¡Qué vergüenza, blanquean dinero!

No se había apagado aún el eco de los laudes que los palmeros del euro se habían apresurado a cantar en honor de Europa y de su acción benéfica a propósito de la sentencia de los desahucios, cuando los acontecimientos vinieron una vez más a dejarles en ridículo: el fantasma de Chipre hacía su aparición, y ¡qué aparición! Colmaba todas las expectativas negativas que algunos tenemos sobre los despropósitos que pueden cometer los sabios magnates europeos.

El Eurogrupo había aprobado por unanimidad el rescate de Chipre pero, amén de las consabidas fórmulas de austeridad, imponía una quita a todos los depositantes de los bancos chipriotas haciendo saltar por los aires la garantía que la propia Unión Europea había establecido para los depósitos inferiores a 100.000 euros. La medida era grave porque establecía un nefasto precedente. Entronizaba la inseguridad más absoluta en todo el sistema financiero de la Eurozona, de modo que lo que hasta entonces se daba por cierto y firme, al haberse comprometido a respetarlo tanto Europa como los distintos gobiernos, se veía ahora que podía quedar convertido en papel mojado en 24 horas, de acuerdo con el parecer del Eurogrupo o de las conveniencias electorales de la señora Merkel. El negocio bancario es especialmente delicado dado que se basa en la confianza y en el manejo del dinero ajeno, y ya sabemos que el dinero es sumamente susceptible y miedoso y que, por lo tanto, ni el banco más sano y saludable puede resistir sin quebrar si todos los depositantes deciden al mismo tiempo sacar sus ahorros. De ahí la necesidad de un mecanismo que garantice hasta un nivel mínimo los depósitos bancarios. Todos los países contaban con ello y su utilidad pudo comprobarse al comienzo de la crisis (quiebra de Leman Brothers) para evitar que el pánico del público diese al traste con los sistemas financieros. Eso sí, el mínimo que garantizaba cada país era distinto y la Unión Europea se vio en la obligación de armonizarlo, estableciendo la cifra de 100.000 euros.

Es ese cordón de seguridad el que el Eurogrupo hacía saltar por los aires. Me imagino que el lunes 18 los presidentes y consejeros delegados de todos los bancos europeos, en cuanto se enteraran de la noticia, se apresurarían a llamar por teléfono a los que habían adoptado la decisión, manifestándoles el disparate que habían cometido. Las autoridades europeas y algunos ministros de economía, ante el revuelo suscitado, se sintieron en la obligación de aclarar que el caso de Chipre era único, y que no era repetible en ningún otro país. También dijeron lo mismo de Grecia cuando se autorizó la quita sobre su deuda. Todos los países son diferentes pero ello no evita la posibilidad de contagio y de que el pánico a que se repita una situación parecida se extienda por toda la Eurozona. La incertidumbre es tanto mayor cuanto que las recetas que se aplican a cada Estado son distintas y no existe en la práctica un canon de comportamiento. Ello hace que en la Eurozona todo esté en el aire y no haya nada sólidamente establecido. Con el acuerdo que en ese primer momento se tomó para Chipre se desmoronaba el único reducto que parecía protegido para el dinero.

Quizá la parte más vergonzosa de este asunto sea el espectáculo que los participantes en el conciliábulo han dado echándose las culpas unos a otros. Si es verdad, como dicen, que fue el Gobierno chipriota el que escogió gravar los depósitos inferiores a 100.000 euros con la intención de salvar, al menos parcialmente, a accionistas y demás acreedores, de manera que los inversores extranjeros no huyesen, ello no anula la responsabilidad de todos los demás, especialmente la del presidente del BCE. Nunca deberían haber permitido que se cerrase un acuerdo en estos términos que contravenía claramente la normativa comunitaria y dejaba a todos los depositantes de la Eurozona en la máxima inseguridad jurídica. Lo cierto es que si el Parlamento chipriota no llega a oponerse se hubiese introducido finalmente el rescate con esos presupuestos.

El acuerdo, además, se situaba al margen de la legalidad al contravenir el orden de prelación previsto en la legislación concursal. Se ha necesitado una semana de inestabilidad e incertidumbre, que ha discurrido de bufonada en bufonada, para que la Troika y el Eurogrupo corrigiesen el desaguisado, aunque en modo alguno se puede afirmar que todo se haya arreglado. Permanecerán muchas secuelas. La desconfianza sembrada durará todavía mucho tiempo, y tendrá efectos imprevisibles.

Todo indica que una vez más en lugar de funcionar el buen sentido y las leyes económicas lo ha hecho el binomio puritano pecado-penitencia. Se ha querido castigar a Chipre y a los chipriotas por haber fundamentado gran parte de su economía en el dinero negro. En este caso, la tragedia tiene mucho de farsa. Cómo no recordar aquel episodio de la película Casablanca en el que el cínico capitán Renoir exclama mientras le entregan el dinero de sus ganancias: “Que vergüenza, que vergüenza, he descubierto que aquí se juega”. Los mandatarios europeos parecen comportarse de manera similar. “Qué vergüenza, qué vergüenza, hemos descubierto que en Chipre se blanquea dinero de extraña procedencia”.

Europa actúa con una enorme hipocresía. Condena de palabra los paraísos fiscales, pero permite al mismo tiempo, sin tomar medida alguna, que subsistan en la Eurozona. Es más, ¿acaso la carencia de armonización fiscal no implica que cada país pretende convertirse en cierto modo en un paraíso fiscal frente al resto? Cuando Chipre se incorporó a la Unión Monetaria su sistema financiero se fundamentaba en los mismos comportamientos que ahora, rasgándose las vestiduras, se censuran y se pretenden castigar. ¿Y qué va a pasar con Luxemburgo cuyo sistema financiero asciende a veintitantas veces su PIB?

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