El reino

En cualquier país hacen falta creaciones artísticas que reflejen y critiquen las miserias propias. Así, por ejemplo, la serie Gomorra, además de contar una historia dramática, muestra la inmundicia social con la que la Camorra contamina Nápoles, la Campania y aledaños. En este camino pretende situarse El reino, película española estrenada el pasado viernes.

El reino cuenta, en realidad, la historia de un personaje que intenta sobrevivir cuando le pilla la justicia y su partido le da la espalda para convertirlo en el cabeza de turco que pague por todos. Con el constante incremento de la tensión dramática, camina más cerca del thriller que de la política ficción.

Pero, de fondo, rezuma la podredumbre moral de la corrupción política española. El protagonista forma parte de un partido político –no identificado explícitamente– que con sus tentáculos abarca cualquier partida presupuestaria que se ponga a su alcance. A la postre, a partir de un simple plano de un ciudadano corriente aprovechándose de un camarero distraído, El reino quiere lanzar el mensaje de que España, en esencia, es un país corrupto… con diez minutos finales rayanos en el manifiesto.

Pero, repito, el interés de la historia, más que en el presunto reportaje, descansa en cómo ese deleznable tipejo se las intenta arreglar para salir adelante contra un enemigo tan desmesurado como omnipotente.

Así, su partido controla la justicia y a la Guardia Civil, se sirve de las instituciones públicas y privadas, manda matones a hacer el trabajo sucio… la lucha del individuo contra la tribu, contra el informe enemigo omniabarcante.

El problema de El reino, empero, reside en que todo eso que rodea al protagonista es demasiado etéreo, poco o nada concreto. No se entiende quién es quién dentro del partido y de las tramas de corrupción, cómo se controlan tantas cosas, cómo funciona todo este espeluznante aparato corruptor. A menudo parece que el personaje está viviendo un sueño, una pesadilla antes que algo real. Lo que le quita verosimilitud e interés a la película.

Aunque hayan pretendido vender lo contrario, el filme está pésimamente documentado.

A pesar de ello, consigue engancharte durante sus dos horas largas de metraje. El buen hacer de Antonio de la Torre, la cercanía de una España más esperpéntica que realista, la presencia de algunas poderosas secuencias –que contrastan con aquellas en las que el director, Rodrigo Sorogoyen, quiere hacerse notar u otras que son, por malas, sencillamente sonrojantes– son elementos que convierten El reino en algo recomendable.

Siempre y cuando no se la tome demasiado en serio. Soy el primero en decir que España es un país esencialmente correcto. Pero a El reino le falta concreción, es un trabajo a medio terminar. Carece por completo de reportaje, de ser algo mínimamente verosímil. Una lástima, aunque bienvenida, porque hacen falta muchas más creaciones que reflejen y critiquen nuestras miserias.

P.S.: Que algunos se sientan ofendidos porque el partido de El Reino sea demasiado cercano, o que otros critiquen que no cite explícitamente ninguna formación real, habla bien de la película. Es un filme sobre la corrupción política en España, sin banderas. Eso aquí fastidia mucho.