Mejor el original que la copia

No resulta demasiado ocurrente afirmar que en las pasadas elecciones Artur Mas se ha llevado un enorme batacazo. Ciertamente no es original, pero sí cierto, sobre todo, teniendo en cuenta las expectativas alentadas por él durante la campaña electoral. El presidente en funciones de la Generalitat ha dado muestras de un gran oportunismo. Ante la difícil encrucijada económica, seguramente no muy distinta de la que se encuentran los presidentes del resto de las Comunidades Autónomas, decidió emprender la huida hacia adelante. Advirtiendo la respuesta masiva que se había dado a la manifestación de la Diada, vio el cielo abierto y se puso -nunca mejor dicho- al frente de la manifestación. Como un nuevo Moisés, se creyó el ungido de Dios para llevar al pueblo catalán a la tierra prometida. En esta charada, los ejércitos del faraón se identifican con los andaluces, extremeños, gallegos, castellanos, valencianos, aragoneses y el resto de los españoles, que esclavizan y explotan a los catalanes. Claro que, dicho así, resulta muy burdo y es preferible hablar del Estado español o del Gobierno de Madrid.

Mas creía que, por presentarse envuelto en la señera, se le iban a perdonar las regresivas y antisociales medidas tomadas a lo largo de los dos años de gobierno en la Generalitat; pero no ha sido así, y después de someter a una tensión extrema a las sociedades catalana y española, ha cosechado finalmente un radical fracaso. No solo no ha conseguido la mayoría absoluta que perseguía, sino que ha perdido doce diputados con respecto a las elecciones anteriores, con lo que ahora se encuentra en un escenario más difícil y complejo de cara a la gobernabilidad.

La posible coalición de gobierno con Esquerra es contra natura. Desde hace mucho tiempo, tengo por seguro que CiU es en materia económica el partido más de derechas y el que con mayor ahínco defiende los intereses del capital de todo el arco parlamentario y aun cuando el carácter de izquierdas de ERC, a pesar del nombre, esté muy coartado por el soberanismo, ¿se puede ser de izquierdas y nacionalista? No parece que puedan hallarse muchos puntos de encuentro entre ellos, si exceptuamos el del independentismo y, así y todo, con muchas matizaciones. Por otra parte, Artur Mas debe ser consciente de que ha sido el mejor agente electoral de ERC y que, de seguir por esa senda, puede conducir a CiU a perecer víctima del abrazo del oso.

Por mucho que algunos se empeñen, el resultado de estas elecciones no muestra ningún cambio significativo respecto a la distribución del voto entre los dos bloques (soberanistas y constitucionalistas, por llamarlos de alguna forma). Lo que sí se ha producido (pero eso ha ocurrido en la mayoría de las elecciones catalanas) ha sido deslizamientos de unas formaciones a otras dentro de cada uno de los bloques. Por otra parte, es muy dudoso que se pueda calificar de independentista a todo votante de CiU o de ERC, y mucho menos de ICV-EUiA. Hay otros muchos motivos de adhesión, especialmente en esta última formación política, que recoge todo el descontento de izquierdas ya sea o no independentista.

Casi todos los analistas han centrado sus comentarios en la comparación de los resultados actuales con los obtenidos hace dos años, pero pocos se han fijado en los de 2006. En referencia a estos comicios las diferencias son reducidas, casi insignificantes para CiU (48 diputados), ERC (21 diputados), IC (12 diputados). Donde se encuentra el verdadero cambio es en el número de escaños obtenidos por el PSC (37 en 2006). El balance para esta formación se hace extremadamente negativo si nos remontamos aun más en el tiempo. En 2003, obtuvo 42 diputados y en 1999, fueron 52 las actas alcanzadas.

Sin duda, Artur Mas ha sufrido un gran fiasco, pero fundamentalmente por haber hecho el ridículo iniciando un viaje a ninguna parte, y por echar por la borda la ventaja que había obtenido sobre ERC en las elecciones del 2010. La gente prefiere el original a las copias, y Mas había jugado a copiar a ERC. Lo lógico es que CiU le exigiera responsabilidades e incluso la dimisión. No obstante, podríamos decir que el fracaso de CiU es coyuntural. Al fin y al cabo, el número de diputados que ha obtenido no está muy lejos de la media de los cuatro comicios anteriores al 2012 (53).

El fracaso del PSC es distinto. Se podría afirmar que es estructural. No se refiere solo al hecho de haber perdido un número de diputados más o menos grande respecto a las elecciones pasadas. Es más bien la confirmación de una tendencia que conduce a esta formación al desastre, al abismo. Los resultados del PSC en las elecciones autonómicas catalanas han ido desde 1999 cuesta abajo siguiendo una pendiente muy pronunciada (52, 42, 37, 28, 20); desde entonces han perdido 32 diputados. Resulta patético escuchar las explicaciones y excusas de los responsables del PSOE tanto catalanes como nacionales, afirmando que los resultados no han sido malos del todo.

El PSC debería plantearse seriamente dónde se encuentra y cuál es el origen de este desastre. Quizá, una vez más, la respuesta haya que buscarla en el hecho de que los electores prefieren los originales a las copias y en que cuando un partido como el PSOE (o su sucursal en Cataluña) tiene un discurso nacionalista acaba convenciendo a los electores, pero para que voten a los nacionalistas. En esto, como en casi todos los temas, la etapa Zapatero ha sido nefasta; el anterior presidente del Gobierno, junto con Maragall y Montilla, terminó creando con el estatuto un problema donde no lo había o por lo menos no lo había con esa intensidad. De forma gratuita se han emponzoñando las relaciones de Cataluña con el resto de España y tal vez han obligado a CiU a tirarse al monte para distinguirse del nacionalismo socialista. La primera víctima ha sido el PSC, la segunda el propio partido socialista. Va a ser difícil que -al menos a medio plazo- se recupere, especialmente si la dirección continúa contaminada por la etapa anterior.

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