Siempre ha sido el turno del PSOE

La quiebra del bipartidismo en las pasadas elecciones ha dejado al descubierto en el Congreso y en la investidura del presidente del Gobierno un protocolo que permanecía oculto, al haber sido hasta la fecha claro, en todos los comicios, de forma inmediata, quién tenía que ser investido. Ahora nos damos cuenta de que la liturgia que rige todo este proceso está obsoleta y de que es propia más bien de una sociedad decimonónica, pero muy poco operativa para el siglo XXI. Es curioso el tiempo que se pierde en toda una serie de pasos, recovecos, trámites y requisitos para llegar a resultados que se conocen de antemano y que hacen inútiles todas estas formalidades. En esa especie de rigodón que se está bailando hay espacio para todo y, además, se esgrimen las teorías más peregrinas como si aún estuviésemos en campaña electoral.

El PP lleva tiempo intentando convencernos de que es la lista más votada a la que le corresponde gobernar; lo que ciertamente no tiene ningún fundamento. En un sistema parlamentario como el nuestro, debe ser designado presidente aquel que concite un mayor apoyo en el Congreso. Cosa distinta sería si se tratase de un régimen presidencialista, pero en ese caso lo normal es que hubiera una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados, con lo que tampoco se podría afirmar que gobernaría el que mejor resultado hubiera obtenido en la primera vuelta. No hay ninguna razón para denigrar lo que el PP ha dado en llamar “alianza de perdedores”; no solo son lícitas, sino en ocasiones también convenientes, eso sí, siempre que tengan coherencia y una cierta homogeneidad, porque de lo contrario es posible que la investidura fuese viable, pero no el gobierno de todos los días.

Pero, por el mismo motivo, carece de lógica también ese estribillo que como consigna y desde el mismo día de las elecciones, llevan repitiendo machaconamente los mandatarios del PSOE, acerca de que hay que respetar los plazos y las formas: ahora -dicen- es el tiempo del PP, cuando Rajoy fracase, intentaremos nosotros formar un gobierno de progreso. En esa cantinela hemos estados enfangados durante más de un mes. Si el día de las elecciones podíamos pensar que tal afirmación obedecía a una postura elegante y respetuosa con los procedimientos, puesto que el PP había ganado las elecciones, se convierte en una farsa tan pronto como Pedro Sánchez afirma de manera rotunda que de ninguna manera, ni siquiera mediante la abstención, está dispuesto a apoyar al PP. Con lo que Rajoy está descartado de la investidura, a no ser que el PSOE cambie de opinión. ¿Qué turno de Rajoy? El turno de los populares terminó a los pocos días de celebrarse las elecciones, cuando el PSOE cortó de raíz toda posibilidad de diálogo con ellos, hasta el punto de que el acuerdo para constituir la Mesa del Congreso solo fue posible con la intermediación de Ciudadanos. Es más, posteriormente el PSOE continuó negando que el acuerdo fuese a tres.

A pesar de haber ganado las elecciones, los resultados han dejado muy poco margen al PP. No seré yo el que asuma el papel de defensor de Rajoy, pero creo sinceramente que ha hecho lo poco que le era permitido hacer, convocar en los días inmediatamente posteriores a las elecciones a los otros líderes políticos y confirmarles que estaba dispuesto a sentarse a negociar. Pero todo posible pacto quedaba abortado por la negativa de los socialistas. Las críticas vertidas sobre Rajoy acerca de que no realizaba ofertas concretas son poco razonables. En cualquier negociación las ofertas se hacen en la mesa y nadie enseña sus cartas antes de sentarse.

El discurso adoptado durante este mes por los socialistas acerca de los tiempos y los turnos ha sido solo una forma de marear la perdiz y de escudarse para no mostrar sus intenciones, o para dar tiempo a que internamente se aclaren las diversas posiciones. Pedro Sánchez está en su derecho de no querer dialogar con el PP, así mismo tiene todo el derecho de pactar o no pactar con Podemos, pero a lo que no tiene derecho es a tomar el pelo a todos los españoles queriéndonos convencer de que la pelota está en el campo del PP, cuando para bien o para mal los resultados de los comicios han colocado la pelota desde el primer momento en el campo del PSOE.

La decisión de Rajoy de no presentarse a la investidura al carecer de los apoyos necesarios entra dentro de la lógica. Lo contrario es una farsa y una pérdida de tiempo. En ninguna parte está escrito que sea el líder del partido más votado el que tenga que presentarse a la investidura; puede ser, si se quiere, un derecho o más bien una cortesía, pero no una obligación. De lo contrario, sobraría la ronda de representantes de los partidos con el Rey que tienen por finalidad saber los apoyos con que cuenta cada uno. El procedimiento sería automático. Por eso se entiende mal el enorme enfado que mostraron tanto Pedro Sánchez como César Luena al conocer la decisión de Rajoy tildándole de trilero, irresponsable y no sé cuántas cosas más. Así como no se entiende que hayan continuado afirmando que la pelota estaba en el campo del PP. La única explicación posible es que Pedro Sánchez quiera ganar tiempo y presentarse al Comité Federal del día 30 sin haber dado ningún paso que sirva de argumento a los críticos.

La única alternativa que el veto del PSOE deja al PP es un pacto con Ciudadanos y con los partidos nacionalistas, lo que constituye en las circunstancias actuales un ente de razón, una contradictio in términis, algo impensable tanto por parte de Rivera como de Rajoy. En realidad, el pacto con los independentistas debería ser tabú también para el PSOE, pero parece ser que Pedro Sánchez, aunque no se atreva a confesarlo, no piensa del todo así, y por eso hace guiños de complicidad a unos y a otros. De ahí que haya dado un puesto en la Mesa del Senado al PNV, prestado cuatro senadores a Convergencia y a Esquerra o haya hecho esa llamada al presidente de la Generalitat -el mismo que ha declarado solemnemente que no acata la Constitución- y que le haya ofrecido una reforma constitucional que sabe que no puede afrontar sin el concurso del PP, con el que ha roto toda vía de diálogo.

La renuncia de Rajoy ha cogido a la dirección del PSOE con el pie cambiado y no van a poder esconderse ya tras el eslogan de que es el turno de Rajoy. Pedro Sánchez va a tener que definirse y decir claramente con quién y bajo qué condiciones va a pactar.

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