Pedro, no sabes dónde estás

Hace dos semanas, después de que Podemos presentase a los medios su documento orientado a los pactos, el portavoz del PSOE en el Congreso, Antonio Hernando, también en rueda de prensa, apesadumbrado, desanimado y sorprendido, lo único que se le ocurrió afirmar es “Pablo, no sabes dónde estás”, que era más bien expresión de su propio desconcierto y de la confusión que embargaba en aquel momento a todo el PSOE. Y es que Pedro Sánchez fija toda su argumentación en lo que considera un hecho cardinal y que él y los suyos no paran de repetir como un eslogan. Él es el elegido. Desvirtúa así el papel que la Constitución otorga al rey, meras funciones de representación, sin capacidad de decisión efectiva.

El nombramiento de candidato a la investidura es el simple reconocimiento por el monarca de una situación preexistente, la derivada del resultado electoral y de la capacidad que cada líder tiene de llegar a pactos, manifestada en las rondas de contactos con los representantes de los grupos parlamentarios. El rey lo único que hace es designar a aquel que considera con posibilidades de obtener los votos necesarios para la investidura. Es por eso por lo que carecía de sentido que Rajoy se presentase a ella desde el mismo momento en el que el PSOE se había negado a cualquier diálogo con el PP y, además, resultaba evidente que esta última formación no podía pactar ni con Podemos ni con los partidos independentistas.

Pedro Sánchez, sin embargo, ha trastocado totalmente el sentido de la designación real para la investidura. Ha ocultado el carácter meramente funcional (designar a aquel que puede conseguirlo) para interpretarlo como un verdadero nombramiento institucional que sitúa al elegido por encima del resto de los representantes políticos. De ahí lo de que es su tiempo y no el de Rajoy ni el de Pablo Iglesias. De ahí también lo de “Pablo, no sabes dónde estás” o esa otra frase de Antonio Hernando, tan deficientemente construida por cierto: “Pablo, ¿en qué momento nos hemos perdido que el jefe del Estado te haya encargado la investidura?”. Solo al elegido le está permitido hacer las propuestas y los planteamientos.

Pedro Sánchez se ofreció a presentarse a la investidura haciendo creer a todos, empezando por el rey, que tenía los apoyos necesarios pero, una vez designado, no se ha dedicado precisamente a esa tarea, sino a otra muy distinta, a desenvolverse como si estuviese investido de una dignidad especial, exhibiéndose como hombre de Estado, y recibiendo con magnificencia y solemnidad a todas las fuerzas políticas, agentes sociales (no se entiende qué pintan en la investidura), e incluso organizaciones sociales. A la hora de negociar se ha centrado especialmente en el partido de Ciudadanos con el que firma un acuerdo aun cuando no tiene ninguna posibilidad de formar gobierno. Es más, se va a Bruselas coincidiendo con la Cumbre en la que se decide la salida o no de Gran Bretaña con la finalidad de hacer ver que su papel es al menos tan relevante como el del presidente del Gobierno en funciones. Parece que su objetivo es más hacer campaña electoral de cara a los próximos comicios que lograr la investidura.

A Pedro Sánchez, después de haberse negado a dialogar y a negociar con el PP, el único camino que le queda de cara a la investidura es el de Podemos. Pero curiosamente es la vía que ha postergado. Piensa que las peticiones de la formación naranja son desproporcionadas. De ahí lo de “Pablo, no sabes dónde estás”. No obstante, quizás el que no sabe dónde está es Pedro Sánchez, porque no es consciente de que tan solo tiene noventa diputados, por lo que a la hora de pactar para formar gobierno necesita otros tantos escaños, y no puede pretender conseguirlos haciendo tan solo unas cuantas concesiones. Es posible que Ciudadanos se conforme con ello, puesto que sabe que sus votos no bastan y pretende tan solo vender su imagen de dialogante, pero no Podemos, que quiere poder real, que no se fía del PSOE y sabe que las transformaciones solo se hacen desde el Gobierno. Es posible que la forma no haya sido la más correcta, pero la petición de participar en el Ejecutivo en proporción a los diputados que aporta parece totalmente lógica. ¿O es que acaso Pedro Sánchez pensaba que le iba a salir gratis ser presidente del Gobierno? Podemos no quiere un pacto de investidura, sino de gobierno y eso es a lo que el líder socialista no está dispuesto a ceder en ningún caso.

