Fascistas

Primero llegó Lenin con su idea de fusionar Estado y Partido, entes independientes solo en lo jurídico. Mussolini, con la irónica excusa de combatir el comunismo, cogió la idea y fundó la extrema derecha tal y como se concibió en el siglo XX. Ya teníamos con nosotros a los fascistas.

En los dos casos el dominio del Estado y del Partido sobre todo lo concebible fue inmenso. Ambos totalitarismos fueron estatalistas, como también la Alemania nazi.

Los fascistas, frente a los revolucionarios comunistas, organizaron “partidas de caza”, grupos violentos que amedrentaban a diestra y siniestra.

En cualquier caso, tanto los “hunos” como los “hotros” tenían un principal enemigo: la libertad del individuo, traducida en un odio visceral a la democracia.

Se oye mucho lo de “fascistas” estos días. Ciertamente, en España tendemos a negar el voto del otro. Si votas al PP, apoyas a unos ladrones. Si al PSOE, más de lo mismo. El voto a Podemos es entregarse a la extrema izquierda antisistema. Y lo de Vox se ha traducido, de inmediato, a querencias franquistas -contradictorio con las propuestas ultraliberales (utópicas) de este partido-.

Pero en ningún caso la violencia traspasa las palabras. Se niega al otro, su voto, su voluntad, pero solo de boquilla.

Quizás no seamos tan fascistas como a muchos les gustaría… siempre por rédito electoral.

El único caso que conozco de fascistas en España se relaciona con el independentismo catalán. Los CDR sí usan la violencia física para protestar y acojonar al personal.

En el resto de los casos, nuestros “fascistas” desprecian las otras opciones… en modos poco o nada democráticos… pero de manera pacífica.

Este antagonismo entre siglas es absurdo… pero bien real. Deberíamos reflexionar cuánto de “fascista” hay en cada uno de nosotros.

Bien dijo Churchill que el fascismo es el hijo feo del comunismo. Lenin más nacionalismo. Los fascistas ignoran esto. Y, por lo que se ve, todos los demás.

Lo que deberíamos es aprender a ser democráticos. Y a reflexionar antes de condenar las opiniones de los otros. Los fascistas, como los comunistas, odian la libertad de expresión, la de opinión. En definitiva, odian la libertad en todas sus manifestaciones… aunque solo la libertad de los demás, clarostá.