Primera Guerra Mundial

Se cumplen hoy cien años del armisticio que, de algún modo, supuso el comienzo del fin de la Primera Guerra Mundial. Feliz y notable efeméride que suele ocultar que, en aquellos mismos momentos, el mundo sufría ya la desoladora plaga de la gripe “española” y que la revolución bolchevique amenazaba con extenderse con su falsa utopía, con su esencial crueldad y autoritarismo -Lenin fue el pionero, el maestro de Mussolini, Stalin, Hitler y Mao, entre otros-.

Como caminamos suspensos en historia, la Primera Guerra Mundial suele reducirse a unos cuantos tópicos: el entusiasmo inicial provocado por el acérrimo nacionalismo, las inútiles batallas con cientos de miles de víctimas, la incapacidad de los generales, la desilusión creciente en ambos bandos, Lenin, los avances técnicos, etc.

Tópicos que, aunque ciertos, no deben ocultar otros hechos, en ocasiones hasta positivos. Por ejemplo, como la Primera Guerra Mundial fue la primera guerra total, la incorporación de la mujer a las industrias pesadas provocó que el sufragio femenino comenzase a generalizarse tras el armisticio -aunque no fue completo, en gran parte del mundo, hasta después de 1945-.

Mientras que otros hechos, por interés o ignorancia, quedan ocultos por mor del relato impuesto por la mala Historia. Por ejemplo, Alemania como culpable de la Primera Guerra Mundial, aunque fueron más importantes el impulso final del Imperio Autro-Húngaro y los amenazados intereses comerciales del Reino Unido.

Más interesante que la guerra en sí, empero, me parece el Tratado de Versalles, esa pérfida muestra de torpeza y rencor con el que los “vencedores” arrinconaron a Alemania, donde, lógicamente, proliferaron las posturas extremas, con el conocido colofón hitleriano en el horizonte. Por alguna razón algunos historiadores arguyen que la Guerra Mundial duró, realmente, desde 1914 hasta 1945.

Idea poderosa, con la que no termino de estar de acuerdo. La Primera Guerra Mundial fue el último conflicto bélico romántico, el primero moderno. A partir de ella la tecnología se impuso, incluso a la estrategia, y las noticias de los desastres humanos y materiales llegaron en masa a la retaguardia. Nunca más se pudo mirar a la guerra de la misma manera -después de 1914, es difícil concebir mitos como los de Alejandro o Napoleón-.

También fue el principio del fin del imperialismo, el nacimiento del bloque soviético, la consolidación de Estados Unidos como primera potencia y, de manera lejana, el comienzo de la sociedad de consumo, aparentemente civilizada, que ahora disfrutamos y/o sufrimos en el siglo XXI.

En los colegios debería estudiarse la Primera Guerra Mundial mucho más en profundidad. Desde un punto de vista práctico, incluso histórico, es más crucial este relato que, por ejemplo, el de los Reyes Católicos. También deberían estudiarse mucho mejor Totalitarismos, Guerra Civil, Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría, etc.

Porque, bien conocida la Historia, quizás no surgirían pánicos infundados, estériles. Se habla mucho del resurgimiento de los nacionalismos. Ciertamente, los CDR catalanes tienen tremendo tufo a escuadrones fascistas; Trump se parece a Mussolini, sobre todo en sus poses; y la creciente xenofobia de algunas sociedades puede compararse al racismo nazi.

Pero hay que ser más listos. No creo que ni los más fanáticos -por lo menos en Europa- estén dispuestos coger un fusil, a alistarse para jugarse la vida en defensa de la sacrosanta patria. En este sentido, la molicie surgida de la sociedad de consumo es un efecto beneficioso. Estamos demasiado arriba en la pirámide de Maslow como para volver a las trincheras -mientras no nos carguemos el Estado de Bienestar, clarostá-.

Por otro lado, hay cosas que no han cambiado respecto a la época de la Primera Guerra Mundial. Quizás ahora el mundo esté más alfabetizado, quizás hayamos progresado sobremanera en los niveles más básicos de la existencia… pero ahora más que nunca sabemos que la gente no toma las decisiones de manera racional, que las masas funcionan a impulsos, según emociones, a veces sentimientos.

Probablemente por ello, de manera siempre precaria, deberíamos centrarnos, aparte de en el conocimiento histórico, en la educación ética, estética y espiritual del ser humano. A lo mejor así evitemos definitivamente tentaciones autodestructivas… porque, a la postre, la Primera Guerra Mundial no fue nada más que eso: pura, desoladora, humanísima autodestrucción.