Glass (Cristal)

Hay cosas que no han cambiado en M. Night Shyamalan. Quizás en un gesto de megalomanía, gusta de aparecer en todas sus películas, cual Hitchcock redivivo. En Glass (Cristal), su más reciente estreno, nos topamos con un Shyamalan avejentado, pero igual de mal actor que siempre.

En cambio, como director Shyamalan sí que ha ido cambiando. Tras una asombrosa y reconfortante presentación -desde El sexto sentido hasta El bosque– cayó en la más absoluta mediocridad –La joven del agua, Airbender y After Earth-. Desde entonces intenta recuperar la senda de la genialidad. El año pasado se estrenó en España Múltiple, que no estaba mal, pero tampoco bien.

Precisamente, Glass une las historias de Múltiple y El protegido, su segundo largo, una joya. En cualquier caso, resulta en exceso ambicioso, megalomanía en estado puro, tanta autorreferencia. Disfruté, dos veces, de El protegido, hace más de tres lustros. Volver a ella, ahora, cuesta esfuerzo… y se pierde la grata sensación que dejó en mi memoria.

Así, uno de los principales defectos de Glass es que nos traslada a un universo muy personal del director, de M. Night Shyamalan. Otra mirada más a los superhéroes, solo que aquí se plantea qué pasaría si realmente existiesen. En este sentido, poco o nada aporta a este subgénero que parece fagocitarlo todo.

Así, el supérhéroe, el supervillano y la bestia se ven atrapados en un psiquiátrico donde transcurre casi toda la trama. Shyamalan, también, quiere jugar a Alguien voló sobre el nido del cuco, sin conseguirlo. Su audacia, temeraria, suele fracasar.

En cambio, cuando el filme se centra en el cine como entretenimiento, Shyamalan consigue su objetivo. Glass, más allá del onanismo, se deja ver, divierte, apenas cansa en su alargado metraje.

A ello ayuda un buen elenco. Bruce Willis siempre es eficaz, al igual que Samuel L. Jackson. James McAvoy, ahora sin sorpresa, encarna al tipo de múltiples personalidades, pero sin conseguir estar a la altura de John Barrymore. Y Sarah Paulson consigue dar solidez a un personaje completamente improbable.

El filme posee cierta tensión dramática. Glass, repito, entretiene. Y al final recupera esos sorprendentes giros del primer Shyamalan. Solo que lo hace dentro de ese reducisísimo universo creado por el director. Y que no es para tanto.

Shyamalan ha tenido suerte de poder ser autor desde el inicio. Y eso ha sido malo para el cine. Glass (Cristal) es el ambicioso sueño de un buen director que se cree más creador de lo que es. Con un Irving Thalberg  todo habría sido infinitamente mejor.