España es diferente

Parece que la única estrategia del Gobierno español durante la crisis consiste en afirmar que España no es Irlanda ni Grecia ni Portugal. Bien es verdad que esa postura no es original. Tal latiguillo lo repiten no sólo los gobernantes españoles, sino también los del resto de los países. Y es cierto que existen discrepancias, ¿cómo no iba a haberlas si los países son diferentes? Pero las semejanzas son lo bastante grandes para aconsejar que todas estas naciones se hubiesen unido en una estrategia común en lugar de adoptar la postura de “tonto el último”.

Para empezar, todos ellos pertenecen a la Eurozona y carecen, por tanto, de moneda propia y de un banco central que los respalde. Su pertenencia al euro les ha permitido un fuerte endeudamiento, ya sea público o privado, que durante largos años les dotó de una apariencia de prosperidad, aunque asentada sobre una burbuja especulativa que antes o después tenía que explotar.

De forma generalizada, han adoptado también una política económica neoliberal: desregulación de los mercados, privatizaciones, reducción de impuestos, cambios en la distribución de la renta en contra de los costes laborales y a favor del excedente empresarial, liberalización del sistema financiero, etc.

Es cierto que no todos los países partían de igual situación ni han aplicado esta política con la misma intensidad. En ese sentido, Irlanda ocupa un puesto de honor. Seguramente habrá sido el país que arrancaba de un escenario peor y, a la vez, el que adoptó más plenamente los principios neoliberales y se entregó con más afán a la desregulación y a la especulación, hasta el punto de ser el ejemplo para los adictos del neoliberalismo económico.

Irlanda supo aprovechar todos los resquicios que la Unión Europea le brindaba. En primer lugar, fue el Estado que más recursos recibió de los distintos fondos comunitarios, un promedio anual de alrededor del cuatro por ciento del PIB cuando en España este porcentaje se situaba en el entorno del uno por ciento. En segundo lugar, y quizás más importante, no tuvo ningún empacho en practicar el dumping fiscal, social y laboral con tal de atraer capital e inversiones, consiguiendo que un gran número de multinacionales se asentasen en su suelo.

Estos días se está aireando el hecho de que Irlanda tiene el impuesto de sociedades más bajo de toda la Unión 12,5 por ciento. Es lógico que el resto de países se sientan indignados por la competencia desleal que tales planteamientos han supuesto. Pero este es el gran error sobre el que se ha construido la Unión Europea: libre cambio, libre circulación de capitales, sin que previamente se hubiese armonizado la legislacion fiscal, laboral y social.

Los países –lejos de incrementar la productividad– han pretendido crecer mediante el mecanismo de quitar un trozo de pastel al vecino, utilizando cada uno los instrumentos que tenían más a mano. España, por ejemplo, se ha valido de los bajos salarios (sus costes salariales en términos reales se hallan entre los que más han disminuido en los últimos treinta años en la Unión Europea) y en una presión fiscal muy reducida. Según un informe de la propia Agencia Tributaria, a pesar de que el tipo nominal del impuesto de sociedades es del 30 por ciento, el tipo efectivo sólo alcanza el 10 por ciento; es difícil saber si al final queda por encima o por debajo de Irlanda.

La misma Alemania, desde la Agenda 2000 de Schröeder, está aplicando ajustes en materia social y laboral muy duros con el fin de competir con el resto de los países miembros. A partir de la creación de la Unión Monetaria, ha surgido un factor nuevo de competencia desleal: la utilización de un tipo de cambio real infravalorado, que es compatible con un tipo de cambio nominal fijo. Este es precisamente, el caso de Alemania dentro de la Eurozona.

Todo este proceso conduce al desastre, no sólo desde el punto de vista social y del de la igualdad, sino también desde la óptica simplemente económica, porque los demás países reaccionan de la misma forma generándose una carrera al infinito. Siempre habrá países que tengan costes laborales más bajos o menor presión fiscal.

En Irlanda se ha dado otra variable que ha precipitado su economía a la quiebra. En su afán por aparecer como el abanderado del neoliberalismo económico a efectos de atraer inversiones exteriores, ha liberalizado totalmente el sistema financiero hasta convertirlo en un monstruo que ha devorado al propio Estado. Irlanda, un país pequeño, se encontró al final con unos bancos desproporcionados para su tamaño a los que no pudo respaldar. Problema parecido al de Islandia. Además, en su papel de estar siempre a favor del capital, fue el primer país de la Unión en determinar que el Estado respaldase todos los depósitos bancarios sin límite de cantidad, y no contento con ello ha pretendido avalar no sólo los depósitos sino todo tipo de pasivos bancarios. Al final, la insolvencia de sus bancos se ha trasformado en la insolvencia del propio Estado. Y esperemos que no termine ocasionando la insolvencia de algún otro Estado que se considera “diferente”.

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