El vicio del poder

Entre sus muchos otros cometidos, la creación artística puede ser la mejor manera de analizar, retratar y criticar la realidad. Aún mejor si tratamos de los terrenos de la política. El género político en el cine español no existe. En Estados Unidos, afortunadamente, sí. Como bien demuestra El vicio del poder, biografía cinematográfica del afamado infame Dick Cheney.

El director y guionista de la película es Adam McKay, el mismo que nos regaló La gran apuesta, espléndido fresco sobre la crisis de 2008. Ahora, con El vicio del poder cuenta parte de la historia de Estados Unidos a partir de la vida del que fuera vicepresidente de George W. Bush. Y con este biopic asistimos a medio siglo de acontecimientos, especialmente los relacionados con el partido republicano.

Una de las grandes virtudes de El vicio del poder es su argumento, la trama en sí. Basado en hechos reales, aunque a veces cueste creerlos, el ritmo de hechos, escenas y secuencias es trepidante. Durante tres cuartas partes de su metraje es apasionante. Solo cuando llega la vicepresidencia, el 11S, lo ya más o menos conocido, el filme decae un poquito. Quizás porque torna en un tanto sesgado, quizás por agotamiento, quizás porque pierde el elemento sorpresa.

Aunque se haya calificado de comedia, El vicio del poder tiene más de drama. Eso no impide que, en ocasiones, recuerde a Forrest Gump. Pero aquí todo es demasiado real como para poder tomárselo a broma. El guión, bonísimo, consigue atrapar la atención del espectador… aunque muchas cosas se antojen como imposibles.

La segunda gran virtud de la película es su puesta en escena. Más allá de la espléndida labor de maquillaje, la película está repleta de pequeños planos intercalados que muestran atrocidades reales, imágenes alegóricas, chistes ocultos, provocaciones surrealistas… McKay vuelve a demostrar que tiene personalidad, estilo propio… con la ventaja de que prima lo que se cuenta.

Por fin, El vicio del poder es un magnífico muestrario de grandes interpretaciones. Los artistas consiguen clavar a sus personajes. Que Christian Bale borda a Dick Cheney ya ha trascendido. Su capacidad de actuar con la mirada es extraordinaria. Ya se puede decir que es uno de los mejores actores de siempre.

Pero el resto de actores también asombra. Amy Adams está estupenda como la mujer de Cheney. Y Steve Carell, Sam Rockwell, Alison Pill y demás completan un elenco sobresaliente. Consiguen, contra todo pronóstico, encarnar a personajes reales sin caer jamás en la farsa.

Porque, aunque parezca mentira, mucho de lo que se cuenta suena más propio de la farsa que de la Historia. El vicio del poder –me gusta más su título en inglés, Vice– critica parte de la historia reciente de Estados Unidos. Su protagonista piensa que está haciendo lo correcto… y eso torna en trágico cuando vemos las consecuencias de sus acciones. Sin ser excesivamente tendenciosa, es una película acerada, dura, crítica.

Comienza ya la cuenta atrás hacia los Oscar. Y El vicio del poder estará entre las grandes favoritas: por estilo, guión e interpretaciones. Da gusto cuando, además de entretener, te topas con un filme hondo, enjundioso… que dice mucho sin que apenas te enteres hasta haber salido de la sala. Entonces, el estremecimiento, la congoja.

Porque, ¿en manos de quiénes estamos?