El dislate nacional

En las elecciones de 1933 ganó la CEDA, coalición de derechas. Como el presidente de la II República, Niceto Alcalá-Zamora, no la consideraba suficientemente republicana, pidió formar gobierno al Partido Radical de Alejandro Lerroux. La CEDA no entró en el Ejecutivo hasta octubre de 1934. Con tres ministros (1). Y gran parte de la izquierda reaccionó con una insurrección que provocó el caos, especialmente en Asturias. Otra anécdota más del dislate nacional.

El sistema electoral republicano era, en sí, un despropósito. En eso hemos mejorado. Ahora, tras muchos lustros de PSOE, en Andalucía se cambia de rumbo, algo bueno en democracia. PP y Ciudadanos forman el nuevo gobierno andaluz. Para llegar al poder han necesitado el apoyo de los votos de Vox, partido “poco republicano”. Pero que ha acudido a las urnas de manera legal, como los demás.

La izquierda clama al cielo. No entiende que un gobierno se forme con el apoyo de un partido populista, poco democrático, antisistema. E incluso, se han organizado manifestaciones frente al parlamento andaluz.

Manifestaciones pagadas con dinero de partidos políticos, a saber, dinero en su mayor parte procedente de los contribuyentes. Esta nueva costumbre de presionar a los parlamentos desde la calle de enfrente alimenta la leyenda de dislate nacional.

Ciertamente, nada tiene mucho sentido. Lo que en Andalucía es un delito, en Madrid no se ve tan mal. Así, el Gobierno de España recibió en el Congreso el apoyo de los partidos independentistas catalanes. A su manera, partidos populistas, poco democráticos, antisistema. Desde luego, no muy amigos de la actual constitución, pero que bien aceptan las dádivas de La Moncloa.

Así, lo que Pedro Sánchez defiende en Suecia lo niega en España, salvo cuando le interesa. Si esto no fuese puro dislate, serían los partidos “suficientemente republicanos” los que se aliasen.

Porque ahí tenemos a Podemos. Su programa es digno de estudio. Etéreo, nada concreto, lo mismo defiende la bicicleta que “una infancia sin deberes”. Si se observan detenidamente sus medidas económicas, se deduce, en su desprecio a la propiedad, que quieren cambiar, drásticamente, el sistema económico. De manera poco o nada democrática, inconstitucional, siempre liberticida.

Pero, del mismo modo que en gran parte de nuestro país se elude considerar Cuba como una dictadura, aquí el dislate consiste, en gran parte, en el doble rasero con que se miden y consideran los distintos extremos. Vox es muy malo. Podemos, aceptable.

Lo más triste de todo es que el dislate fomenta los extremismos. Falange, durante la República, fue un partido muy minoritario hasta el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936. La radicalización de la izquierda promovió el ascenso del fascismo español.

De la misma manera, las actitudes radicales de muchas personas, como Carmen Calvo, son perfecto caldo de cultivo para el crecimiento de los populismos. Como escribí hace dos domingos, eso de ni un paso atrás es una chorrada. Quizás haya que rectificar algunas cosas para que ellos, los poco o nada democráticos, no den ni un solo paso adelante.

Pero, tristemente, no creo que haya nada que hacer. En lugar de buscar, desde la cordura, la conciliación de los defensores del sistema, continuaremos jugando al dislate nacional. Lástima.

(1) Los gobiernos del bienio radical-cedista apenas aportaron nada bueno a España. Sin embargo, Gil Robles, en contra de sus propios sentimientos, fue bastante más leal a la República de lo que se suele sugerir. Por lo menos hasta la Guerra Civil.