Ralph no rompe nada

Durante algún tiempo el cine de animación ha sido la reserva espiritual de la buena comedia. Especialmente gracias a Pixar y algunas joyas como la trilogía Toy Story, Up o Wall-E. Pero también con títulos de otras factorías como Shrek, Gru: Mi villano favorito o ¡Rompe Ralph!

Pero todo lo que tiene un inicio se termina acabando. Pixar ya se entregó al público infantil con guiones más fáciles, como los de Cars o Los Increíbles 2.

Lógico, pues la comedia necesita de talento y trabajo. La taquilla, empero, no es tan exigente. Así, ¿para qué el esfuerzo, si basta con entregar unos cuantos dibujos luminosos, brillantes y dinámicos?

¡Rompe Ralph!, estrenada a finales de 2012, fue una agradable sorpresa. Con un excelente guión y un ritmo trepidante, la película era una buena comedia de acción sita a la estela de Monstruos S.A. y Los Increíbles. Era un divertido acercamiento al viejo mundo de los videojuegos de moneda. Pero, sobre todo, era un reconfortante espectáculo que hacía reír a partir de unos personajes hondos y reconocibles.

Como es inevitable en este mundo nuestro, ha llegado la segunda parte: Ralph rompe Internet. Así, sin signos de exclamación. A los responsables de la versión española les ha traicionado el subconsciente. Porque esta nueva entrega parece una insulsa copia de aquella de la que parte.

En primer lugar, porque no se han trabajado los personajes. Si Ralph y su amiga Vanellope lo rompían en la primera parte, ahora ellos mismos aparecen abrumados y fatigados de su propia relación. Amistad que, a pesar de su flojera, ahora forma parte esencial del eje narrativo de Ralph rompe Internet.

En segundo lugar, porque ahora la acción se ha convertido en una suerte de incesante imitación de lo que llevamos lustros viendo… ya cansa tanta secuencia repetitiva… o, mejor, repetida. Por si fuera poco, la surrealista última media hora es tan burda como empalagosa.

Y, en tercero, porque la comedia ya no es fina. Gruesa, sencilla, quizás llegue a los más pequeños, pero jamás a los más adultos. Asombra que un filme de este género me haya hecho bostezar en tantas ocasiones. ¿Están los propios guionistas fatigados de repetir tantas veces la misma fórmula? ¿O es que se ha agotado el talento?

El gran pecado de Ralph rompe Internet es haber desperdiciado la oportunidad de recrear y parodiar la Red. La dirección artística es pasmosamente plana. En serio, ¿no podían haberse esforzado más en construir un internet medianamente atractivo? Así, el mundo en el que entran los protagonistas es soso en lo visual y en todo lo demás.

En la película solo hay un detalle destacable: la autoparodia que hace Disney de sus princesas de siempre –y de lo políticamente correcto– es memorable. Es un buen mamporro en los morros de las teorías del resentimiento, lo que sin duda mejora la calidad cómica del detalle.

En cualquier caso, Ralph rompe Internet es un filme insulso. Demasiado infantil. Como ya dije al hablar de Los Increíbles 2, no hace falta un buen guión para ganar pasta en taquilla.

Y así, debemos resignarnos a ver cómo agoniza la comedia cinematográfica.

¿Conseguirá Toy Story 4 que recuperemos, fugazmente, la ilusión?