¿Y si nos saliésemos del euro? (III)

Apareció hace días en la prensa. Un millonario británico, Simon Wolfson, ha creado un premio de 250.000 libras para el economista que diseñe el mejor plan para que un país abandone el euro. Como el mismo Wolfson ha declarado, la finalidad del galardón radica en no caminar a ciegas en una hipotética situación que se desea que no ocurra pero que aparece como posible.

El tabú comienza a romperse y se impone la racionalidad de considerar que quizá sea inevitable la vuelta atrás, por muy duro que este camino parezca. La prudencia exige diseñar escenarios alternativos. No todos son igual de traumáticos. Desde luego, es distinto el abandono en solitario de un solo país que la ruptura del euro con el retorno de todos los Estados a sus antiguas monedas. La primera opción sería la más dura para el país en cuestión, mientras que la última podría ser la menos penosa. Entre ambos extremos se pueden intercalar diferentes posibilidades, desde la salida ordenada y de forma conjunta de todas las naciones que en estos momentos tienen dificultades hasta la opción contraria, la de que sean Alemania y aquellos países como Holanda, Austria y Finlandia, tradicionalmente pertenecientes al área del marco, los que dejen la Eurozona.

El aspecto más problemático y que puede acarrear mayores costes en este nuevo escenario de abandono o ruptura de la Unión Monetaria (UM) se encuentra en los activos y pasivos, principalmente en las modificaciones que pueden experimentar los créditos denominados en euros. La UM ha generado una gran extravagancia. Los países, las empresas y los particulares al endeudarse en euros lo hacían al mismo tiempo en moneda nacional y en divisa extranjera. Tal igualdad se rompe en el momento en que se abandona la Eurozona.

La salida por parte de un solo país, que iría acompañada de la devaluación de su moneda, pondría en graves aprietos a aquellas entidades, comenzando por el propio Estado, que tuviesen deudas nominadas en euros, hasta el extremo de que sería muy posible que no pudieran pagar la totalidad de ella y tuvieran que aplicar una quita, o declararse en suspensión de pagos. Sin duda, una situación muy grave. Pero ¿acaso resulta distinta para Grecia la situación actual, cuando se está previendo una quita del 50%? ¿Es que tal vez la depreciación de su moneda alcanzaría este nivel? Llegado a este límite de insolvencia ¿no sería mejor para este país abandonar la UM? Grecia no es un caso aislado y mucho menos constituye el origen de todos los males. Se trata más bien de un dique y no demasiado fuerte. Si los mercados se han cebado contra el país helénico es por ser el eslabón más débil; pero de no estar en el euro sería otro el que le sustituyese, y así un país tras otro hasta llegar muy posiblemente a Francia.

El panorama es bastante diferente si lo que consideramos es la fractura de la Eurozona, puesto que forzosamente al desaparecer esta divisa los créditos denominados en ella tendrían que convertirse a moneda nacional, y lo más lógico es que se utilizasen los tipos de cambio empleados para hacer la conversión en el momento en que se creó la UM. Las monedas entrarían a continuación en libre flotación, y se realinearían, devaluándose (o revaluándose) unas frente a otras. Es de suponer que, por ejemplo, la peseta se apreciaría frente al escudo o al dracma y se depreciaría frente al franco o al marco.

Esta evolución en los tipos de cambio acarrearía modificaciones en el valor de los activos y pasivos que hasta la desaparición de la UM habían estado nominados en euros. Modificaciones cuyo signo e importancia dependerían de las monedas propias de los prestatarios y prestamistas. Tal vez un ejemplo ayude a entender este escenario. Supongamos que un banco español posee en su activo deuda española, francesa y portuguesa. De cara a la entidad, la deuda española mantendría estable su valor mientras que se apreciaría el de la deuda francesa y se depreciaría el de la portuguesa.

