Verdad histórica

En 1984, la espléndida y actualísima novela de George Orwell, el Ministerio de la Verdad se encarga de adaptar la Historia a cada coyuntura. Cuando Oceanía –formada por Reino Unido, Irlanda, toda América, Australia, Nueva Zelanda y el sur de África– está en guerra con Eurasia, la Historia es una. Cuando Eurasia torna en aliado porque la guerra se libra “ahora” contra Asia Oriental, cambia la Historia según los dictados del Ministerio de la Verdad.

Y esa nueva verdad histórica es monolítica, única… indiscutible… hasta que se tiene que reescribir una nueva versión.

Orwell sabía bien de lo que hablaba. La Alemania nazi supo bien reescribir “su” historia. Y la Unión Soviética lo hizo de manera tan eficaz que aún hoy perviven entre nosotros muchos mitos sobre el “buen” Lenin.

Esta manera de ver la Historia como verdad monolítica es propia de los totalitarismos. Si te apropias de la historia de tu nación, te harás con el pasado, puerta hacia el presente y el futuro. Aparte, por alguna extraña razón, es una manera magnífica para atraer el sentimiento de las masas.

En Cataluña, con la Asamblea Nacional Catalana (ANC) a la cabeza, los independentistas gustan de mostrar su propia versión dogmática sobre la Historia. Rafael Casanova y la Diada, desde su perspectiva, tiene más de epopeya homérica que de verdad histórica, pero eso no impide que su mentira se vea como algo plausible. Aún más, los fascistas catalanes ya han conseguido presentar al mundo una mirada tergiversada sobre lo que ocurrió el pasado 1 de octubre.

Pero, como apuntaba Orwell y comprende cualquiera con dos dedos de frente, no existe una auténtica verdad histórica. Hay hechos irrefutables, por supuesto. Pero las continuidades y cambios, las causas y consecuencias, se abren a innumerables interpretaciones. Y ahí entra la labor de cada historiador.

En pocos países se ha hecho una revisión historiográfica tan amplia y completa como en España a partir de 1975. Hay un sinfín de libros sobre II República, Guerra Civil y Franquismo. Para todos los gustos. Y la única posibilidad de acercarse a un burdo remedo de verdad histórica es leer tantos como sea posible.

Así, por ejemplo, se verá que para casi ningún historiador serio la II República fue un sistema tan utópico como quieren presentarnos muchos políticos.

Que el Gobierno de España haya planteado, aunque sea en plan globo sonda, una Comisión de la Verdad sobre lo que ocurrió durante la Guerra Civil y el Franquismo es algo alarmante. Porque: a) el concepto de verdad histórica es inasumible desde el espíritu crítico; y b) porque huele más a Stalin o ¡Franco! que a un estado democrático.

Quizás los políticos deberían dedicarse a leer más libros de Historia… o de Filosofía… para aproximarse mínimamente al etéreo concepto de verdad. Pero como no creo que nuestros políticos den para tanto… quizás debería crearse una Comisión Parlamentaria para la Obligada Lectura de 1984, a ver hasta qué punto se ven reflejados en la distopía planteada por el gran George Orwell.