Artur Mas debe dimitir

Juntos por el si

El nacionalismo y Mas tenían previsto de antemano el discurso poselectoral. Fuese cual fuese el resultado, estaban dispuestos a proclamar su triunfo aunque, como ha ocurrido, los datos no lo confirmasen. Pero para ellos la realidad no cuenta y están acostumbrados a retorcer los hechos todo lo que sea necesario para arrimar el ascua a su sardina.

Aun cuando la de Junts pel Sí haya sido la lista más votada, el fracaso de Convergencia y de Esquerra ha sido evidente. A pesar de ir conjuntamente con toda esa sociedad civil de la que alardeaban, y con Guardiola y algunos otros hombres de paja como el propio número uno, lo cierto es que han tenido nueve diputados menos que en 2012. Son los peores resultados obtenidos por ambas formaciones desde 1984.

La situación es aún más grave para Convergencia porque en 2012 había perdido ya 12 diputados con respecto a 2010. Para comprender el fracaso de Mas y a dónde le ha llevado su operación independentista conviene recordar que CiU obtuvo 62 diputados en 2010, es decir, los mismos que ahora obtiene con Esquerra, y con todo ese batiburrillo formado por Òmnium Cultural, Asamblea Nacional Catalana, Súmate, Solidaritat Catalana per la Independència, Reagrupament, Catalunya Sí, Catalunya Acció y Avancem, y con marionetas como Lluís Llach, Josep Maria Forné y Germà Bel. ¿Cómo se puede salir, después de esto, con un discurso triunfalista? En cualquier otra formación política que no estuviese dominada por la demencia separatista, Artur Mas debería haber dimitido ya, puesto que ha llevado a su partido a la ruina más absoluta.

La coalición Junts pel Sí, después de todo el aquelarre organizado y de haber empleado todos los recursos públicos en su beneficio, ha obtenido tan solo 62 diputados y el 39, 55% de los votantes, lo que representa el 30,66% del censo electoral. Sería de agradecer, en consecuencia, que en adelante Mas no se arrogase ser la voz de toda Cataluña. Para lo único que le dan legitimación estos resultados es para gobernar la Comunidad Autónoma, y eso siempre que logren el apoyo de la CUP. Y noten que digo la Comunidad Autónoma y no Cataluña, como a menudo se afirma, porque a Cataluña, como a cualquier otra parte de España, la gobiernan también el Parlamento y el Ejecutivo nacional.

Los resultados del pasado domingo dibujan un panorama electoral de difícil gobernabilidad en la Generalitat. La lista de Junts pel Sí fue creada exclusivamente para la loca aventura independentista, que se ha venido abajo con los resultados del supuesto plebiscito; se trata de un híbrido cuyos componentes no tienen casi nada en común y no parece viable que puedan entenderse a la hora de gobernar, tanto más cuanto que para esta tarea necesitan el respaldo de la CUP. Ya se sabe que el nacionalismo que se denomina de izquierdas está siempre dispuesto a abdicar de esta condición en aras del soberanismo, pero resulta difícil imaginarse a Convergencia gobernando con el apoyo de la CUP.

Los resultados electorales han tumbado la estrategia de Mas; su pretensión era que le hubiesen reforzado en esa correría ilegal de declarar unilateralmente la independencia de Cataluña. De ahí su empeño en definir estos comicios como plebiscitarios, lo que era jurídicamente falso. Pero incluso dentro de sus planteamientos el resultado ha sido un auténtico fiasco, ya que las listas soberanistas han sacado menos votos que el resto, tan solo un 47,77% de los votantes y un 37% del censo electoral. Se puede decir que únicamente poco más de un tercio de los catalanes con derecho al voto se ha posicionado a favor de la independencia. ¿Puede existir alguna justificación para obligar a los dos tercios restantes a que dejen de ser españoles y se enrolen en una aventura de ignotas consecuencias?

La extraordinaria participación en estos comicios no responde, tal como afirma Mas, al afán independentista de la sociedad catalana, sino más bien al contrario, a la reacción de muchos ciudadanos, normalmente silenciosos e incluso abstencionistas, ante el peligro de verse embarcados en una aventura descabellada que no desean.
Mas ha roto su formación política, la ha casi destruido, dejándola en la mitad de diputados que tenía hace cinco años. Es ciertamente prodigioso que sus correligionarios no le exijan la dimisión. Pero ha hecho algo peor. En su afán de ocultar sus fracasos en la gestión y de continuar en el poder, ha roto en dos partes a la sociedad catalana y la ha sometido a una tensión que va a ser difícil de superar.

Si en algo coinciden todos los comentaristas es en que la población catalana se encuentra en una situación muy crítica, con dos mitades enfrentadas, pero de ello solo son culpables Mas y sus acólitos, que han mentido y engañado a un buen número de ciudadanos, intoxicándoles y haciéndoles creer que el origen de sus males se encuentra en el exterior y que todos esos problemas desaparecerán con la independencia. El fanatismo se ha apoderado de una parte de la sociedad catalana. Por ello resulta falaz y arriesgada la postura de los que pretenden superar la crisis a base de concesiones, o de hacer la vista gorda con el incumplimiento de la legalidad. Las concesiones a los nacionalistas, o el permitirles patentes de corso para eludir la norma, nunca solucionan los problemas, sino que a medio plazo los agrandan.

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