Los aliados potenciales

Pedro Sánchez, en ese afán de compatibilizar planteamientos contradictorios (afirmar que va a votar “no” a la investidura de Mariano Rajoy y rechazar, al mismo tiempo, la celebración de las terceras elecciones), no deja de postular que el Partido Popular tiene que pactar con sus aliados potenciales. Le ha dado por dividir el arco parlamentario en una vieja clasificación, izquierdas y derechas, pero basándose exclusivamente en las siglas y no en las obras. Resulta difícil a estas alturas mantener que el partido socialista es un partido de izquierdas. El catálogo de dudas al respecto sería interminable, pero baste citar que Pedro Sánchez estaba sentado en el Parlamento y votó afirmativamente la modificación de la Constitución que planteó Rodríguez Zapatero. El secretario general del PSOE está dispuesto a tomar posición en función de las etiquetas, sin atender a los contenidos. Por eso afirma que rechazará, sin conocerlos, los presupuestos que presente el Partido Popular, si este llega al gobierno, aun cuando ahora no estén ni siquiera elaborados. Pero le da igual, digan lo que digan, él se opone.

Desde el 20 de diciembre, Pedro Sánchez se ha negado a reconocer su derrota, y se ha opuesto no a llegar a un acuerdo, sino ni tan siquiera a sentarse a negociar con el partido que para bien o para mal había ganado las elecciones, con lo que hasta ahora ha impedido la formación de un gobierno y durante muchos meses ha condenado, y sigue condenando, a la sociedad española a la parálisis. No quiere aceptar el nuevo mapa político en el que el bipartidismo ha muerto. Ya nadie es la alternativa de nadie, porque todos son la alternativa de todos, y la única manera de que el país se gobierne es mediante la negociación y el pacto. El nuevo escenario podría ser muy ventajoso, al superar las mayorías absolutas y el chantaje nacionalista, pero a condición de que ningún partido se encastille y se niegue al diálogo.

A Pedro Sánchez lo único que le interesa es enfrentarse al PP. ¿Sobre qué? importa poco, por eso anuncia con anticipación que no solo vetará la investidura de Rajoy, sino también los presupuestos que presente en el caso de salir elegido, propongan lo que propongan. Renuncia así a influir en el gobierno, en la economía y en las cuentas públicas. Lo suyo es la parálisis y el bloqueo. A fuerza de repetir que no quiere mancharse las manos, es muy posible que se quede sin manos.

Pero hay algo peor y es que, para librarse de la responsabilidad que tiene en el estancamiento en que se encuentra la política española, incita una y otra vez al PP a que pacte con lo que llama sus aliados potenciales, con sus afines ideológicos. Y cuando uno mira alrededor se da cuenta de que solo se puede referir a los partidos nacionalistas e independentistas. Le empuja a hacer concesiones, sin reparar en que las concesiones no las hacen ni el PP ni el PSOE ni el Gobierno, sino la totalidad de los españoles. Alguno de esos potenciales aliados, que en otras épocas lo fueron tanto del PSOE como del PP, se encuentra en estos momentos en una situación de clara insurrección frente al Estado de derecho. Resulta irónico que se tilde al Partido Demócrata Catalán (PDC) -antigua Convergencia- de aliado potencial del PP cuando se encuentra hermanado en Cataluña con Esquerra Republicana y con la CUP, y cuando sus portavoces han dicho sin ambages que prefieren un gobierno del PSOE.

Esa preferencia se ha hecho evidente, al menos desde que Zapatero pactó con Artur Mas un estatuto anticonstitucional, origen de los muchos problemas desatados en Cataluña. El PSOE se ha situado en la ambigüedad, al estar al rebufo del PSC, que nunca ha abandonado del todo la idea de un referéndum. El mismo Pedro Sánchez siempre se ha colocado en una equidistancia muy peligrosa entre los independentistas y el Gobierno de España, reprochando a Rajoy que no dialogaba, cuando en realidad resulta imposible dialogar con quien no quiere hacerlo, como sabe muy bien el propio Sánchez. El secretario general del PSOE ha proclamado reiteradamente con cierta solemnidad que defiende la unidad de España. Sin embargo, cuesta creerle totalmente cuando repite el falaz argumento utilizado de forma habitual por el independentismo de que no se puede responder a un problema político con la ley y los tribunales, como si el Derecho no fuese el primer fundamento del Estado y de la actividad política.

La insistencia de Pedro Sánchez en que el PP pacte con sus afines ideológicos, incluyendo en ellos a los independentistas, puede obedecer a otra estrategia, la de que pretenda allanarse el camino para hacerlo él junto con Podemos, una vez que Rajoy haya fracasado en la investidura. Es un proyecto que acarició en la pasada legislatura y que no se atrevió a llevar a cabo por la prohibición del Comité federal de su partido. Precisamente para eludir ese veto sea quizás por lo que ahora presenta una y otra vez la posibilidad de un pacto con los independentistas como algo normal y lógico.

Pedro Sánchez no ha dejado de acariciar ese proyecto, como lo demuestra el hecho de que haya lanzado a los varones de su confianza a reclamarlo: Iceta, la presidenta de Baleares y el secretario general de Castilla y León. Él no lo ha confirmado pero tampoco ha querido desmentirlo, por más que los periodistas le hayan insistido sobre el tema. Pablo Iglesias, recientemente, ha sorprendido a la prensa al descubrir la celebración de contactos encaminados a este fin, y Pedro Sánchez tampoco ha sido claro en la respuesta.

En cualquier caso, lo que nos tenemos que preguntar es si puede el Gobierno, bien sea del PP o del PSOE, asentarse sobre aquellas formaciones políticas que quieren romper el Estado y que claramente se sitúan al margen de la Constitución, de la ley y de los tribunales.

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