Realidad y 2019

En 2017 en España se suicidaron 3.679 personas, más de 10 al día. La noticia ha trascendido, pero apenas se ha analizado. Tantos suicidios, ¿son propios de una sociedad sana? Demasiada realidad para un país, España, con tantos complejos y tanta afición a lo superficial, a lo anecdótico, a la zarandaja.

Aquí somos más de prestar atención al vestido de la Pedroche, la última baladronada de Gabriel Rufián o a la próxima crisis de Madrid o Barça. Anécdotas sobre realidad. Por eso no puede extrañarnos que vivamos en un eterno día de la marmota. Pocos o prácticamente nadie se atreve a mirar a la esfinge a la cara.

Previsiblemente, 2019 será año de múltiples elecciones. Y ahí tenemos a medio país haciendo cábalas y cuentas sobre qué será de nuestras instituciones. Pero, ¿qué pasa con el Estado? ¿Qué será de España si no se atiende a sus carencias, a su realidad auténtica?

Por ejemplo, la justicia. Conozco a numerosas personas cuyos casos de hipotecas multidivisa se encuentran empantanados en juzgados y tribunales. Las cosas no avanzan, porque el poder judicial funciona en precario. La justicia que importa, la de abajo, apenas atrae la atención de nadie. Y ese es un fracaso, real, del Estado. Como solía preguntarse Coucheau, ¿es esto un auténtico Estado de Derecho?

La Justicia, en mayúscula o minúscula, debería estar al margen del juego político. No es algo coyuntural, sino estructural. Sin un aparato judicial eficaz, nuestra realidad será siempre poco democrática. Pero ningún partido plantea medidas serias y meditadas para asegurar el funcionamiento diligente y raudo de nuestros juzgados.

Mientras tanto, la educación funciona de aquella manera. Hace algunos meses hubo unanimidad en recuperar la filosofía en la educación secundaria. Ya está. El tema parece haber quedado en el olvido. Importan más fruslerías como “marías” y métodos psicopedagógicos que, por cierto, comienzan a ser cuestionados por numerosos expertos –básicamente, vienen a decir que menos samba y más trabajar–.

Pero hemos de estar contentos, porque los estudiantes europeos podrán cursar sus carreras en tres países diferentes. Nadie se pregunta sobre qué sabe un graduado universitario del siglo XXI. En realidad, ¿están preparados aunque sea para ejercer como buenos y atentos ciudadanos?

Porque algo debe fallar cuando los populismos crecen por doquier. Algo se ha roto cuando gente de bien ignora el dogmatismo excluyente, poco o nada democrático, de Vox o Podemos. O cuando se aceptan como inamovibles doctrinas resentidas como las que propugnan todas las corrientes de lo políticamente correcto.

Comienza un nuevo año, 2019. Como siempre, uno se llena de buenas intenciones y/o deseos. Pero la realidad se muestra mucho menos halagüeña. Nada indica que, por arriba y por abajo, nadie vaya a mover un dedo para mejorar lo que realmente importa.

Podríamos empezar, por ejemplo, preguntándonos cuántos de nosotros contrataría para trabajar con o para nosotros a cualquiera de los diputados, asamblearios o concejales de las muchas instituciones democráticas que –se supone– nos representan.

La realidad está ahí… pero son muy pocos los que se atreven a observarla y analizarla.

Por mi parte, desde la más ilusa de las convicciones, solo le pido a 2019 algo de mesura, de inteligencia, de discreción… de sentido común.

Hay que soñar mientras dure la sensación de pagana renovación.

P.S.: La realidad más preocupante afecta al futuro del sistema de pensiones. Pero nadie analiza ni propone soluciones.