Vox y la Constitución

Cumple la Constitución 40 años en medio del maremágnum provocado por los 12 escaños de Vox en Andalucía. Una Constitución que ha dado a España el periodo más tranquilo y próspero de su atribulada Historia. La nueva “amenaza”, ¿debe preocuparnos? Quizás, pero no olvidemos que la Carta Magna alcanza la madurez después de que prácticamente todos los partidos la hayan ninguneado –cuando no desobedecido– durante sus ocho lustros de existencia.

Ciertamente, la irrupción de Vox en el panorama político tiene que ver más con el fracaso de los demás partidos que con una radicalización de la sociedad española. Esta sigue adelante con su vida muelle, despreocupada de los grandes asuntos. Solo que ahora los dos extremos –a los que interesa sobremanera recuperar el mito de las “Dos Españas”– tienen representación.

Pero no podemos olvidar que los “viejos” partidos son los primeros en ser “inconstitucionales”.

Si atendemos al artículo 6 de la Constitución, en su primera parte, vemos que dice “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley”. Hasta ahí bien, incluso cuando hablamos de Podemos y Vox.

Pero cuando dice “Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”, vemos cómo ni PSOE ni PP respetan la letra ni el espíritu constitucionales.

Aún más: cuando han estado en el poder, ambas formaciones han jugado a confundir Gobierno y Partido, algo que ideó Lenin y acogió Mussolini, los dos grandes pioneros de los extremismos del siglo XX.

Por eso, ahora mismo, apenas se diferencian los comunicados de Moncloa y Ferraz.

Aparte, los dos han jugado con el artículo 86 de la CE (“En caso de extraordinaria y urgente necesidad, el Gobierno podrá dictar disposiciones legislativas provisionales que tomarán la forma de Decretos-leyes y que no podrán afectar al ordenamiento de las instituciones básicas del Estado, a los derechos, deberes y libertades de los ciudadanos regulados en el Título I, al régimen de las Comunidades Autónomas ni al Derecho electoral general”) cuando lo han necesitado.

Por no hablar de las muchas ocasiones en que se han pasado por el forro el resto de la legislación española… y cualquier principio ético que podamos concebir. No han sido, nunca, modelos de conducta limpia. No hace citar ni uno solo de los muchos casos de corrupción, penal o no, en que ambos han incurrido.

De ahí que hayan surgido otros partidos. Ciudadanos, el pobre, anda desnortado entre tanta caspa.

Vox no supone una novedad en esto de los populismos. Si se mira el programa electoral de Podemos en su página web se ven 394 propuestas, la mayoría de ellas poco o nada concretas. Todo muy etéreo, con un poso de antañón desprecio por la propiedad y la iniciativa privada.

Si se miran las 100 propuestas de Vox en su web, más de lo mismo, solo que aquí todo rezuma cierto antañón nacionalismo barato.

En los dos programas se ven algunas medidas atractivas. Otras son sencillamente mero “postureo”, pues no olvidemos lo de populismos. Muchas son abstrusas. Y las más, tan arbitrarias como contradictorias.

Pero en los dos casos veo dos elementos clave:

1º. Con cualquiera de ellos se arruinaría la Hacienda española –alucino con que gente de mucha pasta y bien informada esté dispuesta a votar a Vox a pesar de sus disparatadas propuestas económicas–.

2º. Un desprecio absoluto por la libertad del individuo –de la del otro, se entiende–.

De ahí que, ya mismo, se hayan posicionado unos frente a otros, en inopinada guerra de banderas. Quizás PP y PSOE no deberían haber jugado a lo mismo durante 40 años. Pues lo de la Guerra Civil terminó hace mucho tiempo… y la actual sociedad es completamente diferente.

Que Vox haya aparecido tan de repente, más que al hartazgo ciudadano –secular– se debe a la crisis del PP, hasta ahora freno y contenedor de la extrema derecha española.

Pero debemos confiar en nuestra Constitución. Cierto que quizás necesite más de una reforma, alguna realmente profunda. En cualquier caso, es la ley que nos situó en Europa, que nos convirtió en un país constituido, más o menos, en Estado de Derecho.

Debemos confiar en la Constitución siempre y cuando la sociedad se muestre a su altura. Huérfanos estamos de buenos y moderados representantes. Pero debemos darnos cuenta de los peligrosos gigantes extremistas que nos acechan –Vox es uno de ellos… pero no el único–. Y, también, debemos rezar para que los otros tres grandes partidos aprendan de una puñetera vez que nos sirven a nosotros… y de que eso de derechas e izquierdas está tan obsoleto como un teléfono fijo en Instagram.

P.S.: No estaría de más que todos los partidos aprendiesen a aceptar los resultados de las urnas… y que no todos pensamos de la misma manera. Ese es el secreto y la grandeza de la democracia.