Si exceptuamos lo de la plurinacionalidad y la pretensión de sembrar de referéndums toda la geografía peninsular, y a pesar de la campaña en contra de las fuerzas económicas y de los medios de comunicación, no hay nada en el documento de Podemos que sea disparatado o abusivo. Ciertamente hay aspectos discutibles, incluso puede haber errores. Se nota que no conocen la Administración, pero eso también fue una característica del comportamiento tanto del PSOE como del PP la primera vez que llegaron al poder. Desde luego, no es un documento imbuido de doctrina leninista ni bolivariana. Por no llegar, no llega ni a socialdemócrata. Se han distorsionado muchas de sus demandas, queriendo ver planteamientos totalitarios en el nombramiento de ciertos altos cargos cuando el documento proyecta precisamente modificar los procedimientos actuales para hacerlos más democráticos, pero, eso sí, reclama al mismo tiempo, que mientras tanto, en tanto que continúe como hasta ahora nombrándolos el Gobierno, sea por consenso entre las fuerzas que van a componer el Ejecutivo. Se trata de un problema de la distribución de poder dentro de la coalición.

Tampoco en el tema económico cabe rasgarse las vestiduras. Su único punto débil es que puede chocar con la política y las pretensiones de la UE, pero eso es una limitación que se descubre en la práctica tal como le ocurrió a Tsipras. En cualquier caso, el incremento de las prestaciones y servicios sociales estará limitado por la capacidad que se tenga de aumentar la recaudación fiscal, lo que sin duda puede tener mucho recorrido si tenemos en cuenta que la presión fiscal de España presenta una diferencia con la media de la Eurozona de casi ocho puntos del PIB. La única manera de mantener el Estado de bienestar a niveles acordes con los que subsisten en los países de nuestro entorno es incrementar progresivamente en el futuro la presión fiscal.

Las reformas fiscales que plantea Podemos no son en absoluto exorbitantes. En buena medida, intentan solo retornar a lo que era el sistema tributario a principios de los ochenta. Corregir los enormes agujeros que en los diez últimos años se han venido haciendo en el impuesto de sociedades; reconstruir el impuesto de sucesiones y patrimonio; en el IRPF aplicar a las rentas de capital la misma tarifa que a las rentas de trabajo; incrementar los tramos y tipo marginal en este impuesto a partir de 60.000 euros de ingresos desde el 45% actual hasta el 55%, que se aplicaría a partir de los 300.000 euros de rentas anuales. Son medidas sumamente moderadas si recordamos, por ejemplo, que un gobierno de centro como UCD creó el IRPF con un marginal máximo del 65% y para tramos de renta muy inferiores a los de 300.000 euros. Escuchar a los tertulianos afirmar que una renta de 60.000 euros pertenece a la clase media resulta extremadamente risible, si no fuese indignante.

El problema de Pedro Sánchez es que no sabe muy bien qué quiere, si pactar con la derecha o con la izquierda. Bueno, sí, quizás lo que desea es gobernar como si tuviese 180 diputados. Él, según dice, no quiere hablar de sillones sino del “qué”. En realidad, lo que no le importa es el “qué”, por eso le da igual mirar a la derecha que a la izquierda. Lo que le importa son los sillones, es decir, mantenerlos todos sin ceder ninguno. No quiere coaliciones, solo que le respalden en la investidura, pero se olvida de que solo tiene 90 diputados, por eso hay que decirle: Pedro, no sabes dónde estás, no sabes el número de diputados que tienes.

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