CDR

Nada paradójicamente, lo que ahora llamamos populismos desconfían tremendamente del pueblo. En cuanto pueden, arman grupos, mejor si jóvenes, para “atizar” con sus ideas a los que piensan de manera diferente. Así lo hicieron los chavales leninistas encargados de “propagar” las nuevas ideas revolucionarias; y las SA hitlerianas; y los Guardias Rojos de la Revolución Cultural de Mao. En esa tradición se enmarcan los autodenominados CDR.

Los Comités de Defensa de la República (CDR) nacieron al amparo del 1 de octubre de 2017 para facilitar la llegada del nuevo Estado catalán. Poco más tarde, cuando se aplicó el artículo 155 de la Constitución española, adquirieron pátina legendaria de organización libertadora. Y el pasado lunes, también 1 de octubre, intentaron asaltar el Parlament.

Cría cuervos…

Así, esta nueva milicia, más fascista que revolucionaria, nació al amparo de ese 1-O que ha adquirido aires de mito sin que se haya hecho mucho para desmentirlo ante el resto del mundo –ahí tenemos a Puigdemont, según la revista Time candidato al Premio Nobel de la Paz–. Los CDR, según su monolítica propuesta, surgen de un referéndum “legítimo” que aprobó la independencia de Cataluña.

Mayores memeces se han visto en la Historia. Y mayores memeces han tenido continuidad. Sobre todo porque, mientras intentamos mantener la calma, no se ha intentado acabar con otros mitos anejos, como la “tremebunda” violencia policial o la no-violencia de los defensores de la independencia. El 1 de octubre de 2017 gran parte de la población catalana incumplió voluntariamente la ley, pero los malos son los jueces que intentan aplicarla –¿verdad, señores de Time y del Nobel?–. De ahí la campaña de propaganda de los lacitos amarillos.

El problema del independentismo catalán es complejo, quizás de imposible solución. Pero el que unos matones campen a sus anchas acogotando al personal supera con creces el asunto meramente político. Pues, ¿no debería ser la violencia monopolio exclusivo del Estado, incluso de uno nuevo e inexistente?

Los CDR ya no solo atacan a los no independentistas, sino que su violencia también afecta a los que los no suficientemente independentistas, a todos aquellos que piensan de una manera mínimamente diferente.

Mientras tanto, poco o nada se hace, salvo frenarles en un par de ocasiones. Bandas armadas al servicio de una causa –que quizás tenga más de antisistema que de independentista–, dominadores de las tácticas de guerrilla urbana, amenazan el orden público pues esa es su auténtica razón de ser.

Y no hacer nada es un fracaso más del Estado, del viejo o del no existente.

La Historia enseña que de nada vale apaciguar al abusón. Jóvenes, entusiastas, bien adoctrinados por un sistema educativo de tintes fascistas, estos negadores del otro creen en lo que hacen más que nosotros en lo que somos. Así poca defensa nos queda.

Como digo siempre, hay que comenzar a llamar a las cosas por su nombre. Estos CDR, más allá de sus disfraces ideológicos, son simples bandas de malhechores, de delincuentes, de facinerosos.

P.S.: Hay que replantearse el concepto legal de violencia, en España y en el resto del mundo. Pero lo del pasado lunes es violencia a la antigua. ¿A qué espera el Estado para reaccionar?