Pedro Sánchez, de las primarias al Olimpo

Entre los múltiples tópicos que se han instalado en la vida política en España se encuentra en un lugar destacado la creencia de que el establecimiento de lo que llaman primarias (elecciones directas por las bases) en los partidos políticos constituye un avance en el grado de la democracia y un paso esencial para la regeneración política. La opinión está tan extendida que hasta se piensa -y algún partido lo reclama- en incorporarlas a la normativa jurídica como obligación para todas las formaciones políticas.

En diversos artículos (por ejemplo, el de 5 de septiembre de 2014), he mostrado mi escepticismo y prevención acerca de la bondad de tal procedimiento. La creencia de que la democracia directa es siempre preferible a la representativa no tiene fundamento, tanto más cuanto que la complejidad de la sociedad actual hace casi siempre imprescindible la especialización, ya que no resulta posible que todos entendamos de todo y tengamos criterio sobre cualquier cuestión. El apoderamiento se hace, así, habitual en nuestras vidas.

Pero es que, además, cuando la elección se realiza mediante primarias el cargo se suele ejercer de una forma menos democrática. Aquel que ha sido investido por las bases se siente con legitimidad y autoridad suficientes para no someterse a ningún otro órgano o instancia. Se cae en una especie de caudillismo en el que toda la autoridad, de forma más bien despótica, se concentra en el líder. El sistema tradicional (al menos en los partidos de izquierdas) se orienta por el contrario a órganos pluripersonales. Los militantes en las agrupaciones votan a los delegados al congreso y este elige al comité federal (o central) que es el supremo órgano entre congresos y a la comisión ejecutiva. En este esquema el secretario general es tan solo el miembro principal de la ejecutiva, una especie de primus inter pares. Este carácter lo expresaba mejor el nombre que dicho cargo adoptaba antiguamente: “primer secretario” (en el PSC continúa llamándose así).

La experiencia está demostrando que los líderes elegidos por primarias terminan creando sistemas más autoritarios y despóticos. Buen ejemplo de ello lo constituye el liderazgo de Pedro Sánchez en el PSOE. Desde el principio estableció una ejecutiva monocolor, formada atendiendo no a la competencia y preparación, sino a la fidelidad personal, sin que apenas tuviesen sitio personas de la candidatura perdedora. No tuvo ningún problema y se sintió legitimado a disolver la ejecutiva de una de las federaciones más importantes y colocar a dedo como candidato a la presidencia de esa Comunidad a alguien que ni siquiera era afiliado. En las elecciones generales, violentando todos los procedimientos, situó en los primeros puestos de la lista por Madrid, en detrimento de afiliados con muchos más méritos, a dos personas ajenas a la organización o de reciente ingreso. Eso explica que el PSOE hay asido la cuarta fuerza en esta circunscripción.

Pero quizás donde se ha manifestado de forma más obvia el presidencialismo ha sido en el pulso que está echando Sánchez al Comité Federal de su partido con motivo de los pactos poselectorales. Para librarse de su control, no ha dudado en recurrir a lo que él considera última instancia, por encima de los estatutos y de cualquier normativa: la voluntad de los militantes, que es más manejable; y como en todo régimen caudillista que se precie, programa un referéndum, que es una buena forma de cubrir con una capa democrática el cesarismo.

El carácter autocrático con el que está acostumbrado a actuar en el PSOE se trasluce también en el exterior y se está manifestando en el comportamiento adoptado tras las elecciones. Se ha negado con un tono algo chulesco a cualquier diálogo (no digo acuerdo) con el partido que ha ganado las elecciones y, como el mejor tartufo, le acusa de haber bloqueado el proceso de formación de gobierno.

La prepotencia del líder socialista se ha manifestado también en la forma de asumir la designación del Rey para ser candidato, con el mismo empaque y solemnidad que si ya fuera presidente del Gobierno, sin reparar en que el Rey estaba obligado a elegir a cualquiera que le asegurase que dispone de los votos necesarios para conseguir la investidura. Pero ahí comienzan las contradicciones, porque, a no ser que todo sea un teatro, de contar con los apoyos necesarios, nada de nada, y ha pedido un mes para conseguirlos; pero además de una manera un tanto torticera, ya que, creyéndose la reina madre, afirma que quiere hablar con todos los partidos, sin decidir claramente en qué dirección quiere pactar.

Tiene toda la razón Pablo Iglesias cuando le apremia a que no maree más la perdiz y diga claramente con quién desea negociar, si a su derecha o a su izquierda, ya que tanto Podemos como Ciudadanos se han declarado mutuamente incompatibles entre sí para un acuerdo de gobierno, lo que por otra parte parece bastante evidente, desde el derecho a decidir hasta la política económica y social. En realidad, todo se reduce a dos opciones. La primera es pactar con Ciudadanos, pero para que salgan los números necesitan al PP, tal como ha señalado el propio Albert Rivera. Es un camino bloqueado porque desde el principio Pedro Sánchez se ha negado a dialogar con Rajoy y es de suponer que no esperará que ahora le apoye.

La segunda opción es pactar con Podemos, las confluencias, IU, PNV y conseguir la abstención de Convergencia y Esquerra. Opción que aparentemente está también cerrada ya que chocaría con las condiciones impuestas por el Comité Federal. Aunque en este caso bien podría eludirlo, tal como ya ha previsto recurriendo como buen caudillo al voto directo de las bases.

El resultado que Pedro Sánchez ha obtenido en las urnas desde luego ha hecho historia, pero por ser el peor alcanzado en todas las elecciones celebradas hasta la fecha. Y no se puede consolar aduciendo que el PP también ha perdido muchos escaños y votos, porque eso es cierto pero Rajoy ha tenido que sufrir el desgaste de cuatro años de crisis y de recortes, lo que lógicamente debería haber rentabilizado Pedro Sánchez desde la oposición. Y, además, el PP partía de la mayoría absoluta, mientras que el PSOE lo hacía desde un nivel ínfimo, el peor resultado hasta entonces obtenido; parecería que no se podía bajar más y, sin embargo, el resultado de diciembre pasado aún ha sido peor. Cualquier líder con un mínimo de vergüenza debería haber dimitido el mismo día de las elecciones, pero él ha reaccionado en sentido contrario, investido de no se sabe qué providencial destino está dispuesto a proponerse como presidente del Gobierno o, al menos, a volvernos a todos locos.

Aun cuando el resultado de las elecciones haya sido tan malo para el PSOE, lo que sí es cierto, sin embargo, es que, dada su situación en el espectro político, todo posible acuerdo de gobierno pasa por él, pero por eso mismo también es el único responsable de que se esté perdiendo el tiempo y estemos todos mareados (véase mi artículo de 31 de enero de 2016). No se sabe muy bien a qué conducen las negociaciones con Ciudadanos, si no tienen ninguna posibilidad de formar gobierno. Por eso, tampoco se entiende a qué juega Albert Rivera.

Pedro Sánchez, desde ese trono de papel que se ha fabricado, solo afirma que antes de con “quién” hay que ponerse de acuerdo en el “qué”. Me parece una solemne tontería. No se puede perder de vista el objetivo, que no es otro más que obtener la investidura, por lo que habrá que ponerse de acuerdo en el “qué” únicamente con “quién” se pueda formar gobierno y con quién sumen los números. Es lo malo de las matemáticas, que son inflexibles y no admiten retóricas ni bambalinas. Pero, eso sí, mientras se pierde el tiempo, Pedro Sánchez está feliz con su papel de gran hombre de Estado.

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