Las múltiples máscaras de Pujol

Quizá debiera dedicar este artículo a comentar el posible frenazo de la actividad económica española -cosa que por otra parte era muy previsible- o bien a criticar los presupuestos presentados por el Gobierno para el próximo año. Pero tiempo habrá de hacer ambas cosas en escritos futuros, ya que hoy no quiero pasar por alto la comparecencia de Jordi Pujol en el Parlament, y aun cuando el tema catalán nos sumerja progresivamente en el aburrimiento y en el hastío, su actuación ha sido tan indignante y al mismo tiempo tan expresiva de la realidad catalana durante estos últimos treinta años que no renuncio a comentarla, aunque sea brevemente.

El Jordi Pujol que se manifestaba con humildad y arrepentimiento, asumiendo todas las culpas, casi como en una confesión de sacristía, en la carta que remitió a la prensa el 25 de julio pasado, había desaparecido en el Parlament, para dar lugar a otros dos pujoles nuevos. Uno es el de su primera intervención, leída, perfectamente pensada y elaborada, se supone que con sus abogados, en la que se recurre al sentimentalismo y a la devoción paterna y, sobre todo, a su proyecto político, como tapadera que lo cubre todo y todo lo justifica. En realidad, esta táctica no es nueva, la empleó ya, y con bastante éxito, en el caso de Banca Catalana, cuando hizo pasar como agresión a toda Cataluña lo que tan solo era el funcionamiento normal de la justicia que exigía responsabilidades a unos gestores dolosamente culpables de una mala administración y quizá de una estafa.

Pero el otro día en el Parlament también surgió otro Pujol; bueno, más que surgir, explotó. Durante su segunda intervención, cuando tuvo que contestar a la interpelación de los portavoces de los distintos partidos, hizo su aparición el Pujol de siempre, lleno de soberbia y de cólera. Les abroncó. De acusado pasó a ser acusador. No quedaba nada del arrepentimiento del 25 de julio. No había lugar a él, porque, según afirmó, no había cometido ninguna ilegalidad, en todo caso un pequeño error y, además, forzado por las circunstancias, su arriesgada acción política le daba derecho a ello y a cubrirse las espaldas con un capitalillo en el extranjero por si venían mal dadas.

En cuanto al contenido, nada nuevo en la comparecencia del ex presidente de la Generalitat que no conociésemos ya: más bien intentó ocultar y embadurnar lo poco que se sabía. Contó una historia tierna y familiar, presentó a su padre como empresario laborioso y patriarca previsor en lugar de como un hábil conseguidor de evasión de capitales -lo que, según parece, realmente fue- y gracias a la cual adquirió su fortuna. Continuó, en fin, manteniendo la milonga del legado paterno, sin ofrecer prueba o documento alguno.

Declaró rotundamente que no era un político corrupto, con lo que mostró de forma evidente el concepto tan laxo que tiene de la política y de la corrupción, pues, aun cuando fuese cierta, que no parece serlo, su historieta para justificar el capital que mantiene en Andorra, hay suficientes motivos para la reprobación social y moral, y supongo que también para imputaciones penales.

Con gran desparpajo mantuvo que “tener dinero en el extranjero puede criticarse, pero no es ilícito”. Según y cómo. En los momentos actuales, tenerlo sin declarar sí lo es. Pero es que en 1980, cuando no existía la libre circulación de capitales, no solo era ilícito, sino también un delito castigado con severidad por el Código Penal, ya que en aquellas circunstancias económicas la salida de capital al extranjero perjudicaba gravemente a todos los españoles, incluidos los catalanes. Esa era la manera de hacer país de don Jordi, se supone que en Andorra.

Por otra parte, con gran cinismo cita las devaluaciones -como el que no quiere la cosa- para justificar el fuerte incremento que había experimentado lo que él llama el legado inicial. Ciertamente, las múltiples devaluaciones (más de tres) que sufrió la peseta en este periodo, empobrecieron a todos los españoles (también a los catalanes), excepto a los listos que como Pujol tenían el capital en dólares en el extranjero y que obtuvieron pingües ganancias. Lo indignante del tema es que las devaluaciones se producían en parte por los capitales que sacaban de España (y de Cataluña) evasores como Pujol.

Por otra parte, mantener en el extranjero esos recursos durante más de treinta años sin ser declarados y sin contribuir a la hacienda pública constituye un delito fiscal continuado. La perorata de Pujol es muy representativa de ciertos grupos sociales que no consideran el delito fiscal como corrupción.

Con todo, el aspecto más bochornoso de lo ocurrido el otro día en el Parlament, no hay que buscarlo en la postura de Pujol, que al fin y al cabo estaba obligado a defenderse de la forma mejor que supiese, sino en la postura de los partidos secesionistas. Tanto CiU como Esquerra comenzaron por decidir que no fuesen los números uno de sus formaciones los que interviniesen en el debate, lo cual era ya muy significativo e ilustrativo de que querían colocar el caso Pujol en un nivel bajo de relevancia política.

Las intervenciones del representante de CiU fueron ciertamente de escándalo, empeñado en atacar a los otros partidos y en tapar las vergüenzas de Pujol, detrás de lo que llaman “su gran obra política”. Esquerra, por su parte, ha dejado claro que está dispuesta a comerse todos los marrones que sean necesarios con tal de que no se desestabilice el proceso soberanista. En estas coordenadas no va a ser fácil que se constituya una comisión de investigación en el Parlamento catalán, y menos que se constituya con eficacia. Habrá que preguntarse si no debería crearse en las Cortes españolas, en el que las comparecencias son, además, obligatorias.

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