La amnistía de los 500 euros

Y parió un ratón. Después de no sé cuantas semanas de discusión, el pasado día 4 de mayo el Banco Central Europeo llegó a un acuerdo acerca de los billetes de 500 euros. Se inclinó por la opción más gradualista. El compromiso consiste tan solo en que a partir de 2018 no se emitirán nuevos billetes, pero manteniendo sine die la circulación de los existentes y sin imponer condición alguna ni temporal ni formal para su canje. Se pierde así una buena ocasión para luchar contra la evasión fiscal. Una vez más, triunfan las tesis de Alemania.

En realidad, el nacimiento de este billete obedeció ya a una exigencia alemana, y no a una necesidad real de la economía. Al igual que el BCE se creó a imagen del Bundesbank, el billete de 500 euros nació para sustituir el billete de 1.000 marcos. Pocos países en la Eurozona contaban con billetes de valor similar. El mayor en España, por ejemplo, era de 10.000 pesetas (60 euros) y en Francia de 500 francos (76 euros). En la actualidad, solo dos billetes superan su valor: el de 1.000 francos suizos y el de 10.000 dólares de Singapur.

Los billetes de 1.000 dólares dejaron de emitirse en 1947 y se retiraron de la circulación en 1969, lo que muestra bien a las claras el sinsentido de haber creado a principios del siglo XXI billetes de 500 euros. Su único cometido ha consistido en ser vehículo del fraude fiscal, cuando no del negocio del narcotráfico, terrorismo y venta de armas. De hecho, según un informe del mismo BCE, el 56% de los ciudadanos europeos no lo habían visto nunca, lo que es totalmente indicativo del escaso uso que ha tenido en los intercambios comerciales y financieros normales.

No obstante ser casi un billete virtual, desconocido para la mayoría de la población, representa el 30% de todo el efectivo en circulación, su importe, de 300.000 millones de euros; la casi totalidad al margen del tráfico normal y orientados al atesoramiento, y a dar cobertura a la economía sumergida. Se puede decir que esta era su finalidad desde el mismo momento de su creación, y que en la Eurozona se ha facilitado la evasión fiscal conscientemente. La decisión actual de su limitación (que no eliminación) obedece exclusivamente al miedo que infunde el terrorismo internacional, sin que el fraude fiscal importe demasiado.

Eso explica que se haya optado por perder una gran oportunidad de poner en aprietos a los poseedores de una parte importante del dinero negro materializado en el efectivo. Habría sido la ocasión de establecer un plazo breve para su canje previa identificación, lo que hubiera facilitado un material sumamente interesante a las administraciones tributarias. Pero esa forma de actuar no cuadra con la Unión Europea que ha mostrado múltiples veces su pasividad, cuando no su complicidad, con la evasión fiscal, desde la tolerancia a los paraísos fiscales a la permisividad del dumping fiscal entre los Estados, pasando por su negativa a cualquier medida de armonización en materia de imposición directa. El mismo hecho de haber creado billetes con un nominal tan elevado es una buena prueba de las presiones existentes para dar cobertura a la economía sumergida.

Europa se vanagloria de ser la cuna y la defensora del Estado del bienestar y de la protección social y, sin embargo, estas realidades se van disolviendo como un azucarillo, al menos en la Eurozona. La Unión Europea, obsesionada por la estabilidad de las finanzas públicas, ha sometido a los servicios públicos y a las prestaciones sociales a recortes continuos, sin conseguir a pesar de ello demasiado éxito. El olvido del endeudamiento privado y de su control ha propiciado que una gran parte de él se fuese trasformando en deuda pública, hasta alcanzar esta en la actualidad en todos los países un nivel muy preocupante que, ya al margen de pactos de estabilidad y de imposiciones comunitarias, establece limitaciones ciertas en los presupuestos futuros. Si a ello añadimos el escaso crecimiento económico y la baja inflación de la Eurozona, se explica que la única manera no ya de mejorar sino de mantener la economía del bienestar sea incrementar la capacidad recaudatoria y la progresividad de los sistemas fiscales.

Es por ello por lo que resulta tan indignante la postura de los gobiernos y mandatarios europeos propiciando la evasión fiscal, y escudándose en argumentos pueriles tales como los del presidente del Bundesbank cuando preguntaba: ¿De verdad alguien cree que el hecho de que no existan los billetes de 500 euros acabará con las actividades ilegales? Es evidente que no, pero está claro también que no conviene dar facilidades. Por el mismo motivo, se podrían eliminar la policía, los jueces y las cárceles, ya que su existencia no garantiza la erradicación del crimen, del robo y del resto de delitos.

Hay quienes se oponían a la medida aduciendo el coste que representaría sustituir los billetes de 500 euros por otros de 100 o de 200. Lo primero que habría que preguntarse es si no se deberían eliminar también estos. En la era de la informática y de las tarjetas de crédito los billetes de un valor facial elevado van teniendo cada vez menor utilidad, como no sea para el fraude fiscal. Lo segundo es que la sustitución nunca sería total porque los billetes de menor valor no cumplirían, por lo menos no de forma total, la finalidad para la que se atesoran los de 500.

En la misma línea, hay quienes han querido ver un ataque al dinero en efectivo, y con ello una violación de la libertad y de la intimidad. Por una parte, eliminar determinados billetes no significa cuestionar el sistema de efectivo en su conjunto; por otra, no deja de ser curioso lo celosos que son algunos de su intimidad cuando se trata de dinero. En ese campo todo debe ser secreto. Sin embargo, en los demás ámbitos personales no encuentran impedimento en que se tenga que aportar todo tipo de información. Lo último es que los pasajeros van a tener que facilitar a las compañías aéreas aproximadamente veinte datos por cada viaje que se realice.

En fin, lo cierto es que durante quince años se ha permitido a los evasores fiscales ocultar parte de su renta y riqueza mediante los billetes de 500 euros. Todos los sabíamos, hasta el punto de bautizarles con el nombre de Bin Laden. En España teníamos el dudoso honor de atesorar en algunos momentos el 26% de ellos. Ahora los amnistiamos. ¿Cómo vamos a exigir después a los ciudadanos que paguen sus impuestos?

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