Stan Lee

Recuerdo con cariño los tebeos de mi infancia y adolescencia. Más allá de la tradición española de Mortadelo y Filemón, El Capitán Trueno y El guerrero del antifaz, y de la belga de Asterix y Tintín, me topé con los superhéroes norteamericanos, algunos de los cuales se llamaban El hombre de hierro, La Masa, Dan Defensor o La Patrulla X. No fue hasta mucho más tarde cuando descubrí quién narices era Stan Lee.

Después de todo entre los superhéroes siempre preferí a Batman, perteneciente a DC Comics. Después venía Spiderman, siempre tan borde y chispeante en sus diálogos, con ese Peter Parker que jamás llegaba a fin de mes y al que, de una manera u otra, siempre se le terminaban por escapar sus enamoradas. El Hombre-Araña sí que era de Marvel, sí que era una creación de Stan Lee –y de Steve Ditko, pues Lee supo rodearse de grandes colaboradores–.

Más adelante, cuando los cómics quedaron atrás, volví a toparme con Stan Lee en Mallrats, esa pequeña joya de Kevin Smith. Solo entonces me di cuenta de la cantidad de personajes que había creado: Los 4 fantásticos, Spiderman, Hulk, Thor, X-Men, Daredevil

Pero fue con la explosión del cine de Marvel –a partir de X-Men (2000)– cuando comencé a valorar el genio creador de Stan Lee. Cierto que Batman, bastante anterior, ya tenía un pasado traumático. Pero fue en Marvel donde la psicología de los personajes cobró una dimensión nueva, profunda, seria.

Más allá de la acción, necesaria, y del humor, gratificante, el genio de Lee descansó en su capacidad para dotar a sus personajes de alma –en ese sentido, de lo poco que conozco sobre superhéroes solo Bruce Wayne se encuentra a su altura–. Consiguió cubrir a sus héroes con cierta pátina de respetabilidad creadora.

Por supuesto, nunca dejó de ser un entretenimiento juvenil. Pero con fondo, con un mínimo de enjundia.

Aparte, Stan Lee supo convertir a Marvel en un gran emporio del cómic que, más adelante, logró dar el gran salto al cine.

Porque si ahora tantísima gente llora a Stan Lee es gracias a sus incesantes apariciones en el incansable bombardeo de películas Marvel. Uno no descansaba tranquilo en la butaca hasta que aparecía en pantalla aquel viejecito de aspecto simpático y afable. Su rostro, hasta ahora, ha sido tan característico como el logo de la franquicia.

Stan Lee ha fallecido. Más por el cine que por los cómics (mucho más), con él desaparece el creador de una de las principales mitologías modernas. El mundo del siglo XXI vive, en parte, de sus héroes, de sus creaciones… mientras apenas sabe quiénes fueron Menelao, Circe o Héctor.

Aunque, de momento, ahora nadie se toma en serio a Los Vengadores, mientras que en la antigua Grecia la guerra de Troya no era asunto baladí.

En cualquier caso, el menda se queda con sus recuerdos de infancia. Ahora mismo voy a buscar mis viejos tebeos… a ver si doy con alguno en el que Spiderman bromee en plena pelea contra un supervillano invencible en apariencia.

Stan Lee, descanse en paz.

P.S.: El éxito editorial y empresarial de Stan Lee también es digno de estudio.