Irak y el principio de no intervención

Es sabido que la realpolitik asume el principio de que el fin justifica los medios. La máxima es en extremo discutible y, de hecho, ha sido condenada por casi todas las morales, ya que bajo su influjo se ha cometido toda clase de desmanes. Aun desde una posición cínica y aceptando este principio, es difícil encontrar una finalidad que pudiera justificar los medios empleados en la guerra de Irak. Las secuelas hablan por sí solas. Más de 100.000 iraquíes y 4.700 soldados de la coalición, muertos; cerca de 800.000 millones de dólares gastados; un país destruido en lo material y desarticulado en lo social, y no hace falta relatar, por haber aflorado continuamente a la prensa, las atrocidades cometidas.

Pero, con todo, lo más terrible de esta contienda es su inutilidad y la carencia de cualquier finalidad. Ni Sadam tenía armas de destrucción masiva ni se ha combatido el terrorismo ni se ha instaurado la democracia. Lejos de contribuir a la seguridad mundial, este conflicto ha exacerbado el sentimiento antioccidental de los árabes y su conciencia de ser tratados injustamente. Lejos de instaurar la democracia –la democracia nunca se instaura con cañones–, las tropas americanas en su retirada dejan un país sin instituciones, étnica y religiosamente dividido y al borde de la guerra civil.

Deberíamos preguntarnos, no obstante, si el caso de Irak es tan insólito, o es simplemente el extremo de un conjunto mucho más amplio, todos con características parecidas. ¿Acaso en Afganistán no se están produciendo las mismas atrocidades y el resultado no va a ser similar? El aspecto formal, al que se agarra por ejemplo Zapatero, de que la ocupación se ha realizado bajo los auspicios de la ONU no cambia sustancialmente el problema. Mientras el Consejo de Seguridad  continúe monopolizado por cinco países con derecho a veto, este organismo no tendrá ninguna legitimidad. En realidad, la única diferencia estriba en que si bien países como Francia o Rusia se opusieron a la invasión de Irak, en Afganistán, impresionados por la masacre de las torres gemelas, dieron su aquiescencia. Por otra parte, es difícil recurrir a la ONU cuando Israel incumple todas sus resoluciones.

Si analizamos los conflictos en los que ha mediado eso que se ha dado en llamar la comunidad internacional, descubriremos que la gran mayoría de las intervenciones han resultado un fracaso, dejando los países respectivos en peores condiciones que al inicio de la operación. Y es que una ocupación extranjera difícilmente puede solucionar los problemas internos ni cambiar una sociedad, por muy buenas intenciones que se tengan; tanto más cuanto que a menudo éstas siempre llevan adheridos motivos menos confesables. ¿Con qué criterio se seleccionan las intervenciones? ¿Por qué se decide actuar ante determinadas supuestas injusticias y se permiten otras más flagrantes? Mientras los países occidentales contemplen con total pasividad el genocidio que Israel está practicando con los palestinos, será difícil que puedan justificar actuaciones en otras partes del mundo.

El fracaso de la ocupación de Irak, reconocido hoy de forma casi unánime, podría hacer reflexionar acerca de si no sería mejor retornar al principio de no intervención. Sin duda, el panorama internacional no ofrece muchos datos para el optimismo: dictaduras, violación de derechos humanos, guerras, pueblos oprimiendo o masacrando a otros pueblos; pero hay que dudar seriamente de que las intervenciones u ocupaciones extranjeras arreglen algo; bien al contrario, puede ser que empeoren la situación y, desde luego, hay que rechazar su legitimidad en tanto no exista un orden internacional que pueda tenerse por tal en lugar de la imposición de cinco naciones, por importantes que sean.

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