La octava vida

Desde la más profunda vocación, suelo escribir sobre educación. Sobre la perentoria necesidad de mejorarla. Pero, tras un amago de acercamiento, los partidos vuelven a la gresca con motivo del nuevo proyecto de ley educativa. En el fondo, a todos se la refanfinfla. Y servidor se siente agotado. Por suerte, aún nos quedan algunos grandes libros, como La octava vida (para Brilka).

La octava vida se publicó en España el otoño pasado. Su autora es la georgiana Nino Haratischwili, afincada en Alemania. Esta novela es una joya, uno de esos escasos libros que, mágicamente, aparecen de cuando en cuando para librarnos de murrias, para reconciliarnos con el ser humano aun cuando nos recuerden cuán tenebrosos podemos llegar a ser.

La octava vida cuenta la vida de una familia georgiana a lo largo del siglo XX. Aunque estructuralmente se centra en ocho personajes –un hombre y siete mujeres–, esta saga abarca un universo mucho más amplio. Es un libro con multitud de seres, reales o ficticios, tan cercanos como creíbles.

Cada una de sus vidas se relata con lúcida sencillez, con encomiable soltura narrativa. Por eso, aunque el libro tenga más de 1.000 páginas, se lee como en un suspiro. Largo, mas delicioso suspiro. Porque esta novela “mundo” consta de muchas historias, de muchas anécdotas, de muchos reveses y de alguna alegría. En conjunto, conforman uno de esos frescos maravillosos que retratan el siglo más tenebroso.

Porque, en torno a Georgia, La octava vida nos devuelve a la Unión Soviética para recordarnos que no solo Stalin fue un malvado. Aquel sistema corrupto en esencia, enemigo de la libertad, modela la suerte de los muchos personajes que pueblan esta obra maestra. Además, el libro sabe colocar con eficacia los hechos en su concreto contexto histórico.

Sin embargo, el libro es de todo menos un panfleto. Con algo de realismo mágico –el recurso de la receta secreta de chocolate es uno de los más deliciosos con los que jamás haya topado– se centra con mesura en mostrarnos quiénes son Christine, Stasia, Elene, etc. y en qué consisten sus respectivas aventuras existenciales.

Tan buena es La octava vida que consigue ser neutra incluso cuando relata los actos más cruentos y salvajes. Es una genial novela de una escritora mayúscula.

Además, cuenta con la ventaja de contarnos las cosas desde una perspectiva diferente, nueva, refrescante. Tanto he disfrutado con este libro que ya me planteo hacer algún viaje a las escarpadas costas georgianas del Mar Negro.

Ahora que he terminado La octava vida, y he vuelto a las memorias de Pío Baroja, me topo de nuevo con la realidad. Es inevitable pensar que la gran mayoría de los estudiantes españoles, víctimas de un sistema educativo laminador, serían incapaces de enfrentarse a la novela de Nino Haratischwili. Y no porque apenas sepan nada sobre la Unión Soviética. También porque es una novela que exige esfuerzo y dedicación.

Por no hablar del amor hacia los libros, hacia las grandes novelas de toda la vida.

P.S.: La octava vida ha sido publicada por Alfaguara en modélica traducción.