Burt Reynolds

No recuerdo en qué documental se decía que Burt Reynolds imitaba a Tony Curtis imitando a Cary Grant. Aunque bien lejos de este, lo cierto es que el recién fallecido Reynolds era heredero de las viejas estrellas del viejo Hollywood, capaces de llenar pantalla con una simple sonrisa.

Estrella universitaria, iba para profesional del fútbol americano antes de que una lesión de rodilla malograse su carrera. Entonces emigró, desde Florida, a Nueva York, donde pronto encontró trabajo en la televisión.

Así, fue dando tumbos de serie en serie -su filmografía, entre cine y TV supera los 180 títulos- hasta que, principios de los 70, saltó a la fama gracias a su papel en Deliverance-Defensa, quizás su mejor película de siempre.

A partir de ahí, ya cuarentón, comenzó su periodo de gran estrellato, con títulos comerciales como Rompehuesos, Los caraduras o Los locos de Cannonball. Estos filmes, que no siempre han superado la prueba del paso del tiempo, convirtieron a Burt Reynolds en uno de los rostros más conocidos de la gran pantalla.

Sin ser un gran intérprete, bastaba su presencia para potenciar el gancho comercial de un filme. Era, nada más y nada menos, una estrella.

Luego llegó el inevitable declive, sin duda apoyado por una serie de malas decisiones, como rechazar el protagonismo en filmes como La fuerza del cariño y La jungla de cristal.

A pesar de los pesares, y siempre rodando mucho, tuvo un último éxito, esta vez también de crítica, con su papel en Boogie Nights.

Burt Reynolds, de ningún modo, estuvo a la altura de Cary Grant. Pero, fuerte, guapo, atractivo, consiguió ser una gran estrella. Básicamente porque llenaba pantalla y era perfectamente identificable, con su evidente virilidad con un ligero toque de buen canalla. Su carisma superaba barreras, lo que le hace bien diferente a esas estrellas actuales, todas tan parecidas, tan planas, como Mark Walhberg, Chris Evans  o Sam Worthington.