Ha nacido una estrella

En sí mismo, Ha nacido una estrella es uno de los títulos icónicos del séptimo arte. Más allá de las ahora cuatro películas homónimas, la historia de amor entre dos artistas que coincide con el ascenso de ella y la caída de él es un magnífico acercamiento al mundo del espectáculo y, de fondo, al alma humana.

Por eso, ya sea la versión de 1937, con Janet Gaynor y Fredric March, la de George Cukor de 1954, con Judy Garland y James Mason –para mí, la mejor–, la de 1976 con  Barbra Streisand y Kris Kristofferson o la recién estrenada de 2018, Ha nacido una estrella retorna cada pocas décadas para satisfacción y asombro del público que, desmemoriado (1), ignora que hay historias tan viejas como la humanidad.

Por eso no se puede negar la habilidad de Bradley Cooper para elegir un título tan icónico para su debut como director de largometrajes. A un tiempo, aúna el homenaje al viejo Hollywood con la seguridad que da un argumento tan soberbio como inacabable. Debuta y se presenta como novedad con una vieja historia que los más jóvenes, lejanos a los clásicos, desconocen.

La versión de Ha nacido una estrella de Bradley Cooper es una maravillosa sorpresa. Bien rodada, con una banda sonora pegadiza, un elenco acertado y una presentación sobria y nada pretenciosa, el filme se sostiene, desarrolla y potencia a partir de un sólido guión que hace justicia a la historia original.

Después de todo, nos enfrentamos a una historia sobre la vida misma, sobre esos dos impostores llamados éxito y fracaso, sobre la dificultad de digerir la fama, sobre lo inexplicable e invencible de las adicciones… pero, por encima de todo, sobre un amor desgraciado que presenta el reverso triste y tenebroso del alma.

Entre las muchas virtudes de esta versión de Ha nacido una estrella sobresale la interpretación de Lady Gaga, de la que conocíamos su poderosa voz pero que aquí se presenta como una soberbia intérprete, como una bonísima actriz que se “enmascara” tras una creación tan conseguida como memorable.

La crítica, con mejor memoria, ha colmado de parabienes a la película de Cooper. Por su parte, el público parece haber aceptado esta propuesta, tan novedosa y extraordinaria en los mediocres tiempos que vivimos. Y es que hay historias que no pertenecen a ninguna escuela ni época.

Porque, a la postre, Ha nacido una estrella despierta una reflexión sobre el poder del cine y la miseria de los nuevos tiempos: en cualquier otro medio sería impensable un constante retorno al mismo tema, a la misma trama, al mismo argumento. Pero como los nuevos espectadores consideran que antigua es una película de los 90…

Eso no es lo extraordinario; conecta directamente con una forma de entender la vida. Lo asombroso del cine es que los que sí tenemos memoria –y pasión por el viejo cine– seamos capaces de entregarnos a la decisión de contarnos una historieta que ya sabemos. El cine, solo el cine, es capaz de lanzar una y otra mirada sobre el mismo tema… de renovar Ha nacido una estrella para que lo que debe ser inmortal termine siéndolo.

(1) Solo la desmemoria puede explicar que todavía haya quien ponga en duda  que The Artist era un fusilado de Ha nacido una estrella.