Infiltrado en el KKKlan

Supongo que en determinados momentos de la existencia, del mundo, apetece ver un tipo de cine más reivindicativo, ingenioso en su manera de plasmar y criticar la realidad. El fin de semana pasado acudí a ver un filme de Spike Lee, Infiltrado en el KKKlan, más por la propuesta en sí que por las alabanzas de la crítica. Ciertamente, Lee, con Donald Trump en la Casa Blanca, vuelve a cobrar todo el sentido del mundo.

Y no salí defraudado del cine. Quizás Infiltrado en el KKKlan no sea la mejor película del mundo, pero es un filme oportuno que mete el dedo en la llaga. Y lo hace de manera entretenida. Poco más se puede pedir a una película.

Infiltrado en el KKKlan cuenta el caso real de Ron Stallworth, agente afroamericano de policía que se infiltró en el Ku Klux Klan en los años 70. Él, al teléfono, ponía la voz, mientras un compañero blanco acudía a las reuniones de tan selecto club. La realidad, casi siempre, supera a la ficción.

Spike Lee, junto a gran parte de la crítica, ha intentado vender el filme como una comedia. No me lo pareció. El principal elemento cómico de la película es el propio KKK, sus ideas, sus miembros, su mensaje… Todo lo que realmente rodea a tan tenebroso engendro tiene un aire de farsa pero, personalmente, no conseguí evadirme de la innegable seriedad del fondo del asunto.

También el resto de Infiltrado en el KKKlan se presenta de buen rollo, con cierta atmósfera cómica, sobre todo a partir de una supuesta parodia del cine negro de los años 70. Éste resulta muy lejano a un espectador europeo. Y el buen rollo hace más entretenido el filme, pero no más cómico.

Sobre todo porque ni los personajes ni su entorno se abren lo suficiente como para dar paso al humor. El protagonista –encarnado en John David Washington, hijo del gran Denzel– es poco más que un arquetipo con peinado afro, y su relación con una activista negra es poco o nada creíble. Su compañero, el blanco que se infiltra de veras, es un judío que tampoco va mucho más allá de lo típico y tópico.

Así, con estos personajes de cartón piedra, el filme se deja ver con facilidad. La trama, sencillota por lo menos hasta el clímax –este sí divertido en su cruel propuesta–, sucede amena, a veces dura, sin que apenas se noten las dos horas largas de metraje.

Pero entonces, cuando parece que todo ha terminado, Infiltrado en el KKKlan da un giro inesperado y salta a las imágenes reales de lo acontecido en Charlottesville en agosto de 2017. De repente, te topas con la pura realidad… y te das cuenta de que la farsa no es tal, de que aquí no hay, desde luego, ninguna comedia.

He ahí el gran acierto de Spike Lee. Presenta un filme ligero en apariencia… una película más o menos entretenida… y al final nos la lanza a la cara… magnífico golpe de realidad.

Y es que, de vez en cuando, da gusto ver películas con mensaje… Porque los malos, los malvados, existen también en el mundo real… aunque a menudo nos parezcan un mal chiste.

P.S.: En Infiltrado en el KKKlan mucho más interesante que la trama central es el retrato que se hace del activismo afroamericano de los 70. Es una descripción lúcida, documental, ácida, con capacidad autocrítica. Esta subtrama es mucho más ilustrativa, pero bastante menos entretenida.