Nuevo jaque a la democracia

Richard Nixon tuvo que dimitir por una “mentirijilla”. George W. Bush fue reelegido a pesar de haber mentido sobre las causas para invadir Irak. Donald Trump, populista no democrático, ganó desde la mentira y descalificación constantes. El declive de la democracia en Estados Unidos es evidente. Lo peor es que, doctrina Monroe mediante, parece haberse contagiado a muchos de los demás países americanos, como acaba de ocurrir en Brasil, con su muy peculiar Jair Messias Bolsonaro.

La democracia, desde que nació –a su manera– en Atenas, siempre ha tenido que enfrentarse a demagogos y tiranos de muy diverso pelaje. Y, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, solo en Estados Unidos y el Reino Unido consiguió sobrevivir de manera más o menos estable. Las tendencias populistas y totalitarias, por lo que se ve, son comunes en una especie que, por su comportamiento, a menudo demuestra sus naturales tendencias antidemocráticas.

Pero en la vieja Europa, de momento, la cultura democrática se ha impuesto a las tendencias populistas de extrema izquierda y derecha. Polonia y Grecia, países de escasa o nula tradición, han cedido ante los cantos de sirena de la demagogia; pero Francia, en dos ocasiones, supo ponerse de acuerdo para frenar con contundencia las aspiraciones de los Le Pen.

Por su parte, Estados Unidos no quiso –o no supo– darse cuenta de que el “antisistema” Donald Trump era bastante más peligroso y menos democrático que Hillary Clinton, procedente y corrompida por el sistema.

Ahora Brasil sigue el mismo camino y elige a Bolsonaro, potencialmente peligroso, populista, escaso amigo de la democracia, antes que al candidato del muy desgastado Partido de los Trabajadores. El pueblo castiga a los corruptos y elige a los que dicen cosas llamativas, bien demagógicas, sin importar que rezumen autoritarismo, fanatismo, odio.

La situación actual que vive el mundo del siglo XXI se parece al de los años 20 y 30 del siglo pasado, cuando las tentaciones comunista y fascista pusieron en jaque a las democracias existentes –con resultados tan notorios como el de Hitler y con los menos estudiados, por razones obvias, de las Democracias Populares que, gracias a la URSS, menudearon tras la Segunda Guerra Mundial–. Pero ahora el problema es global, pues son muchos los países que viven en democracia, por lo menos en apariencia.

Y, por lo que se ve, la democracia corre peligro de sucumbir a este nuevo envite del destino. La falta de credibilidad de los partidos tradicionales, la pérdida de peso del cuarto poder periodístico –con el correspondiente marasmo de sobreinformación y fake news nacidas en Internet–, la ausencia de líderes de opinión con un mínimo de autoritas y, sobre todo, la escasa o nula educación del pueblo… invitan a pensar en un futuro donde el autoritarismo volverá a imponerse… aunque probablemente en una versión light, por lo menos en su postureo hacia el exterior.

Bolsonaro tan solo es un jaque más a la democracia como sistema menos repugnante –parafraseo irónicamente la famosa ironía de Winston Churchill–. Deberíamos reaccionar y potenciar, desde la educación, el espíritu crítico del pueblo –si es que se deja– pero, desde mi punto de vista, ya es demasiado tarde.

Entonces, quizás deberían ser los partidos tradicionales y/o moderados los que deberían saber unirse cuando amenace un dragón totalitario. En España, como Don Pedro demuestra, aún no tenemos claro quién es el enemigo común.

En cualquier caso, es alarmante que la democracia deba plantearse cómo sobrevivir mientras, para perder aún más legitimidad, coopera y negocia con estados moralmente corruptos, repugnantes, como Arabia Saudí o China.

De nuevo, poco o nada que hacer si nadie ni nada conserva la autoritas.