la celebración del congreso nacional; Rivera quiso dejar muy claro que era su dedo el que había señalado uno por uno a todos sus miembros.

La reaparición de Pedro Sánchez, por su parte, ha situado de nuevo en el tablero político toda una serie de falacias y sofismas que a fuerza de haber sido repetidas machaconamente van tomando carta de naturaleza y se van aceptando como verdades incontrovertibles. Así se repite por doquier en la prensa que la militancia está con Pedro Sánchez, sin que exista ninguna prueba que lo certifique. Pedro Sánchez emerge como el líder de las bases en contraposición a los llamados barones, que representarían al aparato. Tan es así que el ex secretario general del PSOE parece que se lo ha llegado a creer o al menos pretende que lo creamos los demás, y de esta manera se exhibe en los mítines con todo el desparpajo.

La realidad es muy otra. Porque si Pedro Sánchez podía sentirse representante de los militantes por haber ganado las primarias, los líderes regionales y el resto de los miembros del Comité federal fueron designados por procedimientos no menos democráticos, que se apoyaban en última instancia en la elección de las bases. Es más, resulta muy discutible que Pedro Sánchez -en aquel momento bastante desconocido entre la militancia- hubiera ganado las primarias si no hubiera sido por el apoyo de algunos de los prohombres del partido.

La historia tiene una lectura diferente. No se trata del enfrentamiento entre las bases y el aparato, tal como aun ahora se quiere presentar, sino entre un órgano unipersonal (el secretario general) y otro colectivo (el Comité federal); y la resistencia del primero, engreído con la idea de haber ganado las primarias, a reconocer las competencias del segundo. La militancia para Pedro Sánchez ha sido tan solo una coartada con la que librarse del corsé de un órgano colegiado, el Comité federal, supremo órgano entre congresos, al que estaba obligado a someterse y condicionar sus decisiones en múltiples asuntos.

Aun es menos veraz esa imagen que el ex secretario general del PSOE intenta proyectar de sí mismo como defensor de la izquierda frente a una gestora y unos barones territoriales vendidos a la derecha. En realidad, Pedro Sánchez, tras su fracaso electoral del 20 de diciembre de 2015, tuvo un solo objetivo: mantenerse en el cargo, y sabía que ello solo era posible si alcanzaba la Moncloa, operación ciertamente difícil, podríamos decir que casi imposible, si tenemos en cuenta los resultados en los comicios. Pero a su consecución dedicó todos sus esfuerzos y con esa finalidad estaba dispuesto a pactar, exceptuando al PP, con cualquier formación política, incluyendo los independentistas catalanes. La razón de excluir al Partido Popular no radicaba en una razón ideológica, como quiere hacer creer a sus militantes, sino que, dados los mejores resultados del PP, ese posible pacto le excluía a él de la presidencia del Gobierno. La prueba más palpable de que en este afán no le importaba suscribir políticas de derechas es el pacto que acordó con Ciudadanos en una línea bastante conservadora, y que incluso estaba dispuesto a pactar con Convergencia, el partido más conservador del espectro político.

Parece lógico que en esta dinámica el secretario general del PSOE comenzase a tener problemas con los líderes territoriales, especialmente con aquellos que tenían responsabilidades de gobierno en sus respectivas Comunidades. Con el objetivo de eludir el posible veto del Comité federal se sacó de la manga, al margen de toda previsión estatutaria, una consulta a la militancia en términos tan amplios y vagos que pasará a la historia como claro ejemplo de manipulación populista. A pesar de todos los esfuerzos, la operación no pudo llegar a buen puerto al ser imposible casar a Podemos con Ciudadanos.

Tras el 26-J y el acrecentamiento del deterioro electoral del PSOE, Sánchez no abandonó su objetivo, aun cuando se vio obligado a  abordarlo con más cautela y sigilo, al haberse ampliado todavía más la dificultad de conseguirlo y no poder contar ya con Ciudadanos, a tenor de los nuevos resultados electorales. La única vía era el pacto con Podemos y con todas las fuerzas nacionalistas incluyendo los insurgentes catalanes, lo que, resultaba patente, sería radicalmente vetado por el Comité federal. De ahí que de nuevo, como todo buen autócrata, dirigió la mirada a la militancia no por motivos democráticos, sino por todo lo contrario, como argucia para librarse de la prohibición más que probable del supremo órgano entre congresos.

Su devoción por la militancia se reducía tan solo a la necesidad de salir del atolladero en el que se había metido al negociar un pacto con independentistas que el Comité federal había prohibido. Esa es la razón por la que contraviniendo lo que hasta ese momento había defendido, pretendió convocar de inmediato y sin que se hubiese solucionado la investidura a la presidencia de gobierno, un nuevo congreso y unas nuevas primarias que le revalidasen, al ser imposible que, debido a los plazos, se pudiese presentar otro candidato. Con la autoridad que supuestamente le daría haber sido ratificado en el cargo, pensaba conseguir en el congreso el aval a ese pacto que su antecesor había denominado Frankenstein. Esta operación fue la que desmontó el Comité federal forzando la dimisión del secretario general. Algunos comentaristas han tildado la reacción de los dirigentes territoriales de golpe de estado, pero el verdadero golpe de estado fue el que pretendió Pedro Sánchez convocando unas primarias relámpago para sacudirse el yugo del Comité federal.

El discurso con el que ahora reaparece es tan solo otro conjunto de sofismas. Ni él es el candidato de la militancia ni representa a la izquierda. Mientras estuvo de secretario general no tuvo ningún  reparo en oponerse a lo que habían decidido los militantes, interviniendo discrecionalmente en las agrupaciones regionales, incluso disolviendo ejecutivas y nombrando y manteniendo gestoras a su voluntad y conveniencia.

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