Protestas

No es que nos estemos acostumbrando a hacer mal las cosas. Estamos malacostumbrados. Más bien, somos unos ciudadanos malcriados. Como acaba de suceder con las huelgas de taxis de Barcelona y Madrid, creemos que las protestas -justificadas o no- nos permiten hacer cualquier cosa, incluso paralizar una ciudad. Y eso no es democracia; más bien, todo lo contrario.

Lo de que mi libertad termina donde comienza la del otro no es una simple frase hecha. Ni un aforismo. Es una de las verdades esenciales de la convivencia democrática. Si mis protestas afectan a la libertad de los demás, algo se está haciendo mal. ¿Qué sentido tendría que, por ejemplo, me sentase yo en medio de la Castellana para protestar contra la corrupción política? Mi causa tendría sentido; mis maneras, de ningún modo.

Lo de los taxistas es un ejemplo paradigmático. En primer lugar, no es una huelga, pues no dejan de trabajar para protestar contra ningún empleador. Por otro lado, van más allá de las manifestaciones constitucionales para paralizar lo que se les ponga por delante. Por último, usan métodos más propios del matonismo de principios del siglo XX que formas propias del actual.

Sus acciones son un desmesurado cúmulo de ilegalidades. Pero nadie hace nada, salvo negociar. Y, como recordaba Churchill, nada de negociar con el tigre mientras tenga nuestra cabeza en su boca.

Nos hemos acostumbrados a que las protestas perjudiquen a la sociedad en conjunto, a cada individuo en particular. Pero todo debe tener un límite.

Por supuesto, esto no consiste en limitar el derecho al pataleo. Las protestas son constitucionales, sean legítimas o no. Lo que resulta inadmisible es que mi queja joda al personal.

Los taxistas se han pasado tres pueblos. Y las fuerzas del orden apenas han actuado. Quizás la prudencia sea lo mejor cuando los ánimos se desmandan. Pero ahora los responsables de las paralizaciones de calles y avenidas deberían pagar daños y prejuicios a los afectados.

Ya que no estamos dispuestos a emplear el monopolio estatal de la violencia, quizás deberíamos atacar al bolsillo del responsable de las protestas ilegales y perjudiciales para el medio y el extremo ambiente. Con el dinero se suele ser más moderado.

Estamos malacostumbrados. Creemos que nuestras quejas nos permiten hacer cualquier cosa. Pero eso no es propio de un Estado de Derecho.

Aún menos de una democracia.