Juliet, desnuda

Más allá de cualquier consideración crítica, Nick Hornby es un novelista ameno. Nada más lógico que varias de sus novelas hayan sido adaptadas para la gran pantalla. Dos películas divertidas, Un niño grande y Mejor otro día, están basadas en sus libros. Alta fidelidad, una joya, también –libro y filme son imprescindibles–. Ahora acaba de llegar a nuestras pantallas Juliet, desnuda.

Juliet, desnuda se basa lejanamente en el libro homónimo de Nick Hornby. La película, en apariencia, es una comedia romántica que nos cuenta cómo una mujer, que vive con un acérrimo fan del desaparecido rockero Tucker Crowe, termina conociendo y “salvando” a tan atormentado personaje.

Así, a partir de este triángulo amoroso se articula una trama bastante previsible.

Juliet, desnuda, la película, se aleja de los elementos más dramáticos de la novela para, empero, convertirse más en un filme romanticón que en una auténtica comedia. En cualquier caso, es agradable de ver, entretiene y tiene un par de buenos chistes.

El filme, por otro lado, cobra valor por otros dos elementos, estos bastante interesantes:

  1. Juliet, desnuda, en el fondo, trata sobre segundas oportunidades. Dos personas, atrapadas en una vida llena de desencanto y remordimientos por lo que pudo ser y no fue, se encuentran y ayudan a encontrar un nuevo camino. Esta salida del hoyo es más interesante que el romance en sí.
  2. Aunque veladamente, la película critica de manera acerba a aquellos internautas que crean realidades paralelas, falsas, pero que defienden con paradójicos ardor y vehemencia. El filme quizás desperdicia la oportunidad de ahondar en un tema actual e inquietante.

En cualquier caso, Juliet, desnuda pierde valor por la escasa enjundia de varios de sus personajes. La protagonista, encarnada en una sosa Rose Byrne, carece de carisma e individualidad –en el libro está bastante mejor construida–. La vis cómica de Chris O’Dowd se diluye en el fragor de lo previsible. Ethan Hawke, por el contrario, saca adelante al viejo rockero interpretándose a sí mismo. Su hijo, en la piel de Azhy Robertson, probablemente sea lo mejor de la peli.

Juliet, desnuda, en definitiva, es una película que se deja ver. Es bonita. Pero no aporta nada nuevo ni tampoco despierta grandes risas ni emociones. Como la novela homónima de Nick Hornby, demuestra cierto agotamiento, cierta pereza mental, cierta incapacidad creativa.

Claro que, por fortuna, tenemos la suerte de que el cine es una creación inmortal. Ahí tenemos Alta fidelidad, en dos formatos, para volver a ella una y otra vez.