Política o épica

Distingue Ortega en su obra “Mirabeau o el político” entre la filosofía y la política. Una cosa, dice, es hacer filosofía y otra, hacer política. No estaría de más distinguir también entre la épica y la política. La épica se asienta en las frases grandilocuentes, en los principios inamovibles, en las ocasiones excepcionales, en las posturas heroicas. La política es más para andar por casa; como tantas veces se ha dicho, es el arte de lo posible. Confundir ambas realidades suele traer malas consecuencias.

La grave situación por la que atraviesa en los últimos meses el partido socialista tiene su origen en que ha tenido un secretario general que, seguramente por sus propios intereses, ha querido transformar la política en épica. Con unos resultados electorales más bien mediocres, por no decir malos, no ha querido aceptar que las circunstancias le dejaban un estrecho margen de actuación y que era dentro de esos límites donde tenía por fuerza que realizar sus planteamientos y obtener las mayores contrapartidas posibles, sin que hubiera lugar para la épica.

Que los resultados electorales cosechados por el PSOE durante el periodo en que Pedro Sánchez ha estado al frente de la organización han sido más bien malos resulta difícil de negar, por más que alguno entre los seguidores de Iceta, bajo el pretexto de ser un hombre de ciencia, haya hecho juegos malabares con los datos para intentar demostrar la sinrazón de aquellos que los han considerados funestos, argumentando que la verdadera pérdida de votos se produjo antes, en tiempos de Rubalcaba. Lo cual en parte es cierto, pero los datos tomados aisladamente no son nada si no se interpretan y las interpretaciones no tienen por qué tenerse como simple retórica, también pueden ser autentico conocimiento de la realidad. Rubalcaba cosechó tan solo lo que Zapatero desde el gobierno había sembrado, enfrentado con la crisis que le estalló entre las manos y las dificultades que le presentaba la pertenencia a la Unión Monetaria. Pedro Sánchez no ha padecido el desgaste de gobernar en unas circunstancias económicas parecidas; más bien al contrario, no ha sabido aprovecharse del deterioro sufrido por el PP en su acción de gobierno. Si siempre el mal de muchos es consuelo de tontos, con más motivo cuando la situación es diferente. A Pedro Sánchez se le exigía remontar aunque fuese mínimamente el bajo nivel en el que había quedado el suelo electoral del partido socialista en la etapa de Rubalcaba, y no perforarlo hacia abajo. En todo caso, de hacerlo -como así ha ocurrido- lo lógico sería que hubiera dimitido tal como hizo Rubalcaba.

Paradójicamente, a pesar de los desastrosos resultados obtenidos, las elecciones generales habían dejado al PSOE en un lugar estratégico y privilegiado. La exigua victoria del PP situaba a este, con la posibilidad de gobernar, sí, pero con una exagerada debilidad y en fuerte dependencia de los partidos de la oposición, que tendrían un gran poder para impedir todas las medidas que no deseasen y para imponer al PP algunas de las reformas que considerasen necesario implementar. Todo ello sin el desgaste de gobernar y sin estar sometidos a las presiones de las autoridades europeas.

La política indicaba que la mejor alternativa para el partido socialista, y me atrevo a decir que para toda la izquierda, sería facilitar el gobierno del PP, imponiendo las condiciones que creyesen convenientes y realizando una oposición eficaz. Pedro Sánchez, sin embargo, por motivos claramente personales, (los de mantenerse en la secretaría del partido a pesar de la derrota y de creer incluso, en su megalomanía, que podía llegar a presidente de gobierno) abandonó la política y optó por la épica. Levantó el estandarte del “no es no” e hizo cuestión de principio el que Rajoy no ascendiese al poder con la abstención del PSOE, aun cuando la alternativa fuese más perjudicial para esta formación que para el PP. En realidad, el objetivo, tanto para él como para sus seguidores, no era impedir que gobernase Rajoy, puesto que propiciaban y jaleaban que pactase con los nacionalistas e independentistas. Lo único que realmente les importaba es que el PSOE no se manchase las manos. Antes morir que pecar. Convirtieron el problema político no solo en una postura épica sino también estética.

Si esta postura podía tener alguna justificación tras el 20 de diciembre, se convertía en demencial tras el 26 de junio, en que las otras alternativas se habían cerrado por completo. Contra la racionalidad, como todo discurso, se continúo agitando con suma virulencia el “no es no”, discurso que después de tantos meses de alzarlo como único estandarte fue calando en la mayoría de la militancia hasta el punto de convertir el sí en una especie de traición a las esencias del partido y de hacer imposible en consecuencia que cualquier dirigente defendiese abiertamente la abstención si no quería pagar un alto coste político y ser tildado de renegado y derechista. Se ha hablado al sentimiento, a la emotividad, a las pulsiones de los militantes y no a su razón, a la lógica y a la sensatez.

Últimamente, alguno ha tildado de cobardes a los llamados barones por no expresar claramente su posición. Lo cierto es que el ambiente creado, yo diría que con premeditación, hacía imposible para todos aquellos que ambicionaban seguir en política de forma activa manifestarse en este sentido. Solo los que no esperaban ya nada de la actividad política, muchos de ellos confortablemente instalados en consejos de administración, podían posicionarse a favor de la abstención.

En los enfrentamientos con los barones y con otros dirigentes del partido, Pedro Sánchez, consciente del clima que el mismo había creado en la militancia, ha querido recurrir a las bases (véase mi artículo de la semana anterior) y conseguir que unas primarias exprés (a las que resultaba difícil que se presentase cualquier otro candidato) le volviesen a elegir agitando una alternativa mendaz: él o Rajoy. Ante este órdago, los llamados críticos no han tenido más remedio que actuar, convencidos de que Sánchez iba a llevar el partido al desastre.

Pedro Sánchez, fiel al papel que se ha asignado en el poema, ha querido que el affaire terminase como una tragicomedia y para ello se ha agarrado de forma bastante impúdica al sillón, creando situaciones realmente impresentables. La razón es que quizás piense volver y para eso nada mejor que haber terminado como un mártir de la verdad y del credo socialista, es decir, hacer que siga primando la épica.

Lo cierto es que la situación a la que Sánchez ha conducido al PSOE es más crítica que nunca. La única alternativa políticamente coherente es la abstención, pero ¿cómo plantearla en pocos días a una militancia enfervorizada que ha sustituido la política por la épica y que considera el “no” una gesta histórica al estilo de Numancia? Tiene razón Sánchez Vara cuando desde la política afirma que para desalojar al PP del gobierno lo que hay que hacer es ganarle las elecciones.

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