Es difícil saber cuál sería el resultado de esta reestructuración de activos y pasivos, ya que las consecuencias serán distintas según sean los agentes. Es evidente que los activos de aquellas entidades con monedas fuertes, por ejemplo las alemanas, perderían valor ya que la devaluación de las otras divisas implicaría una quita silenciosa y gradual de los distintos títulos, quita de cuantía diferente según fuese diferente también la depreciación de las otras monedas. Pero en realidad este proceso de pérdida de valor de la deuda (quita) no sería muy distinto del que ya han llevado a cabo EE UU, Japón o Inglaterra por haberse devaluado su divisa con respecto al euro. Es decir, en la actualidad los bancos alemanes (pero también los de todos los otros países de la Eurozona, incluidos los españoles) han soportado quitas muy cuantiosas -que han pasado desapercibidas por ser graduales y unidas a la depreciación del tipo de cambio-, en los activos que poseían, nominados en dólares, en yenes o en libras. Curiosamente, a nadie se le ocurre afirmar que estos países han suspendido pagos. Todo lo contrario. Obtienen sin ningún problema los recursos que necesitan de los mercados y a un tipo de interés parecido al que paga Alemania.

La razón principal del trato que reciben estos Estados se halla en que cada uno de ellos cuenta con un banco central, dispuesto a respaldar totalmente su deuda, lo que no ocurre en la Eurozona, pero que sí le sucedería a cada uno de sus miembros una vez que hubiesen abandonado la UM. En este comportamiento de los mercados se produce un cierto espejismo porque, tal como se ha expuesto, los bancos centrales pueden garantizar que se pagará la deuda, pero no el valor de la misma, ya que la moneda puede depreciarse, y tal vez como resultado de la actuación del propio banco central.

La quita que representa la conversión de las deudas en euros a moneda nacional y posterior devaluación de esta no tendrían por qué ser más nocivas para los acreedores que las que se van a producir si se mantiene la UM. Por otra parte, es muy posible que la desconfianza de los mercados se redujese una vez que las devaluaciones se hubiesen llevado a cabo. Los países que tuviesen que devaluar su moneda contarían a su favor con un banco central propio y también con el apoyo del resto de los países cuya divisa se fuese a revalorizar, ya que tampoco sería conveniente para ellos que tal cosa ocurriese en demasía.

Un requisito imprescindible para el abandono o ruptura de la UM es que se haga con nocturnidad y alevosía, es decir, de improviso. Lo que realmente tendría consecuencias dramáticas es que constituyese una muerte anunciada, que la decisión se adoptase cuando todo el mundo estuviese convencido de que se produciría y los recursos hubieran emigrado ya a las naciones más favorecidas. El sigilo y la sorpresa constituyen condiciones necesarias, como necesario sería que los países implicados introdujeran, aunque fuese provisionalmente, mecanismos de control de cambios. Pero la celeridad con que ha de instrumentarse la decisión no tendría por qué suponer demasiada dificultad dado el desarrollo actual de la tecnología.

Sin duda son muchas las incógnitas que subsisten acerca de cómo evolucionarían determinados parámetros tras la ruptura de la UM, pero no más que las que existen en el supuesto de que la eurozona continúe, ni de las que había cuando se acordó sustituir por el euro todas las monedas. Jamás se había hecho un experimento igual.

Aquellos que de forma catastrofista pintan la ruptura de la UM como el Apocalipsis, amenazando con no se sabe qué carreras de devaluaciones competitivas e incluso con la guerra, habrá que recordarles que una cosa son las devaluaciones competitivas, aquellas que se realizan con la finalidad de robar de forma espuria un trozo de pastel al vecino, y otra las devaluaciones necesarias que pretende tan solo retornar a la competitividad perdida, equilibrando la evolución de los precios exteriores a la de los interiores. Las primeras pueden ser malas pero peor es no acometer las segundas. Por otra parte las devaluaciones, competitivas o no, ya se están practicando por parte de todos los países, comenzando por China, terminando por EEUU, y pasando por Japón, Gran Bretaña y otros muchos países más. Los únicos que no las hemos practicado somos los que permanecemos esclavos de la política paranoica de Alemania. Y en cuanto a la guerra por motivos económicos… de haber alguna posibilidad en los momentos actuales, que no parece haberla, no habría que mirar a Europa (unida o separada) sino a China y a EEUU y a sus simétricos desequilibrios en la balanza de pagos.